La ansiedad es más que palpitaciones o sudoración, y no siempre se manifiesta con síntomas evidentes ni iguales. 

Según la psicóloga Lic. Rosa M. Nieves Maldonado, la ansiedad puede presentarse de forma silenciosa en el cuerpo. 

“Se refleja como irritabilidad, tensión muscular en la mandíbula, cansancio extremo, dolores en el pecho, problemas gastrointestinales o la dificultad para tomar decisiones simples porque la persona está constantemente sobrepensando”, enumeró la Nieves Maldonado.

Aunque cierta dosis de ansiedad es adaptativa, ya que “nos prepara para cruzar una calle o enfrentar un examen”, se convierte en patológica cuando la alarma no se apaga. En ese estado, “la amígdala permanece encendida y la corteza prefrontal pierde eficacia, generando un desequilibrio emocional y físico”, describió la psicóloga Dra. Nahomi Martínez Laboy.

Puede expresarse “como dolor muscular constante, tensión en la mandíbula o bruxismo, molestias gastrointestinales, brotes en la piel o fatiga inexplicable”. Muchos lo atribuyen a problemas médicos aislados, pero el sistema nervioso está en un estado de alerta constante, precisó Martínez Laboy.

Estos síntomas suelen confundirse con otras condiciones, alertó Nieves Maldonado. 

“El dolor de pecho y la falta de aire casi siempre se interpretan como problemas cardíacos. Muchas personas llegan con miedo a la sala de emergencias y, tras descartar una causa física, se descubre que lo que enfrentan es un ataque de ansiedad o de pánico”, señaló.

El impacto también alcanza los procesos cognitivos, dijo Nieves Maldonado. 

“Si una persona está guiando y piensa que puede ocurrir un accidente, pierde el enfoque de la actividad principal. Lo mismo sucede con estudiantes que no logran retener ni codificar la información en clase porque la ansiedad les roba atención, concentración y memoria”, ejemplificó. 

“La ansiedad crónica roba atención y memoria, porque el cerebro se enfoca más en detectar peligros que en aprender o concentrarse”, explicó Martínez Laboy, quien subrayó que muchas veces se confunde con déficit de atención.

El sistema inmunológico tampoco queda fuera de este cuadro, recordó Nieves Maldonado. Vivir en estado de alerta constante genera somatizaciones que van desde dificultades para respirar hasta vómitos o acidez crónica. 

“El cuerpo se mantiene en modo de lucha o huida, y eso puede debilitar las defensas”, advirtió la psicóloga.

También, favorece la inflamación y aumenta el riesgo de enfermedades como depresión, asma, problemas cardíacos e incluso alzhéimer, agregó Martínez Laboy.

Martínez Laboy compartió que en consulta, a partir de su experiencia, muchas personas no llegan diciendo “tengo ansiedad”, sino que buscan ayuda por insomnio, dolores de cabeza o problemas digestivos. 

“Lo que más sorprende al paciente es el alivio al comprender que lo que siente tiene nombre y puede trabajarse”, afirmó. 

Sin embargo, estudios muestran que quienes la padecen suelen tardar más en buscar tratamiento que en otras condiciones psicológicas.

Particularmente, un estudio poblacional con 605 participantes, publicado en PubMed, reveló que las personas con síntomas de ansiedad presentan una menor diversidad bacteriana en la microbiota intestinal. En particular, en hombres ansiosos se encontró menor abundancia de bacterias productoras de ácidos grasos de cadena corta, como miembros de Lachnospiraceae (nombre de familia de bacterias). A raíz de este hallazgo y otras investigaciones se sugiere que estas bacterias podrían tener un papel protector en la salud mental, al influir en la inflamación, la función intestinal y su comunicación con el cerebro.

Además, las huellas de la infancia juegan un papel decisivo, puesto que crecer en ambientes inseguros o con falta de apoyo emocional deja al cerebro más vulnerable al estrés en la adultez, dijo Martínez Laboy. 

Las experiencias tempranas también moldean la manera en que una persona vive la ansiedad, continuó Nieves Maldonado. 

“Un niño que observa a su madre asustarse por cada trueno puede aprender esa misma reacción. Si no se fomenta autoestima y seguridad desde pequeños, se desarrolla un adolescente, y luego un adulto, con dificultades para enfrentar cambios o exponerse socialmente”, insistió Nieves Maldonado, al tiempo que resaltó que la crianza basada en autonomía y confianza es un factor protector clave.

Asimismo, un estudio con jóvenes adultos de 23 a 26 años, realizado con gemelos, encontró que alrededor del 60 % de la estabilidad de los síntomas de ansiedad se explica por factores genéticos. Sin embargo, las variaciones a corto plazo, los “altibajos” de la ansiedad, dependen más del ambiente, como experiencias estresantes o presiones inmediatas. En este caso, los investigadores identificaron dos dimensiones principales de los síntomas: una asociada al malestar físico y otra al exceso de preocupación y la evitación.

En cuanto a la búsqueda de ayuda, Nieves Maldonado observó una diferencia de género. 

“Las mujeres son quienes más acuden a terapia, mientras que los varones siguen enfrentando barreras culturales y estigma”, sostuvo.

Añadió que muchas veces las familias tampoco reconocen la importancia de la salud mental, lo que retrasa aún más la atención.

Manejo de la ansiedad

Respecto al manejo, Martínez Laboy opinó que hoy existen alternativas innovadoras más allá de la terapia cognitivo conductual y la medicación, como lo son la terapia de aceptación y compromiso, el mindfulness, la terapia metacognitiva o incluso herramientas tecnológicas como la realidad virtual y el biofeedback.

Por su parte, Nieves Maldonado destacó al grounding sensorial entre las técnicas más efectivas. 

“Nombrar cinco cosas que ves, cuatro que puedes tocar, tres que hueles, dos que escuchas y una que saboreas ayuda a reconectar con el presente. Incluso un dulce agrio o un trozo de hielo puede devolver al cuerpo la calma necesaria para afrontar el momento”, detalló.

Martínez Laboy advirtió que intentar suprimir la ansiedad solo intensifica el problema. 

“Reprimir la ansiedad no la elimina; la intensifica y restringe la vida. El enfoque actual busca reconocerla como señal de alerta y aprender a regularla en lugar de dejar que tome el control”, dijo.

Nieves Maldonado concluyó que la ansiedad no debe verse como un enemigo a eliminar, sino como algo que se puede aprender a manejar.