La neuróloga Melissa Méndez explicó que, aunque muchas personas escuchan hablar de una supuesta “cirugía para la depresión”, en realidad se trata de un procedimiento altamente especializado conocido como estimulación cerebral profunda (DBS, por sus siglas en inglés). 

Es una técnica que se está estudiando ahora para depresión, pero que ya lleva décadas usándose en neurología para otras condiciones”, aclaró.

Méndez detalló que la DBS se aprobó formalmente en Estados Unidos a inicios de los 2000 para tratar trastornos de movimiento, como el temblor esencial y la enfermedad de Parkinson. Más adelante, su uso se amplió para epilepsia y para el trastorno obsesivo compulsivo (OCD, por sus siglas en inglés), y solo recientemente se ha comenzado a estudiar su aplicación en pacientes con depresión resistente a tratamientos convencionales.

La especialista describió el procedimiento como una cirugía en la que hacen un pequeño hueco en el cráneo para implantar un electrodo. 

“Es un cable muy fino, aislado, con múltiples electrodos en la punta que penetran profundamente en áreas específicas del cerebro. La zona donde se coloca depende de la condición: no es lo mismo para depresión que para epilepsia o un trastorno de movimiento”, precisó.

Para la depresión, actualmente se están investigando varias regiones cerebrales, entre ellas la corteza cingulada subcallosa, la cápsula ventral, el núcleo accumbens y otras estructuras relacionadas con la regulación del estado de ánimo, el placer y los circuitos de recompensa, mencionó.

El electrodo se conecta a un cable que pasa por debajo de la piel y llega a un generador de impulsos, muy similar a un marcapasos, que se implanta bajo la piel del pecho.

Ese dispositivo genera una corriente eléctrica continua que modula, regula o interrumpe ciertas señales eléctricas del cerebro, ayudando a restaurar el equilibrio en áreas donde la actividad neuronal está alterada”, mantuvo Méndez.

Por su parte, según el doctor Raúl López, la psiquiatría “siempre ha sido una ciencia orientada a la psicoterapia y a la farmacoterapia. Es decir, modulamos pensamientos con psicoterapia o alteramos neurotransmisores con medicamentos”. 

Desde hace décadas, médicos e investigadores han intentado buscar maneras de intervenir la conducta con técnicas físicas, cuando los tratamientos convencionales fallan.

Algunos experimentos han sido útiles, otros desastrosos, como la lobotomía frontal o los antiguos ‘choques’ insulínicos, que hoy están descartados por sus secuelas”, dijo el psiquiatra.

Entre las opciones que sí sobrevivieron y siguen vigentes, López mencionó dos: la terapia electroconvulsiva (ECT) y la estimulación magnética transcraneal (TMS).

López advirtió que tratamientos como la DBS no son de primera línea y están aún en fases experimentales para pacientes con depresión. Además, aunque no todos los pacientes mejoran, señaló que estas técnicas ofrecen una alternativa para quienes no responden a fármacos.

Está dirigido a pacientes con depresión resistente, aquellos que han probado al menos cuatro medicamentos distintos, muchos han intentado muchos más, y que incluso han fallado con terapias como la electroconvulsiva. Es decir, hablamos de personas con más de cuatro años de depresión sin respuesta”, añadió Méndez.

En cuanto a la efectividad, Méndez puntualizó que los resultados son variables.

“Como se han estudiado distintas áreas cerebrales, los beneficios reportados van desde un 20% hasta un 80%, dependiendo del sitio de estimulación y de los parámetros usados. En general, cerca del 75% de los pacientes logran una mejoría de al menos un 50% en sus síntomas, aunque la remisión completa es menos común”, sostuvo.

Más aún, una revisión de los estudios existentes, publicada por PubMed, que incluyó 17 estudios (hasta 2020), con ensayos controlados y abiertos, reportó una mejora del 47 % en los puntajes de depresión a largo plazo, con respuesta del 48 % y remisión del 35 % entre 12 y 60 meses.

Además, ambos expertos alertaron que el alivio no es inmediato. Tras la cirugía, se espera de una a dos semanas para iniciar la estimulación, y luego se requiere un proceso de ajuste individual, especificó Méndez.

“Es como cuando ajustamos la dosis de un medicamento. Hay que calibrar los parámetros para cada paciente hasta encontrar la combinación que funcione”, añadió Méndez.

Prometedora la cirugía para tratar la depresión

Aunque en Estados Unidos la DBS para depresión sigue siendo un tratamiento en fase investigacional y no cuenta con aprobación de la FDA, Méndez la considera una alternativa prometedora.

Es un procedimiento seguro, su uso en otras enfermedades lo ha demostrado por décadas, y lo que falta es determinar cuáles son las áreas cerebrales más efectivas para estimular y afinar los protocolos. Probablemente será un tratamiento disponible a futuro para los casos más graves”, aseguró.

Sobre su disponibilidad, López aclaró que en Puerto Rico existen pocos centros privados que ofrezcan las intervenciones físicas ya aprobadas para este tipo de paciente, por lo que no espera que la situación cambie para el DBS.

“No hay cobertura amplia ni equipos diseñados específicamente para cada trastorno”, dijo.

Agregó que la investigación avanza hacia dispositivos más compactos, incluso de uso domiciliario, pero “todavía deben aplicarse en clínicas, porque aunque raro, menos del 1% de los casos, puede provocar convulsiones”.

Si un paciente considera este tratamiento, debe acudir a profesionales con experiencia. La colocación de los electrodos es crítica. Si no se ponen bien, simplemente no funciona”, dijo López.

Estas técnicas prometen un futuro con opciones menos invasivas y más personalizadas para quienes no responden a los tratamientos tradicionales, concluyó.