Perder a un ser querido probablemente es uno de los eventos más dolorosos que puede experimentar un ser humano. Durante esos primeros días, nos sobran las muestras de afecto de amistades, vecinos y conocidos. Pero ¿qué ocurre cuando perdemos una mascota?

Perder una mascota, o animal de compañía, en ocasiones puede llegar a ser igual o más doloroso que perder un familiar, una pareja, un amigo, etcétera. Se experimenta un proceso de duelo igual o más intenso, acompañado de todas sus etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. ¿A qué se debe esto? Nuestras mascotas representan una relación única de amor e incondicionalidad y perderla es significativo. Además, cuando las personas pierden mascotas muchas veces viven el duelo y el dolor, en silencio y sin apoyo. 

Hoy día tenemos más apertura en hablar de la relación tan especial que se forma con una mascota. Lo esencial que son en la vida de quienes la experimentan y el valor inigualable que tienen en la familia. Desde considerarlos parte del núcleo familiar, llamarles hijo, nieto, bebé, entre otros.

Algunas investigaciones hechas en Puerto Rico sustentan y validan esa relación. Son muchas las vivencias compartidas y la interacción diaria, que al perderla y ya no estar con nosotros deja una huella y un dolor inexplicable. 

Todavía podemos escuchar personas juzgar abiertamente la relación de alguien con su mascota (aún viva), ni se diga qué será si pasamos un duelo por ellas. Y es que, el perder una mascota puede ser muy doloroso y solitario. No porque nos avergonzamos de perder grandes amigos, sino porque seremos invalidados en nuestro amor y dolor.

Muchas personas que viven este suceso traumático pueden experimentar síntomas de depresión, ansiedad, estrés, entre otros. Personas que se les hará difícil regresar a sus trabajos, sobre todo si esos espacios no entienden por qué se llora y sufre tanto si “es solo un perro/gato”. Nos encontraremos con familiares, amigos y vecinos que no entienden por qué cuesta tanto trabajo salir de la cama y continuar con la rutina diaria. Parejas que pretenden solucionar la situación “regalando” otra mascota como sustitución del que acaba de fallecer. 

No los culpo, pues vivimos en una sociedad donde la desinformación juega un rol fundamental en estos procesos. Donde esta falta de información y falta de educación lleva a miles de personas a callar su dolor y a sentir que no es “normal” el sufrir por la muerte de una mascota, de ese ser tan querido, de esa fiel compañía que por tanto tiempo nos brindó bienestar y seguridad. En donde muchos expresan: “Mejor callo, porque si digo que aún escucho a mi perro y lo siento a mi lado, dirán que estoy loco”. 

Experimentar el duelo en silencio nos consume. El duelo solo se sana si se puede compartir. El dolor nunca se debe cargar solo y sin el apoyo del colectivo. Resulta poco saludable el ignorar y no reconocer este proceso de pérdida como se debe; un proceso de duelo tan valioso como cualquier otro. El sentirse triste y no saber cómo continuar es parte de esas etapas de duelo que se experimentan al perder una mascota. Y nos parece fundamental comenzar a crear espacios que se valide y legitimase.  

En Puerto Rico muchos hogares han tenido y tienen mascotas, según el estudio Interaction and Emotional Connection with Pets: A Descriptive Analysis from Puerto Rico. Así que existe una comunidad que sufre en silencio y que necesita tener recursos disponibles a su alcance para manejar su perdida y poder compartirla.

Personas que necesitan ser escuchadas y validadas acerca de este tema. Nos toca como sociedad desaprender términos como “es solo una mascota” y aprender otros como “lo siento mucho, estoy aquí para lo que necesites”.

Si conoces a alguien que haya experimentado la perdida de una mascota exhórtale a que busque ayude, a que desahogue su dolor. En Puerto Rico existen grupos de apoyo y especialistas de salud mental capacitados en el tema y dispuestos en ayudar y acompañar en este proceso tan doloroso (duelopormascota@gmail.com).

Al callar nuestro dolor le negamos lo más valioso que nos han dado, su amor que es su legado. Sin embargo, para poder reconocerlo tenemos que primero manejar y procesar el vacío que nos dejan. No estás solo. Vamos a acompañarnos. 

*La autora Úrsula Aragunde Kohl es profesora e investigadora en la Universidad Ana G Méndez. *La autora Ivemarie Hernández Rivera es psicóloga y estudiante Doctoral de la Universidad Ana G Méndez.