La adolescencia es una etapa de transformación profunda. En pocos años, cambian el cuerpo, la manera de pensar, las emociones, las relaciones y la identidad. 

Andrés Cruz Santos, psicólogo infantil, explicó que durante este periodo el adolescente comienza a buscar mayor autonomía, mientras aumenta la importancia de la aceptación social y continúa desarrollando destrezas de regulación emocional, planificación y toma de decisiones.

Esta combinación puede traducirse en mayor sensibilidad a la crítica, inseguridad, cambios de ánimo, conflictos familiares o conductas impulsivas. Sin embargo, Cruz Santos aclaró que estos cambios no provocan por sí solos un trastorno mental. La vulnerabilidad puede aumentar cuando las demandas que enfrenta el adolescente superan los recursos personales, familiares o sociales disponibles. Al mismo tiempo, señaló que esta es una etapa de enorme crecimiento, aprendizaje y desarrollo de resiliencia cuando existe el acompañamiento adecuado.

La evidencia científica describe la adolescencia como un periodo de importantes cambios en el cerebro y en los sistemas relacionados con la regulación emocional, la motivación y el comportamiento social. En este marco, una revisión publicada en Biological Psychiatry señaló que la pubertad y la maduración cerebral interactúan durante esta etapa y pueden relacionarse con una mayor vulnerabilidad a determinadas dificultades de salud mental, aunque los investigadores advierten que estos cambios no conducen por sí mismos a un trastorno. 

Para Somari Quintana Martínez, psicóloga con área de práctica en consejería psicológica, uno de los primeros pasos consiste en conocer al adolescente de manera individual y evitar comparaciones. “Nosotros no podemos comparar constantemente el comportamiento con el de sus hermanos, con el primo, con el vecino, con el compañero, incluso cuando éramos nosotros a su edad”, planteó.

Quintana Martínez explicó que es necesario considerar su funcionamiento habitual, personalidad, contexto familiar, desempeño académico, relaciones sociales, uso de tecnología y redes sociales, además de las experiencias recientes. A partir de ahí, los adultos deben aprender a escuchar y validar antes de intentar solucionar.

Cuando un adolescente expresa tristeza, frustración o preocupación, los adultos, en algunos casos, responden minimizando lo que siente. Frente a esto, la psicóloga defendió la validación emocional. Según explicó, validar no significa estar de acuerdo con la interpretación que hace el adolescente, sino reconocer que esa experiencia emocional es real para él o ella.

En Puerto Rico, además, existen barreras que pueden dificultar que los jóvenes busquen apoyo psicológico. Quintana Martínez señaló que todavía hay “mucho estigma alrededor de la salud mental” y que algunos adolescentes temen ser etiquetados o juzgados por sus pares. También, identificó como un obstáculo el temor a que los profesionales no respetaran su privacidad. “Eso es un mito que hay que romper”, afirmó al referirse a la idea de que un psicólogo rompería automáticamente la confidencialidad con los padres.

A estas dificultades se suman problemas de acceso: disponibilidad de servicios, cobertura de los planes médicos, transporte o falta de profesionales en determinadas zonas. También, mencionó barreras generacionales, cuando algunos adultos interpretaban el malestar como vagancia, falta de carácter o manipulación.

Adolescencia: el rol de la familia y la escuela

La escuela puede convertirse en un espacio clave para detectar cambios durante la adolescencia sin asumir diagnósticos. Quintana Martínez explicó que los maestros pueden observar conductas concretas y documentarlas: faltas frecuentes, menor participación, aislamiento, trabajos sin entregar o estudiantes que se quedan dormidos habitualmente en clase. Lo importante, señaló, es registrar qué había cambiado, desde cuándo y cómo afectaba el funcionamiento.

Al subrayar el papel de la familia y la escuela, Cruz Santos sostuvo que ambos sistemas pueden ofrecer adultos de confianza, rutinas, límites claros, seguridad y apoyo. El principal reto, según el experto, es conseguir que ambos se comuniquen y evitar que una dificultad emocional sea interpretada simplemente como vagancia, falta de disciplina o desafío.

El impacto de estos cambios en el bienestar y el comportamiento del adolescente, según explicó el experto, depende de la interacción entre factores biológicos, psicológicos, familiares, escolares, sociales y culturales. Entre ellos mencionó el temperamento, la salud física y mental previa, las experiencias traumáticas, el sueño, las estrategias de afrontamiento y el consumo de sustancias. También, destacó la calidad de las relaciones familiares, la aceptación de los pares, el acoso escolar o digital, la presión académica, la situación económica, la violencia comunitaria, la discriminación y las experiencias en redes sociales.

Por eso, Cruz Santos recomendó no interpretar automáticamente cualquier cambio como “cosas de la edad”. Para distinguir una transformación esperada de una señal de alerta, propuso observar cuánto se aleja el adolescente de su funcionamiento habitual, cuánto tiempo dura el cambio, con qué intensidad ocurre y cuánto afecta su vida cotidiana. El aislamiento persistente, la pérdida marcada de interés, el deterioro académico, los cambios importantes en sueño o alimentación, el consumo de sustancias, las conductas peligrosas, la desesperanza o las autolesiones requieren atención.

A nivel sistémico, la psicóloga identificó como necesidad fortalecer un sistema que permita identificación temprana, acceso rápido y continuidad de los servicios. También, puntualizó que es necesario conectar mejor escuelas, pediatras, psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales y recursos comunitarios, ya que en ocasiones los servicios existen, pero están fragmentados y las familias tienen dificultades para navegar el sistema.

En Puerto Rico, este panorama también está atravesado por dificultades económicas, migración, violencia comunitaria, interrupciones educativas y las consecuencias de desastres naturales. Por eso, Quintana Martínez defendió incorporar la prevención y acercar los servicios a los espacios donde se encuentran los jóvenes.

Su recomendación para los adultos comienza antes de que aparezca una crisis: “estar disponibles antes de que exista una crisis”. Las conversaciones sobre emociones y salud mental, explicó, deben formar parte de la vida cotidiana. También, recomendó cuidar el sueño, fomentar la actividad física, fortalecer relaciones sociales saludables y mantener un uso equilibrado de las redes.

Frente a los errores de los adultos, Cruz Santos logró identificar dos extremos: normalizarlo todo diciendo que “es parte de la edad” o patologizar cualquier cambio como si fuera un trastorno. También, sostuvo que es perjudicial interrogar en lugar de conversar, minimizar lo que siente, comparar al adolescente con otras personas o intentar resolver el problema antes de escucharlo. “Un adolescente no necesita adultos perfectos. Necesita adultos disponibles, atentos y capaces de trabajar de manera coordinada”, confirmó.

“Cuando tu adolescente está en riesgo y en peligro, si siente un apoyo de tu parte él va a regresar a ti”, sostuvo. Para la psicóloga, acompañar esta etapa no consiste simplemente en atravesarla. Se trata de una oportunidad para que el adolescente construya identidad, autonomía, relaciones y herramientas de regulación emocional.