Aunque el trastorno bipolar y el trastorno límite de la personalidad (TPL) pueden presentar síntomas similares, el doctor Domingo Marqués Reyes, profesor del Programa de Psicología Clínica y director del Dialectical Behavioral Therapy and Research Program de la Universidad Albizu, sostiene que, para diferenciar ambas condiciones, se debe observar cómo se desarrolla el cuadro a través del tiempo.
No basta con observar una “fotografía de la persona durante una crisis”, sino hay que mirar la “fotografía completa”. Esto significa mirar “cómo han evolucionado los síntomas a través del tiempo, cuánto duran, qué los precipita y cómo funciona la persona entre esos cambios”, explicó el también psicólogo clínico.
“En arroz y habichuelas, el trastorno bipolar es principalmente un trastorno de episodios del estado de ánimo, mientras que el trastorno límite de la personalidad, o TPL, afecta de manera más amplia la regulación emocional, las relaciones interpersonales, la conducta y el sentido de identidad”, sostuvo.
Marqués Reyes señaló que ambas condiciones tienen componentes neurobiológicos, aunque el trastorno bipolar presenta una carga familiar particularmente fuerte. En el TPL, por su parte, existe una vulnerabilidad emocional biológica que interactúa con experiencias de desarrollo y ambientes interpersonales. “TPL no significa tener una ‘mala personalidad’ ni constituye un defecto de carácter”, aclaró.
La confusión aparece con facilidad cuando la evaluación ocurre únicamente durante una crisis. Depresión, irritabilidad, impulsividad, problemas de sueño, conductas de riesgo, autolesiones e ideación suicida pueden aparecer en ambas condiciones. “La fotografía se parece; la película es distinta”, resumió.
La evidencia científica respalda esta distinción. Un estudio del International Mood Network que evaluó a 260 pacientes encontró que la presencia de ánimo elevado, aumento de actividades dirigidas a objetivos y un patrón episódico de los síntomas se asocian fuertemente con el trastorno bipolar y ayudan a diferenciarlo del TPL. El modelo basado en estas tres características identificó el trastorno bipolar con una sensibilidad de 88.7 % y una especificidad de 81.4 %.
Comparten síntomas, pero no son la misma condición, añadió el psiquiatra Ángel Vega al explicar que una de las diferencias principales está en el patrón de los cambios emocionales.
En el trastorno bipolar, los cambios significativos del estado de ánimo aparecen en episodios de manía, hipomanía o depresión que duran varios días o semanas. La manía o hipomanía no consiste simplemente en cambios de ánimo, sino que incluye un aumento marcado de energía y actividad, menor necesidad de dormir, pensamiento y habla acelerados, aumento de la autoestima, impulsividad y participación en actividades de riesgo. “No es simplemente un cambio rápido de ánimo”, enfatizó Vega.
En el TPL, en cambio, la dificultad central está relacionada con la regulación de las emociones y suele acompañarse de inestabilidad en las relaciones, la autoimagen y la conducta. Las emociones pueden cambiar rápidamente, muchas veces en respuesta a situaciones interpersonales, como sentirse rechazado, abandonado o invalidado. Estos cambios suelen durar horas o hasta uno o dos días.
“Una manera sencilla de explicarlo es que el trastorno bipolar se caracteriza por episodios del estado de ánimo que aparecen sobre el funcionamiento habitual de la persona, mientras que en el borderline (TPL) existe un patrón más persistente de inestabilidad emocional e interpersonal”, aclaró.
La duración, sin embargo, no es el único elemento que se considera. Vega señaló que también es necesario evaluar qué síntomas acompañan el cambio, qué lo precipita, cómo duerme la persona, qué ocurre con su energía y cuánto cambia su funcionamiento. En su experiencia, la disminución de la necesidad de dormir es una señal particularmente importante: algunas personas pueden dormir tres horas o menos, incluso no dormir, y continuar el día con energía como si nada.
Las relaciones interpersonales también ayudan a distinguir ambos trastornos, dijo Vega. En el borderline, los cambios emocionales suelen estar vinculados a situaciones como conflictos, separaciones o la percepción de rechazo o abandono, mientras que en el bipolar los problemas en las relaciones pueden aparecer durante episodios de manía, hipomanía o depresión, pero no necesariamente explican su inicio.
Marqués profundizó en cómo esa sensibilidad puede manifestarse en el TPL. Un mensaje que no recibe respuesta, una despedida más breve o un cambio de planes pueden adquirir significados como “ya no me quiere”, “me va a abandonar” o “no soy importante”. Validar esa emoción, explicó, no significa confirmar que la interpretación sea correcta, sino reconocer que tiene sentido dentro de lo que la persona entendió que estaba ocurriendo.
Esta diferencia puede perderse cuando ambos trastornos se observan únicamente durante una crisis, ya que pueden compartir impulsividad, irritabilidad, cambios emocionales intensos, conductas de riesgo, autolesiones o ideación suicida. Por eso, Vega sostuvo que la evaluación debe mirar más allá del momento presente: “Es más importante preguntar ¿qué síntomas tiene? y ¿cómo se han comportado esos síntomas a través del tiempo?”.
Además, ambos diagnósticos pueden coexistir. Vega indicó que estudios y metaanálisis sitúan la coexistencia, en general, entre 15 % y 20 %, aunque las cifras varían. Un diagnóstico equivocado puede retrasar el tratamiento adecuado y aumentar el estigma. “Un diagnóstico correcto no es simplemente ponerle nombre a unos síntomas; es entender el historial para ofrecerle el tratamiento adecuado”, afirmó.
El tratamiento para ambos trastornos
La diferencia también tiene consecuencias en el tratamiento. Marqués explicó que, mientras los medicamentos ocupan un papel central en el manejo del trastorno bipolar, en el TPL la psicoterapia estructurada constituye el tratamiento principal. Entre los enfoques más utilizados mencionó la Terapia Dialéctica Conductual (DBT), que trabaja la desregulación emocional, las conductas suicidas, las autolesiones y las relaciones interpersonales.
En el trastorno bipolar, en cambio, la psicoterapia complementa el tratamiento farmacológico y ayuda a reconocer señales tempranas de nuevos episodios, mejorar la adherencia al tratamiento, regular el sueño, manejar el estrés y prevenir recaídas. Por eso, un diagnóstico equivocado puede desviar el abordaje: en el TPL, los medicamentos podrían convertirse en el centro del manejo mientras se deja de lado una psicoterapia especializada; mientras que en el bipolar, síntomas relacionados con episodios de manía, hipomanía o depresión podrían interpretarse como rasgos de personalidad.
Ante el aumento de contenido de salud mental en redes sociales, Vega advirtió que identificarse con un síntoma no equivale a cumplir los criterios de un trastorno. El diagnóstico requiere evaluar cuándo comenzaron los síntomas, cuánto duran, qué los desencadena, cómo afectan el funcionamiento y cuál ha sido el patrón de la persona a través del tiempo. Su recomendación es utilizar la preocupación como punto de partida para buscar una evaluación profesional, no como una conclusión.
En este marco, Marqués también advirtió: “¡Cuidado con los ‘psicoinfluencers’!”. Identificarse con un síntoma no equivale a cumplir los criterios de un trastorno, recordó. “El diagnóstico necesita ver la película completa”, afirmó.
La pregunta, concluyó Marqués, no es solamente cuánto cambia el ánimo, sino “cómo cambia, cuánto dura, qué lo dispara, qué otros síntomas aparecen al mismo tiempo y quién es esa persona entre un cambio y otro”.






