Las niñas tienen derecho a jugar. Tienen derecho a jugar libres y sin miedo. No importa quién sea su mamá. No importa dónde estén ni qué ropa lleven puesta. Las niñas tienen derecho a ser felices.

La sexualización de la imagen de una niña jugando, sonriendo, siendo feliz, no puede tener espacio. La sexualización de una niña no puede tener espacio en la televisión ni puede tener espacio en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestros trabajos, en las iglesias ni en las escuelas. No puede tener espacio. Punto.

Hace unos años, el programa de Antulio “Kobbo” Santarrosa no sobrevivió el mar de indignación que suscitaron los comentarios del titiritero en voz de su personaje de “La Comay” sobre el publicista José Enrique Gómez Saladín. Para quienes tienen memoria corta, vale recordar al hombre que fue secuestrado y asesinado en noviembre de 2012 y cómo Santarrosa sugirió que Gómez Saladín se había buscado su propio asesinato.

En ese momento, muchos entendieron que no importa la hora, no importa el lugar, no va uno por la vida buscando que alguien le haga daño, y que la justificación de un asesinato no tenía espacio en la televisión. A aquel ataque contra la memoria de una víctima, le antecedía todo un historial de homofobia, misoginia y racismo que Santarrosa vomitaba de lunes a viernes en televisión nacional, en prime time. La presión del público lo canceló.

Cuando se trata de las niñas y las mujeres, parece mucho más complicado comprender que no importa la hora, el lugar ni en qué circunstancias está, no merece ninguna una violación, una agresión; no se busca una que la maten. Culpable es quien viola, quien mata, quien daña. Asimismo, foto o vídeo, público o privado, con las piernas abiertas o cerradas, no es nunca la sexualización de una niña aceptable. Nunca.

Aún así, el patriarcado que les exige a las niñas y a las mujeres un comportamiento de recato extremo se planta en el medio del análisis de cualquier situación para hacerlas culpables de cualquier vejación que hayan sufrido. Así ha ocurrido con este atentado contra la dignidad humana que se ha difundido desde MegaTV y rebotado desde el viernes en las redes sociales, en el que el titiritero Santarrosa ha utilizado la imagen de una niña, la hija de la candidata a la gobernación Alexandra Lúgaro para continuar vomitando su odio y su misoginia. Los comentarios que evaden responsabilizar al titiritero y se lanzan contra Lúgaro vuelven a poner la culpa donde no va. Vuelven a justificar la violencia contra las niñas y las mujeres.

Lo hemos visto muchas veces

Lo vimos antes muchas veces. El día que un hombre asesinó en Ponce a los hijos que su exesposa había dejado a su cargo mientras ella viajaba por razones de trabajo, solo para hacerle daño a ella, -porque matar a los hijos de una mujer también es una forma de matarla-, como ocurrió en noviembre de 2016, la culpa se la echaron a ella por haber confiado.

Cuando un hombre, en marzo de 2019, en Cabo Rojo, le echó gasolina y prendió en fuego a la adolescente a la que llamaba su novia, a pesar de ser él un adulto y ella una menor de edad, la culpa se la achacaron a la mamá de la niña por supuestamente haber permitido la relación.

Y el día en que la Policía informó de la violación de una mujer por parte de cinco hombres en Añasco, como pasó el 9 de agosto de este año, la culpa la impusieron a la víctima por confiar, por estar sola y tarde en aquel lugar.

En el patriarcado, las mujeres siempre tienen la culpa. Siempre tienen la culpa porque se ha normalizado que los hombres son violentos y agresores por naturaleza, y cuando eso, que no es cierto, se acepta, son las mujeres las que tienen que cuidarse y no los hombres los que tienen que cambiar.

Por eso, el “cierra piernas”, “las niñas no juegan de mano”, “tu hermano puede porque es varón”, “mírala como andaba vestida”, “no te quiero con ese escote” son cosas que solo les dicen a las niñas y a las mujeres.

El patriarcado nos quiere pitonisas, adivinando cualquier mala intención oculta para que tengamos que protegernos. El patriarcado nos quiere desconfiadas, viviendo con miedo eternamente, dudando de cada hombre que se nos aparece en el camino, así sea nuestro novio, nuestro esposo, nuestro padre, nuestro mejor amigo. El patriarcado nos quiere culpables. Siempre.

¿Es que no se dan cuenta de que cada vez que quieren vestirse de jueces, asumir el rol de personaje de investigador y fiscal, terminan enjuiciando a quien no tiene la culpa y justificando a la persona que con sus manos mató, que con sus acciones hirió o que con sus palabras hizo daño?

Y así, el día que un hombre con dinero y todo el poder que le confiere un espacio televisivo, una audiencia fiel y una lista de anunciantes sin vergüenza y sin compromiso social, utiliza a una niña para hacerle daño a su mamá y a su compañero, el candidato a la alcaldía de San Juan por el Movimiento Victoria Ciudadana, Manuel Natal, la culpa parece huir de quien la tiene. La culpa, dicen, la tiene la madre por haber publicado la imagen, por “haberlo permitido”, “por no haberla protegido”.

¿Es que no se dan cuenta de lo que están diciendo? La pregunta realmente es, ¿por qué hay espacio en la televisión para una persona de la que hay que protegerse?

¿Es que tan dispuestos están a tolerar la sexualización de una niña en televisión que necesitan inventarse y rebuscar fallas subjetivas de su madre como candidata política, como mujer y como mamá?

En verdad, hay que quitarse la sotana de la falsa moralidad que impide ver con claridad lo que más claro no puede estar, violador es quien viola, feminicida es quien mata y agresor y pedófilo quien es capaz de sexualizar el cuerpo de una niña.

La candidata a la gobernación Alexandra Lúgaro no necesita defensa. Ella es muy capaz de defenderse y lo ha hecho. Pero es la solidaridad, esa que se ofrece aunque no se necesite, y la empatía, la capacidad de sentir y entender las ofensas que se cometen contra otras personas, la esperanza que podemos tener en un futuro de oportunidades, justicia y equidad. Cuando se utiliza y se daña a una niña, a un niño, se le arrebatan oportunidades para ser felices. Si no pueden ser felices, ¿qué otra cosas podemos ofrecerles?

Las niñas tienen derecho a ser felices. No hay justificación para que no lo puedan ser. Nos toca al resto de las personas hacer lo que sea necesario para protegerles ese derecho.

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