hijos
Aún recuerdo aquella mañana de agosto del 2018 mientras me preparaba para recibir a mis estudiantes de sexto grado en el salón hogar. Eran esos primeros días en donde la emoción de tus logros académicos recién obtenidos se sienten a flor de piel y estás lista para cambiar el mundo una clase a la vez. Con todo y eso, puedo asegurar que ninguna observación clínica ni práctica en la Facultad de Educación te prepara para recibir a una de las chicas en su menarquia (primera menstruación) a las 7:20am.
Abrió la puerta del aula abruptamente, con los ojos grandes como la luna, su cara pálida y el ceño fruncido. Se acercó a mi escritorio, y cuando no pudo aguantar más, entre sollozos y susurros me dijo que “había caído en regla”. De inmediato, busqué una toalla sanitaria entre mis pertenencias y la acompañé a la enfermería. Le dije: “toma esta toalla sanitaria para que la pegues en tu ropa interior. Estaré aquí afuera en caso de que necesites ayuda”. No pasaron dos minutos cuando la niña salió toda sonrojada y llorosa, con la toalla sanitaria en la mano, aún en su paquete, para decirme que no sabía cómo ponerla. Jamás imaginé que, de toda la planificación de ese día, tendría que diseñar una mini-lección impromptu basada en los pasos a seguir tras recibir la primera menstruación.
Esto me llevó a meditar en el fallo craso hacia las generaciones más jóvenes. Me hizo repensar en las charlas de Nosotras visitando mi escuela elemental para educarnos, pero sobre todo, empoderarnos de autocuidado y autoconocimiento. Pensé en aquella compañera de décimo grado cuyos padres se opusieron a que su hija tomara la clase de Salud Sexual, porque… “a mis hijos e hijas les educo yo”. ¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase?, a la cual me encanta responder, ¿y qué les estás enseñando? Desafortunadamente, nunca me han dado una respuesta concreta. Tanto le “enseñan” a sus hijos e hijas en el hogar, que un estudiante de duodécimo grado (sí, a punto de entrar a la universidad) me preguntó en una clase, “pero… si le remueven el útero a la mujer, ¿por dónde orina?”.
Querido lector o lectora: si vuelve a leer estos relatos, en ningún momento se menciona la palabra “sexo” o “sexualidad”, no obstante, todo lo anteriormente mencionado (y muchas otras historias de las cuales he sido testigo) son componentes fundamentales de la sexualidad humana, aunque por supuesto, no se limita a esto. Por lo tanto, un curso de educación sexual no convierte a tus hijos e hijas en individuos homosexuales o lesbianas. Tampoco pretende promover prácticas sexuales a temprana edad, según los valores y creencias de cada familia o institución. Mucho menos busca educarles en las mejores páginas de pornografía en línea, que probablemente ya tienen al alcance de una pestaña incógnita en su dispositivo.
Nos preocupa todo esto, pero estudios mencionan que desde los nueve años los niños y las niñas están expuestos a la pornografía (Ballester & Orte, 2019), y ¿qué se hace al respecto? Reprimir y antagonizar un comportamiento porque este monstruo que le puse como nombre “a mis hijos e hijas les educo yo” no tiene las herramientas para redirigirlos a ejercicios o prácticas de acuerdo con sus etapas. Reprender una conducta que es parte de nuestro desarrollo integral como individuos puede tener consecuencias en las prácticas de autoconocimiento sexual. La persona crece pensando toda su vida que su comportamiento es anómalo, un pecado, una transgresión y claramente se construye un panorama que impide el disfrute pleno tanto de la sexualidad como en las relaciones interpersonales.
La importancia de la educación en sexualidad para los hijos e hijas
En cambio, una educación enfocada en la sexualidad, lo que sí pretende es educar con bases científicas para que todas las personas puedan tomar decisiones informadas, responsables y saludables según la etapa de vida que estén atravesando. En la niñez se enseña el concepto del consentimiento: “nadie debe tocar ni ver tus partes íntimas”. En la adolescencia se manejan los cambios hormonales y corporales educando en una buena higiene. A los jóvenes se les enseña desde respetar los límites establecidos por sus pares hasta el “viejo truco” de ponerle el condón a un plátano y otros métodos anticonceptivos para evitar embarazos no deseados o infecciones de transmisión sexual. Pero tanto nos preocupa enseñarles “en casa” que, por ejemplo, entre el 2023 y el 2024, se reportó un alza significativa en casos de clamidia, gonorrea y sífilis, siendo la clamidia la más reportada en la isla, con más de 9,000 casos anuales (Fournier, 2025).
La sexualidad nos persigue desde la concepción hasta el último respiro de nuestra vida, aunque muchos piensen que termina con la menopausia o andropausia, abarca todo lo que somos sin limitarse únicamente a la actividad sexual y mucho menos a fines reproductivos. La sexualidad humana engloba también factores psicológicos, sociales y culturales que van a definir e influenciar la manera en que se expresa y manifiesta cada persona. Mucho más importante, la educación sexual es definida como un derecho humano fundamental que tiene como finalidad proporcionar información precisa o adecuada para cada edad, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Este derecho incluye el derecho a la salud sexual y reproductiva, la libertad sexual, la privacidad, la equidad y la no discriminación.
Ahora finaliza el verano 2025 y como de costumbre me preparo para el inicio de clases. No obstante, me topo con que el monstruo pretende ponerse una capa de superhéroe, capaz de vendarle los ojos a nuestros estudiantes. El Gobierno de Puerto Rico, por medio de una enmienda a la Reforma Educativa, quiere otorgarle a los familiares y tutores(as) “la autoridad” de objetar en cuanto a la educación en temas de la sexualidad en escuelas públicas por medio de la Ley 89-2025.
Sin embargo, sí es adecuado escuchar “de todo menos política” y tener acceso a información de la vida privada de la Primera Familia de Puerto Rico, pero se les prohíbe a profesionales de la salud sexual, sexólogos y sexólogas de Puerto Rico educar para la promoción del bienestar integral de las personas. Este es el caso de esta servidora, quien por más de tres años ha tenido que “engavetar” su Maestría en Sexualidad Humana en el mismo lugar donde le enseñé a mi estudiante a utilizar una toalla sanitaria por primera vez.
La frase “A mis hijos e hijas les educo yo” parece brindarnos libertad, pero en la mayoría de los casos son temores de padres y madres que se traducen en control, censura, castigo y violencia. No se puede llamar educación lo que niega el pensamiento crítico.
*La autora es sexóloga y profesora en el Instituto Sexológico Educativo y Psicológico de Puerto Rico.




