Conversamos por Facebook live con el doctor Domingo Marqués, catedrático de la Universidad Albizu, y con la doctora Luisa M. Collazo Valentín, psicóloga, sobre cómo prevenir el suicidio en jóvenes, gracias al apoyo de FHC First Healthcare. ¡Sintoniza a través del Facebook de Es Mental o de FHC – Salud Mental!   

“La prevención no comienza el día en que aparece una amenaza. Comienza mucho antes, cuando un niño aprende que puede expresar tristeza, miedo, vergüenza o coraje sin ser ridiculizado, castigado o rechazado”, sostuvo el doctor Domingo Marqués Reyes, catedrático de la Universidad Albizu, al hablar sobre estrategias para la prevención del suicidio en jóvenes.

Marqués Reyes aseguró que “en el hogar necesitamos conversaciones frecuentes sobre emociones, no un interrogatorio anual sobre salud mental”, y que “los padres deben interesarse por las amistades, la vida escolar y el mundo digital de sus hijos, pero desde la conexión y no únicamente desde la vigilancia”.

“Un hogar protector no es un hogar sin problemas. Es uno en el que los problemas pueden hablarse, pedir ayuda no da vergüenza y los adultos reparan después de equivocarse. La conexión familiar, el apoyo de cuidadores, las destrezas para resolver problemas y el acceso a servicios de salud actúan como factores protectores”, sostuvo el también psicólogo clínico, quien recomienda que los padres enseñen a sus hijos a regulación emocional, tolerancia al malestar, solución de problemas y cómo pedir ayuda.

Indicó, además, que cuando existen autolesiones repetidas, impulsividad severa o conducta suicida, se necesitan tratamientos basados en evidencia y participación familiar. Intervenciones como la terapia dialéctica conductual adaptada para adolescentes trabajan, precisamente, con esas capacidades, aseguró.

Sobre las  armas de fuego y los medicamentos, indicó que estos no solo deben estar escondidos, sino asegurados. “Reducir el acceso no resuelve el sufrimiento, pero crea tiempo y distancia entre una crisis que puede ser transitoria y una decisión irreversible…”, aseguró.

Estrategias a nivel comunitario para la prevención del suicidio

“A nivel comunitario, la prevención no puede limitarse a una charla durante septiembre. Las escuelas deben ofrecer programas continuos de aprendizaje socioemocional, identificación de señales, solución de problemas y búsqueda de ayuda. También, deben tener protocolos claros para referir, evaluar y dar seguimiento, y capacitar a maestros, orientadores, entrenadores, personal de seguridad y otros adultos que interactúan diariamente con los estudiantes. Una revisión de revisiones encontró evidencia de certeza moderada de que las intervenciones escolares pueden reducir a corto plazo la ideación y los intentos suicidas, con posible beneficio más prolongado sobre los intentos”, sostuvo.

La responsabilidad también corresponde a pediatras, médicos primarios y salas de emergencia, aseguró Marqués Reyes.

Indicó que “en una revisión nacional sueca, aproximadamente 90% de los jóvenes que murieron por suicidio había tenido algún contacto con servicios de salud en los dos años anteriores y cerca de 60% durante el último mes”. Sin embargo, los síntomas y diagnósticos consignados en los expedientes médicos no fueron suficientes para identificar la conducta suicida. 

“Eso nos dice que no basta con preguntar por depresión ni marcar casillas: hay que explorar directamente el suicidio, las relaciones, las pérdidas, los conflictos, la desesperanza y las condiciones concretas de vida”, sostuvo el catedrático. 

Según Marqués Reyes, “las comunidades también necesitan servicios accesibles, rápidos y culturalmente pertinentes; integración de salud mental en escuelas y atención primaria; apoyo a familias; programas contra el bullying y el ciberacoso; y recursos dirigidos a jóvenes LGBTQ+, jóvenes pobres, comunidades rurales y otras poblaciones que enfrentan mayores barreras”. 

“No podemos pedirles resiliencia a los jóvenes mientras los dejamos viviendo en condiciones que producen desesperanza. La prevención también implica combatir la pobreza, la violencia, la discriminación, la inseguridad de vivienda y la falta de acceso a tratamiento. El CDC incluye precisamente el fortalecimiento económico, la conexión social, el acceso a servicios, los ambientes protectores y la reducción de medios letales entre las estrategias de prevención”, añadió.

