He bebido demasiado desde chamaquito, pero no me he reconocido alcohólico hasta hace un par de años. El último año y medio me he internado en cinco centros de desintoxicación o rehabilitación. Escribiendo estas líneas cumplo un mes sobrio. Y nunca me he sentido mejor.
Para que no me pase lo mismo que las cuatro primeras ocasiones que quise mantenerme sobrio solo, esta vez voy tres veces por semana a un grupo de AA en español, semanalmente veo a mi terapista, y cada 15 o 20 días a mi psiquiatra. El Tai Chi me ayuda mucho y estoy aprendiendo árabe y a tocar el ukelele.
Según datos del Instituto Nacional sobre Abuso de Alcohol y Alcoholismo (NIAAA, en inglés) y de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), alrededor de 28 millones de personas mayores de 12 años en Estados Unidos abusan del alcohol.
Sin embargo, menos del 8 por ciento recibe tratamiento formal, lo que deja a más del 90 por ciento fuera de terapia especializada. El alcohol causa unas 178.000 muertes anuales en EEUU y provoca una pérdida media de 24 años de vida entre quienes fallecen por causas directamente atribuibles a su consumo excesivo.
Aunque en Puerto Rico no existen estadísticas sólidas y actualizadas sobre alcoholismo, el doctor Andrés E. Calvo Díaz, especialista en Medicina Interna y de las Adicciones, explica a Es Mental que lo poco que se ha medido coincide con los patrones nacionales.
Sí existe un aspecto cultural diferenciador: “En Puerto Rico, por la familia o por el entorno, muchos jóvenes están expuestos al alcohol desde más temprano. Esa accesibilidad influye en el riesgo. Pero eso no significa que bebamos más, sino que empezamos antes”.
En Massachusetts existen unos 440 centros para el tratamiento de adicciones.
En el primer centro de desintoxicación en el que estuve, lloré cuando me quedé solo en la habitación, compartida con un señor idéntico a Samuel L. Jackson, con la misma voz que el actor, pero muy maltratado. En seguida nos hicimos buenos amigos. Si aquella vez entré avergonzado por haber tocado ese fondo, las últimas ocasiones he aparecido como Pedro por su casa, con el espíritu optimista de que será la última vez.
En aquel primer internado conocí a una mujer bellísima de 33 años, casada con un millonario, madre de tres hijos y enganchada al fentanilo. Era rubia, de piel de porcelana y ojos azules muy tristes. En el interior de los brazos escondía pequeñas constelaciones amoratadas de pinchazos.
No aguantaba más y decidió darse de alta a mitad del tratamiento. Llamó a su proveedor de drogas para que la recogiera. Dos pacientes intentaron detenerla: uno se había enamorado; el otro, un interno con mucha calle, la sujetaba como si contuviera un derrumbe humano.
“Si esta mujer se mete ahora lo que se metía, no llega a las tres de la tarde”, me susurró el segundo, preocupado. La vimos salir por la puerta caminando hacia una muerte segura.
En Puerto Rico, muchos centros de rehabilitación no aceptan pacientes de alcoholismo severo, indica el doctor Calvo, quien señala que en la Isla el tratamiento del alcoholismo está muy marcado por la base de fe: “Esto no es malo, pero hemos estado un poco atrasados en integrar el modelo científico psicosocial (…) Hace falta una visión que trate el alcoholismo como una enfermedad crónica, no como un fallo moral”.
Diferencio a los cinco centros en los que he ingresado por lo que supuestamente cuesta la noche: los de mil dólares y los de cinco mil dólares. Sí, eso cuesta una noche si lo tiene que pagar el paciente, al que llaman “cliente” directamente. En los de a mil, las camas son catres de muelles con colchones estrechos y finos con fundas de plástico; las habitaciones para cuatro personas, la comida escasa y las terapias precarias o inexistentes.
En los de a cinco mil te recogen en tu casa, las habitaciones son como las de un hotel de lujo, la comida es como el buffet del más exclusivo resort, te llevan al cine o a la bolera los fines de semana, tienen distintos tipos de masajes, diferentes terapias de grupo e individuales, y puedes caminar por los boscosos alrededores. A unos les llamo prisión y a los otros spa.
El último en el que estuve, del que aún conservo la sobriedad, ha sido el peor de todos. Cuatro personas por habitación, dos baños para los veintipico residentes en un estrecho y claustrofóbico pasillo y la comida tan poco nutritiva como un castigo.
Mi primer desayuno consistió en una salchicha solitaria, un hashbrown frío y una masa sin forma que no supe identificar. Para almorzar: un sándwich de pollo en pan de molde. Para cenar: espaguetis con pollo a la salsa blanca. Odio salsa. Todo servido en platos de papel y con cubiertos de plástico. En los centros-spa se come con cubertería fina y vajilla de loza.
Aquí no hay paseos, no hay bosque, no hay lago, no hay cine ni bolera. Aquí solo hay un patio amurallado, sin frutas para matar el gusanillo, sin ensaladas. Solo esperas. Esperas para las insustanciales comidas y los medicamentos. Esperas para que te llegue el sueño antes de que comience el concierto de roncadores.
El peor enemigo de estos lugares no es la abstinencia, la comida o el hacinamiento. Son los ronquidos. Hay roncadores épicos, capaces de destruir tu fuerza de voluntad y tu deseo de vivir. En uno de mis internamientos abandoné a la mitad porque el compañero de la cama contigua me impedía dormir.
Esta vez, en la habitación, convivían un antiguo ángel del infierno —un viejo escuálido tatuado— y un anciano boricua diminuto de Salinas que se desvivían por esconder el control remoto de la televisión bajo sus almohadas.
