Discusiones de pareja que parecen sacadas de una telenovela, roces laborales que terminan en batallas campales o amistades que se rompen por malentendidos. 

Para el psicólogo David Alcalá, muchos de estos “novelones” podrían evitarse si aprendiéramos a manejar los conflictos de manera más constructiva. 

Mientras, la trabajadora social clínica, Hazel Faunde, añadió que muchas de estas situaciones pueden manejarse de forma más constructiva si entendemos primero cómo nos posicionamos frente al conflicto.

“Las relaciones interpersonales parten de la visión que tenemos de nosotros mismos y del ambiente”, explicó Faunde. 

Según la experta, las personas tienden a ubicarse en uno de dos roles: el de víctima, que interpreta las situaciones como ataques personales; o el de juzgador, que responde desde una postura crítica. Ambos enfoques llevan a conversaciones circulares y tóxicas, porque reaccionamos más desde la emoción que desde el análisis racional.

En sintonía con Faunde, para Alcalá, el primer error es asumir sin preguntar. 

“Cuando asumimos lo que la otra persona quiso decir sin corroborarlo, empezamos a inventar historias que no siempre son ciertas”, sostuvo.

Recomendaciones para manejar los conflictos

Ese hábito no solo alimenta emociones intensas, sino que agrava el problema. Un ejemplo común: alguien no responde un mensaje y concluimos que está molesto, cuando en realidad solo estaba ocupado.

Otro paso fundamental, según Alcalá, es conocer nuestro estilo de comunicación. ¿Somos agresivos, pasivos, emotivos o analíticos? Identificarlo permite ajustar la forma en que nos relacionamos. 

“Si tenemos un estilo agresivo, necesitamos aprender a escuchar sin interrumpir. Si somos más pasivos, debemos trabajar en expresar lo que sentimos”, puntualizó. 

También, recomendó eliminar sarcasmos e insultos.

“El sarcasmo comunica el mensaje, pero de la peor forma posible”, aseguró.

Otra herramienta clave es revisar nuestra percepción, dijo Faunde. Muchas veces interpretamos comentarios como ataques personales cuando no lo son. 

“Hay que preguntarse: ¿realmente me están hablando a mí o yo me lo estoy tomando personal? Las personas expresan las cosas desde su propio cristal; entender eso permite aclarar el mensaje antes de reaccionar”, señaló. 

En una discusión de pareja, por ejemplo, reformular lo que uno cree haber entendido, ya que puede evitar malentendidos: “Lo que entiendo que me quieres decir es esto… ¿es así?”, propuso. Esa simple aclaración suele bajar la tensión y abrir espacio para una conversación más productiva.

Esto Alcalá lo asoció a la técnica de los 10 segundos. Esta consiste en pausar antes de responder para reflexionar qué queremos decir y cómo lo diremos.

La regulación emocional es otra pieza clave, opinó.

“Las emociones intensas distorsionan el foco de la conversación y nos alejan de resolver el conflicto”, advirtió.

Cuando una discusión empieza a escalar, aumenta el tono de voz, aparecen gestos agresivos o palabras hirientes, conviene detenerse. En estos casos, propone usar una “palabra de seguridad” acordada entre las partes, que sirva para pausar y retomar el diálogo más adelante, una vez calmadas las emociones.

¿Y qué hacer cuando alguien hace un drama por todo? Alcalá recomendó no caer en la misma dinámica. 

“Tenemos que evaluar si esa conversación vale la pena tenerla y, sobre todo, recordar que no podemos controlar cómo el otro interpreta lo que decimos. Solo podemos expresar nuestro mensaje de forma clara y respetuosa”, dijo. 

En este marco, existen trabajos académicos que proporcionan evidencia empírica de que fomentar inteligencia emocional, apoyo social y habilidades comunicativas promueve estilos de resolución de conflicto más saludables y evita escaladas innecesarias. 

De hecho, un estudio encontró que las personas con mayor inteligencia emocional y apoyo social percibido tienden a manejar los conflictos de forma más constructiva, recurriendo a la colaboración y el compromiso en lugar de la confrontación o la evitación. Además, las habilidades de comunicación actúan como un puente clave, ya que facilitan expresar necesidades sin escalar el conflicto. En conjunto, estos factores permiten una regulación emocional más efectiva, reduciendo las reacciones impulsivas y evitando que las discusiones se conviertan en “dramas” innecesarios. 

Para evitar que una discusión escale, Faunde recomendó dar un paso atrás antes de reaccionar. Esto puede significar pausar, respirar profundamente o incluso salir del espacio físico. 

“La primera reacción casi siempre está cargada de impulsividad emocional. Si respondemos así, bloqueamos el análisis racional y alimentamos el drama”, mantuvo.

Los límites saludables también juegan un papel fundamental. En el trabajo, explicó Faunde, es común que se confundan las líneas entre amistad y responsabilidad laboral: “Porque somos panas, me pides más de lo que corresponde” o “Porque somos panas, tengo derecho a fallarte”. Establecer desde el inicio qué se permite y qué no, y expresar el desacuerdo sin entrar en guerras de poder, ayuda a prevenir fricciones mayores.

Sin embargo, ambos expertos destacaron que evitar un conflicto no es lo mismo que abordarlo de forma constructiva. Huir del tema o recurrir al sarcasmo puede generar resentimientos. En cambio, enfrentarlo de manera asertiva implica hablar directo, sin rodeos, pero con calma. “Siempre es mejor expresar lo que sentimos de forma positiva y respetuosa”, concluyó Alcalá.

“No se trata de demostrar que el otro está equivocado, sino de redirigir nuestras acciones desde el análisis racional. El autoconocimiento y los límites son lo que nos permiten evitar el ‘papelón’”, dijo Faunde.