En el debate largo y tendido sobre la educación sexual, incluimos recientemente la firma de la Ley 89-2025 que enmienda el artículo 11.01 de la Ley 85-2018, según enmendada, conocida como la “Ley de Reforma Educativa de Puerto Rico”. La esencia de esta ley es que el derecho de los padres, las madres y los tutores (as) a dirigir la educación de sus hijos e hijas no puede ser usurpado por el Estado. 

Ciertos sectores de la sociedad afirman que los padres, las madres y los tutores (as) deben ser los únicos responsables de hablar de sexualidad con sus hijos e hijas, relegando o incluso eliminando su abordaje en los espacios escolares.

Aunque se reconoce y valora el rol insustituible de las familias en la formación de valores, afectos y actitudes, esta postura omite una realidad contundente: muchas personas encargadas de la crianza no cuentan con una preparación competente, integral ni actualizada sobre sexualidad humana, lo cual limita su capacidad para responder de manera pertinente, libre de estigmas y con información precisa a las inquietudes genuinas que enfrentan niños y niñas y adolescentes en la actualidad. 

No se pretende desacreditar el papel de las familias, sino evidenciar, desde una perspectiva constructiva, por qué la educación sexual es una necesidad psicosocial, preventiva y formativa. Aunque se entiende el propósito que se busca sustentar con la Ley, no se comprende cómo en lo sustantivo, esta Ley va a favorecer la prevención de la violencia sexual, violencia doméstica, la prevención de embarazo en adolescentes, el abuso y agresión sexual, la discriminación sexual, la prevención de la infecciones de transmisión sexual, etc

Así pues, a continuación se presentan una serie de preguntas que revelan los vacíos, limitaciones y desafíos que podrían enfrentar las familias al momento de abordar la sexualidad humana sin una preparación competente. Estas preguntas no son hipotéticas: son auténticas expresiones de quienes buscan comprender la naturaleza de la sexualidad humana.

Ante ellas, el silencio o la respuesta errada puede tener consecuencias profundas. Estas interrogantes, que emergen desde la vivencia cotidiana, requieren respuestas respetuosas, contextualizadas, libres de juicios morales y fundamentadas en evidencia científica.

Además, estas inquietudes no están relacionadas necesariamente a filosofías de vida, religiosas, culturales o morales; simplemente deben de ser contestaciones científicas de lo que debe ser la naturaleza del comportamiento sexual humano.

Los padres, las madres y los tutores (as) deberán estar preparados para contestar las siguientes preguntas (desde las más elementales para niños y niñas hasta las más avanzadas para adolescentes): ¿cuál es la diferencia entre sexo, sexualidad, sensualidad, erotismo y género?, ¿de dónde vienen los bebés?, ¿qué es el sexo y qué significa hacer el amor?, ¿por qué mi cuerpo se ve diferente al de mi hermana o mi hermano?, ¿por qué me gusta tocarme ahí abajo?, ¿por qué mis padres se besan o se encierran en el cuarto?, ¿qué es eso que le cuelga al niño o por qué yo no lo tengo? y ¿por qué lo tengo duro si no quiero hacer pipí?

Otras preguntas para las que deben estar preparados son: ¿por qué tengo que taparme cuando me baño si antes no era así?, ¿por qué a veces siento cosquillitas o me da calor en mis partecitas?, ¿qué es la menarquia y la menstruación?, ¿cuál es la diferencia de la esmegma y la esperma?, ¿por qué tengo tantos labios o carne abajo, para qué es eso?, ¿por qué a veces tengo sueños raros y me mojo mucho?, ¿qué debo hacer si me enviaron una foto desnuda sin yo pedirla?, ¿cómo me afecta la pornografía? y ¿qué hago si me tocan sin mi permiso o me siento incómodo con un adulto?

De la misma forma deben poder contestar: ¿qué es una violación o un abuso, me puede pasar a mí?, ¿por qué mi cuerpo se siente excitado, aunque no quiera tener relaciones sexuales?, ¿puedo tener una vida sexual activa aunque tenga una discapacidad?, ¿es posible disfrutar de la sexualidad sin llegar a la penetración?, ¿por qué me siento triste después de tener relaciones sexuales si fue consensuado?, ¿qué derechos tengo si quiero negarme a una práctica sexual, aunque esté en una relación estable? y ¿por qué no tengo ganas de tener sexualidad si todo el mundo habla de eso?