En las salas comunes los televisores rugen a todo volumen reality shows, crímenes, deportes, teletiendas. Recién llegado, intenté leer en la sala común y un redneck comenzó a recorrer la sala en círculos como un animal enjaulado, mientras subía el volumen cada vez que me veía abrir el libro.
Encontré un rincón tras un pasillo, pedí permiso para llevar una silla y colgué un papel que decía “Reading Corner”. Y en aquella esquina escondida pasé los siete días de desintoxicación leyendo a Leonardo Padura y Javier Marías.
“Solo una de cada diez personas con alcoholismo recibe tratamiento en Puerto Rico. Es un número parecido al de Estados Unidos, pero aquí sentimos más el estigma”, subraya Calvo.
«Cuando llamemos al 911 no debemos mencionar drogas ni alcohol»
Me sorprendió algo que nos dijeron en un taller: si vemos a alguien en sobredosis, no debemos decir “sobredosis”, ni mencionar drogas o alcohol, cuando llamemos al 911. Hay personal de salud que tarda más cuando sabe que se trata de un adicto. Debemos decir: “Hay una persona inconsciente”. Y describimos síntomas, no causas. Cuando llegue la ambulancia, entonces damos toda la información que tengamos, porque “el estigma mata”.
He conocido a muchos puertorriqueños en estos internados. Siempre hay alguno que, aunque presentao, también es generoso para ayudar y ofrecerse.
En mi último centro conocí a dos boricuas que llevaban veinte años uno, más de veinte el otro, sin regresar a la Isla, y no tienen la mínima intención de regresar.
“Lo que yo hice no me lo perdonan. Si pongo un pie en la Isla, me matan. Si no, el hijo de uno, el sobrino de otro. Eso se hereda”, me confesó uno de ellos, tomándome por sorpresa.
En estos ambientes la solidaridad entre fumadores es enternecedora. La última vez fumé gracias a un compañero brasileño, al que llamaba “Obrigado”, que después de 10 años en EEUU no hablaba inglés y apenas lo entendía. Nos comunicábamos en “portuñol” mucho mejor que en inglés.
Cada centro de adicciones tiene su droga de preferencia. En esta última prisión todo lo solucionaban con Valium, así que podemos imaginar quién pagó las últimas vacaciones del director.
Aunque todos los centros se supone que sigan el mismo protocolo, las enfermeras tienen la última palabra. Unas te dan lo que les pidas cuando quieras, a otras hay que suplicarles, exagerar los síntomas, para que te den algo para la ansiedad.
En los centros-prisión la calefacción siempre está demasiado baja, los tapones para los oídos raspan y el papel de inodoro es tan estrecho como el de los aviones. La comida siempre está a punto de caducar. Las reglas se aplican según el humor de quien esté de turno. Y sin embargo, duermo. Duermo un sueño químico y reparador, artificial pero necesario.
En mi centro-spa preferido tenía un pequeño lago para caminar alrededor desde el que observé búhos cazando peces gato; un halcón volando con una serpiente en el pico; el nacimiento de once polluelos de pato; y a una mamá osa con sus dos oseznos asaltando contenedores de basura.
En el último centro-prisión vi paredes desconchadas, habitaciones oscuras y desidia institucional. Me acostumbré a esconder guineos y manzanas en el bolsillo del abrigo cada vez que pasábamos por la cafetería.
Cualquier incomodidad merece la pena cuando uno trata de dejar la esclavitud del alcohol. Pero primero uno tiene que reconocerse y luego convencerse de que se puede disfrutar de la vida sin alcohol, aunque hayas pasado 36 años necesitando estar ebrio y asociando inseparablemente la idea de que la alegría y la felicidad necesitan regarse con cervezas y ron. Absolutamente todos los fracasos, renuncias impulsivas y problemas que he tenido toda mi vida están íntimamente influenciados por mi adicción, aunque yo siempre haya tenido la más razonable excusa para todas mis malas decisiones.
Gracias a estos internados he recuperado la afición por la lectura como cuando de joven devoraba libros para sobrevivir al aburrimiento. Finalmente, me he familiarizado tanto con estas instituciones que en la última ocasión me tomó por sorpresa cuando me avisaron de que al día siguiente me darían el alta. Un trabajador social confirmó que proveerían transporte a casa. Para llegar había pagado sesenta dólares de Uber.
Al despedirme de Obrigado y del resto, pensé que esta vez sí estaba seguro de que no volvería a beber. Sin embargo, en el camino escuché la voz del diablito que vive en mí. Me decía: despídete del alcohol ahora con una última caneca. Me dejaron en mi casa, subí mis cosas y salí camino a la licorería. Sin embargo, cuando llegué, pasé de largo. Pensé en los trabajos perdidos, en las facturas sin pagar, en las vomitonas, los temblores y los sudores fríos de cada mañana, pero sobre todo, en el tiempo de calidad con mis hijos que el alcohol me ha robado.

Actualmente desempleado, endeudado y al borde de la indigencia, me siento, sin embargo, mejor que nunca en los últimos 36 años. Vuelvo a ser el niño aquel que tenía interés en todo, se apuntaba a un bombardeo y emprendía todo tipo de proyectos más o menos razonables. Sin el apoyo familiar y los amigos que siempre están ahí, no hubiera conseguido nada. Me está ayudando mucho haber recuperado el placer de la lectura, estar usando finalmente un calendario y la práctica del Tai Chi. No tengo ninguna gana de beber. Siento que he desaprovechado la mayor parte de mi vida y estoy decidido a aprovechar y disfrutar de la existencia en sobriedad a partir de ahora.
- El autor es periodista español-puertorriqueño radicado en Boston.






