La palabra pobreza provoca grandes emociones y muchas preguntas. Es un problema complejo con muchos aspectos, caras y causas. Se define como una situación social y económica que se caracteriza por la carencia marcada de las necesidades básicas. Por lo general, se consideran pobres aquellas personas que tienen un ingreso insuficiente para comprar comida, techo, ropa y otros artículos esenciales. 

Sin embargo, la pobreza es mucho más que no tener suficiente dinero. La pobreza tiene muchos costos emocionales. Por ejemplo, la pobreza también es no poder participar de actividades recreativas, no poder enviar a nuestros hijos al cumpleaños de su amigo o a la excursión de la escuela. La pobreza contribuye al  estrés de no tener la ropa adecuada para ir a una entrevista o para asistir a un día casual/sin uniforme a la escuela; a la angustia de no tener acceso a una buena educación o no poder pagar las medicinas o ir al médico cuando estamos enfermos. 

La pobreza implica una serie de factores de riesgo que afectan negativamente a las familias que viven con bajos ingresos o con falta de necesidades básicas. Los factores principales de riesgo  son:

  • Estresores agudos y crónicos

El estrés es un sentimiento de tensión física o emocional que puede ser causado por cualquier situación o pensamiento que nos haga sentir  frustrados, furiosos o nerviosos. Sin duda, las demandas del diario vivir generan estrés para todos, pero las familias de bajos ingresos tienen mucho más. Ellos viven en constante estrés porque están enfocados en la sobrevivencia del día a día. La pobreza puede causar estresores por la inseguridad con los alimentos, la vivienda, la educación, acceso a servicios médicos,  los ingresos y más.

Crecer en la pobreza expone a los niños a mayores niveles de estrés. Los adultos que crecieron pobres por lo general tienen niveles más altos de estrés crónico. Vivir bajo la constante amenaza de no tener acceso a la necesidades básicas puede hacer que las personas pierdan la confianza, se sientan impotentes, desarrollen inseguridades y tengan dificultad regulando y controlando sus emociones. 

  • Retrasos cognitivos

Los primeros cinco años de vida son el período más sensible para las influencias perjudiciales de la escasez económica. Los efectos dañinos de la pobreza interfieren con el desarrollo cognitivo de los niños pequeños y en muchos casos puede causar alteraciones en patrones de actividad cerebral. Estos niños, por lo general, tienen menos oportunidades de enriquecimiento cognitivo porque tienen menos libros en casa y  menos oportunidades para participar en actividades que fortalecen su desarrollo.

Cuando un niño crece en la pobreza se encuentra en mayor riesgo de desarrollar deficiencias en las siguientes áreas: atención, lenguaje, memoria, destrezas sociales y el funcionamiento ejecutivo (e.j, planificación, organización y toma de decisiones). Muchas de estas áreas son necesarias para alcanzar nuestro potencial de éxito económico. Por lo tanto, la experiencia de la pobreza pone a estos niños en desventaja cognitiva y podría impedir romper el  ciclo de la pobreza.

  • Problemas de salud 

La pobreza y la mala salud son fenómenos interrelacionados. La pobreza es tanto una causa como una consecuencia de la mala salud.  Por un lado, la pobreza aumenta las posibilidades de mala salud. La mala salud, a su vez, atrapa a las comunidades en la pobreza.

En los hogares más pobres, los alimentos absorben una parte importante de sus gastos, por lo que el aumento en los precios se convierte en una amenaza a la seguridad alimentaria. Muchas veces sólo alcanza para lo necesario, pero estos alimentos no siempre son más nutritivos para el crecimiento y desarrollo saludable.

El estrés causado por la pobreza puede provocar respuestas fisiológicas, tales como la presión arterial alta y niveles altos de cortisol, la hormona del estrés. Los niveles altos de cortisol se asocian con niveles elevados de azúcar en la sangre, presión arterial alta, dolor de espalda, adelgazamiento de los huesos, obesidad, insomnio, ansiedad y fatiga.

Las familias que viven en la pobreza experimentan varias barreras para recibir tratamiento y acceder a servicios de salud. También es posible que las personas pobres y vulnerables tengan que tomar decisiones difíciles, poniendo en riesgo su salud a sabiendas porque no pueden ver a sus hijos pasar hambre, por ejemplo.

  • Desafíos emocionales y sociales

La pobreza afecta la salud mental a través de una serie de mecanismos sociales y biológicos que impactan a individuos, familias, comunidades y países. La salud mental está determinada por características (incluidas las desigualdades) de los entornos sociales, económicos y físicos en los cuales  vive la gente.

La experiencia de la pobreza influye significativamente en la forma en que pensamos, sentimos y actuamos. Muchas veces las acciones y pensamientos provienen de un lugar de carencia. Por ejemplo, las personas que viven en la pobreza pueden desarrollar la “mentalidad de escasez”. La mentalidad de escasez es la creencia de que nunca habrá suficiente, ya sea dinero, comida, emociones o algo completamente diferente. 

Muchas veces este miedo nos hace aferrarnos a todo lo que tenemos por temor a quedarnos cortos. En otras ocasiones ese miedo puede causar que estemos constantemente enfocados en mantener lo que tenemos y no buscamos nuevas oportunidades. La mentalidad de escasez se enfoca en resolver la necesidad inmediata, lo cual interfiere con la planificación a largo plazo. Cuando tenemos esta mentalidad puede que nos sintamos que no somos merecedores de la riqueza y el éxito. Todas estas creencias y conductas  pueden contribuir a que se perpetúe el ciclo de la pobreza.

La pobreza aumenta el riesgo de enfermedades mentales como la depresión, ansiedad y adicción a sustancias. La pobreza puede actuar tanto como un factor causal (por ejemplo, el estrés que resulta de la pobreza puede desencadenar la depresión) y una consecuencia de una enfermedad mental (por ejemplo, síntomas esquizofrénicos que conducen a una disminución del estado socioeconómico y la perspectiva de la realidad).

Pequeñas acciones, grandes soluciones

La pobreza es un problema social complejo y es un tema que requiere la atención de todos. Comprender los efectos psicológicos (y neurofisiológicos) de la pobreza es un paso crucial para garantizar la efectividad de las iniciativas de reducción de la pobreza.  Las intervenciones en la infancia pueden ser bastante potentes para reducir el impacto de la pobreza.

Puerto Rico es uno de los lugares con mayor desigualdad económica. La devastación causada por los huracanes Irma y María destaparon la realidad que viven muchas familias. Todos los desastres y las crisis que han ocurrido en los últimos años (huracanes, terremotos y pandemia) han causado que las comunidades estén bajo mayores niveles de pobreza y de estrés crónico. La exposición prolongada a la pobreza y el estrés acumulativo ha puesto en riesgo la salud física y mental de los niños y los adultos.

La pobreza es una situación de la que todos quieren escapar.  Nadie quiere ser pobre. Para reducir la pobreza se requiere la participación de todos en la sociedad. Por lo tanto, la pobreza es un llamado a la acción. Todos tenemos una responsabilidad y podemos hacer algo para reducir la pobreza en nuestras comunidades.

Desde acciones a nivel individual, como combatir el estereotipo de los pobres (e.j poca inteligencia, vagos, perezosos, irresponsables, sin visión o voluntad) y evitar las comparaciones hasta crear cambios a nivel sistémico para reasignar recursos y desarrollar oportunidades para que todos tengan una voz en sus comunidades, suficiente para comer, protección contra la violencia, vivienda adecuada y acceso a la educación y la salud.

*La autora es psicóloga clínica especializada en niños y familia.