Además, los hijos e hijas pueden preguntar: ¿por qué algunas personas sienten placer con cosas que a otros les parecen raras?, ¿por qué algunas personas no tienen deseo sexual aunque se sienten bien con su pareja?, ¿cómo sé si estoy listo o lista para tener relaciones sexuales? y ¿las relaciones sexuales duelen la primera vez y qué puedo hacer para que no me duela?

Otras interrogantes pueden ser: ¿si tengo sexo oral puedo quedar embarazada?, ¿qué pasa si soy una persona que vive con VIH, puedo tener una vida afectiva y sexual normal?, ¿qué es el consentimiento y cómo lo reconozco en una relación?, ¿qué hago si quiero tener relaciones sexuales pero no quiero usar condón?, ¿qué pasa si tengo una fantasía sexual que me parece extraña, estoy enfermo o enferma?, ¿cómo puedo saber si tengo una infección de transmisión sexual y a quién se lo digo?, ¿si alguien me forzó, pero no me golpeó, fue violación? y ¿por qué no siento atracción por nadie?

¿La educación sexual debe limitarse exclusivamente al hogar?

Después de leer y reflexionar sobre las preguntas que niñas, niños y adolescentes suelen formular en relación con la sexualidad humana, es válido plantearse con honestidad: ¿pudo usted, como madre, padre o encargado(a), contestarlas todas con seguridad, claridad, evidencia y sin prejuicio?, ¿pudo ofrecer respuestas acordes con la etapa del desarrollo, basadas en el respeto y la afectividad?, ¿se sintió incómodo(a), desorientado(a) o inseguro(a)?

Si sus respuestas fueron dudosas, si en algún momento sintió que no tenía las herramientas adecuadas para guiar esas inquietudes, entonces, ha quedado evidenciado por qué la educación sexual no puede limitarse exclusivamente al hogar. No se trata de desplazar a las familias, sino de acompañarlas. 

Estas preguntas son tragaluces al mundo íntimo, emocional, evolutivo y psicosexual de los infantes, niños y niñas y adolescentes. Cada una de ellas representa una necesidad de conocer, comprender, de validarse, de protegerse, de aprender a amar y de prepararse para la vida en una sociedad violenta e injusta. Cuando estas preguntas encuentran una respuesta evasiva, ignorante o distorsionada en la familia, el vacío lo llena internet, la pornografía, la presión social, el abuso sexual, la sexualidad prematura o el silencio doloroso.

Cada pregunta que los menores formulan es una oportunidad para educar con amor, ciencia, claridad y protección. Cuando las personas no están preparadas, estas oportunidades se transforman en silencios, distorsiones y en algunas ocasiones en traumas. Una educación sexual escolar, profesional, científica y afectiva no reemplaza a los padres ni a las madres, sino que los acompaña, los fortalece y los respalda. Su ausencia, en cambio, deja a la niñez y a la juventud a merced de la desinformación, el riesgo y la vulnerabilidad.

Si usted respalda leyes que pretenden eliminar la educación sexual de las escuelas y si ha quedado en evidencia que no puede contestar estas preguntas fundamentales, entonces, ha llegado el momento de asumir con seriedad su responsabilidad educativa y comenzar a buscar las contestaciones correctas, respaldadas por profesionales de la sexología, por literatura científica y por programas de formación adecuados.

La sexualidad humana no se improvisa, ni se transmite únicamente con buena intención. Se enseña, se construye, se acompaña y se respalda con conocimiento. Negarle ese derecho a niños, niñas y adolescentes es negarle herramientas para su cuidado, para su dignidad, para su salud y para su felicidad. Las personas que legislan, forman opiniones sociales o crían nuevas generaciones, deben actuar no desde el miedo, sino desde la ciencia, la compasión y el compromiso con el desarrollo humano integral. La educación sexual no es el problema, es parte de la solución.

*El autor es rector en el Instituto Sexológico Educativo y Psicológico de Puerto Rico y sexólogo forense.