Marqués Reyes también mencionó la importancia de intervenir luego de una muerte por suicidio. “La postvención es prevención. Las escuelas y comunidades deben apoyar a familiares, amistades, compañeros y personas que se identifiquen con quien murió, sin romantizar la muerte, divulgar detalles del método ni convertirla en espectáculo. El acompañamiento no debe desaparecer después del funeral: el riesgo asociado al duelo puede ser inmediato y también persistir”, sostuvo.

De igual forma, dijo que los medios de comunicación y las redes también tienen la responsabilidad de informar dejando a un lado el sensacionalismo y evitando ofrecer detalles como el método o cartas de despedida. En cambio, deben incluir recursos de ayuda y presentar historias de recuperación, lo que “reduce el riesgo de contagio y demuestra que una crisis suicida puede tratarse”.

“En definitiva, prevenir una muerte por suicidio no depende de encontrar una frase perfecta. Depende de construir un sistema en el que sea más difícil morir durante una crisis y mucho más fácil encontrar a alguien dispuesto a escuchar y ayudar. En ese momento no tenemos que exigirle al joven que ame la vida ni convencerlo de que todo está bien. Primero tenemos que ayudarlo a mantenerse vivo el tiempo suficiente para que el dolor cambie, el tratamiento funcione y pueda comenzar a construir una vida que entienda que vale la pena vivir”, puntualizó Marqués Reyes.

Por su parte, la doctora Luisa M. Collazo Valentín, psicóloga, sostuvo que la prevención efectiva debe atender varios niveles de intervención, entre los que figura la “conexión genuina y sostenida”. Explicó que, “dado que la necesidad de pertenencia es una motivación primaria del cerebro humano, el factor protector más consistente es una relación real en la que el joven se sienta visto, escuchado y valorado sin condición”.

Coincidió con Marqués Reyes en que debe haber un cernimiento activo de riesgo por parte de escuelas, pediatras y proveedores de salud, no solo de salud mental y de reducir el acceso a medios potencialmente letales en el hogar, como lo son las armas de fuego y los medicamentos.

La psicóloga también mencionó la importancia de adiestrar a padres, maestros y cuidadores para reconocer señales de alarma y saber a dónde referir. También, del acceso oportuno a tratamiento profesional, incluyendo protocolos de seguridad y planes de crisis cuando hay riesgo activo.

Indicó que también se debe intervenir en la “reducción del estigma, que es precisamente donde entra la importancia de hablar del tema abiertamente”.

“Hablar de suicidio de forma responsable no aumenta el riesgo; la evidencia consistentemente muestra lo contrario. El silencio es lo que aísla al joven con su dolor y refuerza la idea de que nadie puede sostener lo que está sintiendo. Hablarlo, en cambio, válida que ese dolor es real, abre la puerta a pedir ayuda y transmite el mensaje central: hay una persona presente, realmente presente, dispuesta a acompañarlo”, sostuvo Collazo Valentín.

La psicóloga mencionó que en su práctica está viendo, “de forma consistente,  jóvenes que no se sienten vistos, ni escuchados y mucho menos validados por los otros significativos y/o sus pares”. Estos, según la psicóloga, “perciben, en general, un entorno social que sienten peligroso e impredecible, para el cual no cuentan con las herramientas que les brinden la seguridad emocional necesaria”.

“A esto se suma un sentimiento de desesperanza al no encontrar un propósito o un lugar propio en el mundo. El feedback constante que reciben de sus pares, la escuela y la familia alimenta, en muchos casos, un sentido de insuficiencia y desprecio hacia sí mismos por no cumplir con ideales impuestos: el ‘buen estudiante’, el ‘buen hijo’, una ‘sexualidad heterosexual’, entre otros. Esto genera un malestar difícil de tolerar en un momento del desarrollo particularmente vulnerable, ya que el cerebro adolescente atraviesa transformaciones neurobiológicas importantes —poda sináptica, maduración diferenciada del sistema límbico y la corteza prefrontal— que dejan al joven con menos regulación emocional justo cuando más la necesita”, sostuvo Collazo Valentín.

Explicó que “no sentirse visto ni perteneciente no es, para el cerebro adolescente, una molestia menor”, sino que “se registra como una amenaza real”. Agregó que, “desde la neurociencia social, esto tiene una base concreta: el cerebro humano procesa la exclusión y el rechazo social a través de las mismas regiones que procesan el dolor físico”, lo que ayuda a explicar por qué la desconexión con figuras significativas.