La muerte y las pérdidas son experiencias naturales de la vida, pero su significado puede resultar abstracto y complejo para un niño.
El psicólogo infantil Javier Méndez Lozada explicó que, especialmente por lo inmaterial del concepto, los niños tienden a procesar mejor la realidad cuando es concreta y tangible.
La manera en que procesan una pérdida depende de su etapa de desarrollo y de la maduración de sus capacidades cognitivas. Usualmente, entre los 10 y 12 años inician la capacidad de procesar el pensamiento abstracto, lo que facilita que comprendan que alguien se va y no lo van a volver a ver nunca.
Para la psicóloga escolar Rebecca López Bobonis, en los más pequeños, el concepto de muerte es todavía muy abstracto. Antes de poder expresarlo con palabras, pueden percibir que “hay algo aquí que falta”: una madre o un padre que ya no está, un cambio en quién los recoge o una modificación en la rutina. “No necesariamente lo pueden poner con palabras, qué es lo que es”, señaló.
A medida que crecen, aparece el llamado pensamiento mágico. Un niño puede entender que su abuelo falleció y, al mismo tiempo, pensar que quizá al día siguiente lo volverá a ver. Más adelante comienza a comprender que una persona que muere no vuelve a vivir y surgen preguntas sobre qué ocurrió y por qué esa persona ya no regresa. En la adolescencia, explicó, pueden aparecer cuestionamientos de carácter espiritual, especialmente después de una muerte violenta: “Si Dios está aquí, ¿por qué no me protegió?”.
Por su parte, Méndez Lozada sostuvo que las herramientas para afrontar una pérdida también dependen de la exposición que los menores tenían a temas relacionados con las emociones. Méndez señaló que, en la medida en que los adultos normalizan hablar de lo que sienten, validan las emociones y modelan formas saludables de procesarlas, los niños aprenden a incorporarlas a su repertorio de estrategias de afrontamiento. No basta con escucharlos cuando hablan de cómo se sienten: también es importante demostrarles que todas las emociones son válidas.
A esto, López Bobonis añadió que la forma en que cada menor afronta la pérdida también está relacionada con su vínculo con la persona fallecida y con las circunstancias de la muerte. No es lo mismo perder a un abuelo con quien apenas compartes que a uno que lo busca diariamente en la escuela. Una pérdida violenta, además, puede requerir una atención diferente. López Bobonis destacó también otros cambios que pueden acompañar el duelo: una mudanza, dificultades económicas o cambios de escuela. El niño no solo enfrenta la ausencia de una persona querida, sino una transformación más amplia de su entorno.
En este marco, una revisión publicada en 2026 señala que, durante la infancia, los menores desarrollan progresivamente tres conceptos fundamentales: que la muerte implica el cese de las funciones biológicas, que es irreversible y que es universal. Ese proceso no depende únicamente de la maduración cognitiva: las conversaciones con adultos, las experiencias de pérdida, los rituales y las creencias culturales también contribuyen a construir su comprensión de la muerte.
Claves para un diálogo sobre pérdidas con los niños
Al conversar sobre una pérdida, el psicólogo recomendó que el diálogo sea honesto y atemperado a la edad del menor. Los niños más pequeños pueden reaccionar aparentemente como si la situación no les afectara, pero eso no significa que no estuvieran procesándola. Los adultos deben dejarles saber que estarían disponibles para escucharlos y acompañarlos. También es importante cuidar la atmósfera: un lugar acogedor, seguro, con pocos distractores y sin acumulación de personas. “Mientras más privado ocurra el diálogo, mejor”, sostuvo Méndez Lozada.
El lenguaje, añadió, debe ser claro, sencillo y concreto. Recomendó minimizar las metáforas o alegorías que pudieran confundir al niño. Decirle que una persona “se convirtió en una mariposa”, por ejemplo, puede llevarlo a creerlo literalmente. Del mismo modo, explicarle que “Dios se llevó a la persona porque la necesitaba” puede generar reacciones adversas hacia la figura de Dios. Las familias pueden abordar la conversación desde su contexto espiritual o religioso, pero teniendo en cuenta que el niño puede no comprender la profundidad de esos conceptos.
El rol de la escuela cuando un niño enfrenta una pérdida
Asimismo, la escuela puede ser clave para identificar cómo estaba afectando la pérdida al menor. López Bobonis explicó que algunos niños pueden dejar de concentrarse, somatizar, bajar sus notas, aislarse o, por el contrario, mostrarse excesivamente activos. En adolescentes, recomendó prestar especial atención a expresiones como “yo me quiero ir con mi papá” o “yo estaría mejor allá”. Los maestros, sin embargo, no deben asumir el papel de psicólogos: pueden ofrecer apoyo y facilitar el acceso al personal especializado del plantel.
La escuela también puede convertirse en un espacio de acompañamiento. Méndez planteó que su función no debe ser apresurar ni minimizar la tristeza, sino acompañar al estudiante a su ritmo. Los maestros pueden escuchar, validar y, cuando fuera necesario, redirigir la conversación con sensibilidad. “Lo importante es evitar frases como: ‘No te sientas triste’”, enfatizó.
La especialista también alertó sobre un riesgo menos visible: patologizar el duelo. “Rápido etiquetamos sin saber o sin tener conciencia de que esto es un proceso”, afirmó. Un niño puede experimentar tristeza profunda o sentimientos depresivos sin que eso signifique necesariamente que tenga un diagnóstico de depresión.
Entre los errores más frecuentes, Méndez Lozada identificó la invalidación, la minimización y la invisibilización. La primera ocurre cuando se hace sentir al niño que sus emociones no son importantes; la segunda, cuando se resta importancia a su experiencia; y la tercera, cuando los adultos evitan hablar del tema porque no sabían cómo manejarlo o asumen que los niños no sufrían.
Según Méndez, la cultura puertorriqueña tiende a reproducir estos tres fenómenos, aunque no necesariamente desde una mala intención. El deseo de proteger a los niños del sufrimiento puede terminar limitando su capacidad para comprender, procesar y reaccionar saludablemente ante una pérdida. “Aprender desde niño a enfrentar la tristeza y el dolor es necesario para desarrollar herramientas socioemocionales que nos permitan más adelante superar con éxito las duras experiencias de la vida”, afirmó.
Por ello, recomendó a padres, cuidadores y maestros educarse sobre la etapa de desarrollo del niño, normalizar las conversaciones sobre las emociones y modelar formas saludables de afrontar las malas experiencias. Sobre todo, planteó que los menores debían atravesar los desafíos dolorosos de una pérdida acompañados por adultos “sensibles, empáticos y asertivos”.
En Puerto Rico, además, los menores han estado expuestos a múltiples pérdidas colectivas: terremotos, huracanes, migración de familiares y la pandemia de COVID-19. Para López Bobonis, esa acumulación puede convertirse en un factor de riesgo, especialmente ante las limitaciones de acceso a servicios especializados.
Como parte del proceso, recomendó no excluir automáticamente a los niños de funerales o tanatorios. Estos rituales pueden ayudarles a construir una representación concreta de la muerte y hacer un cierre. Siempre debe respetarse, no obstante, la capacidad y disposición del menor. “Ser bien honesto” y permitir que el niño llorara y expresara lo que sentía eran, para la especialista, elementos fundamentales del proceso.






