Los padrastros o madrastras que deciden adoptar a los hijos del uno u el otro son reconocidos como padres adoptantes. Ciertamente, el proceso de adopción apela a los sentimientos y emociones tanto de los hijos como de quienes van a adoptar. 

La adopción por parte de madrastras o padrastros consiste en que el cónyuge de la madre o padre biológico adopta legalmente a su hijastro o hijastra, ya sea por el fallecimiento de su progenitor o porque este último cede o pierde sus derechos legales sobre su hijo/a. 

Si ocurre de esta manera, la madrastra o padrastro se convierten en padres adoptivos. La doctora, Naylú Martínez, trabajadora social clínica y psicoterapeuta familiar, explicó que también existen casos donde no existe ninguna relación previa, biológica ni parental, con el menor, y los padres adoptivos llevan a cabo el proceso de adopción.

“Independientemente de la vía por la cual hayan llegado a la vida de estos menores, se convierten legalmente en sus padres, y así debe ser la connotación emocional, la empatía, el respeto, el amor y el compromiso que debe prevalecer en ese vínculo emocional”, mencionó Martínez.

En un escenario ideal es recomendable que se reciba asistencia psicoeducativa previa a realizar estos procesos, según la especialista.

Primero porque un hijo no debería ser adoptado para que venga a llenar vacíos emocionales previos, porque no se pudo tener hijos, porque previamente un hijo murió, o por satisfacer un  ego personal. El amor no siempre alcanza para hacer frente a algunas situaciones que enfrentan las familias adoptivas, y se hace necesario buscar ayuda profesional especializada”, recalcó.

Según Martínez, resulta difícil cuando el niño es más grande o está en la etapa de adolescencia, pues ya puede diferenciar sentimientos y sensación de abandono, de soledad  y aferrarse al único vínculo emocional que le brinde seguridad y comprensión.

Esto porque puede que no siempre el entorno en el que han crecido haya sido adecuado para satisfacer las necesidades de su desarrollo.

“Su paso por instituciones, u hogares de cuidado temporero sustituto masificados, cambiantes y con escasos recursos, pueden haber dejado secuelas tanto en su salud física como psíquica actual”, explicó Martínez.

La doctora mencionó, como ejemplo, el caso de una paciente joven que reside en un hogar de salud mental, la cual fue una hija adoptiva y relataba que la madre adoptante siempre solía indicarle que “esa no era su habitación, que era una habitación prestada”. 

Martínez mencionó que cuando son los adolescentes los de la iniciativa de ser adoptados, se debe ser aún más cautelosos, pues con éstos el vínculo de apego emocional es diferente. 

Ya los adolescentes tienen consciencia de algunos procesos, razonan y saben establecer diferencias, comparaciones, pueden observar en qué hogar se sienten más protegidos y seguros”, agregó. 

La especialista destacó que para los hijos adoptivos la adolescencia es una etapa de conflictos. “Conflictos propios de la edad y conflictos por su condición de adoptados”, explicó.

Aspectos psicoemocionales a tomar en consideración

Los aspectos psicoemocionales más comunes, de acuerdo con la doctora, son depresión, ansiedad, baja autoestima, casos de jóvenes con trastornos oposicionales desafiantes y  mal manejo de frustración. 

Un ejemplo evidente de ello son las experiencias de aquellos niños que han visto interrumpida la relación afectiva con su familia de origen, que han vivido en instituciones de protección o en familias de cuidado sustituto. 

De acuerdo con Martínez, estos necesitan integrarse en el seno de una familia estable, preparada, segura emocionalmente y capaz de superar mayores dificultades que las habituales en la crianza de un niño.

“Un grupo familiar estable que les ayude a reparar las secuelas físicas, si existe (retraso en el crecimiento, raquitismo, malnutrición, etc.); sus heridas emocionales (un poco más complejas de sanar que las físicas); y cognitivos (por la escasa estimulación recibida, la falta de experiencias previas de aprendizaje sistematizado, etc.)”, señaló. 

Es importante que estos niños y adolescentes cuenten con una familia que sea capaz de ayudarles a reconciliarse con su propio pasado, con su historia y con sus orígenes, según la doctora. 

Asimismo, es esencial que presten especial atención a su diversidad genética, diversidad cultural, diversidad étnica, diversidad de lenguas y diversidad en sus procesos de vida, que hacen necesaria una respuesta social y educativa que tenga en cuenta su historia personal.

El hecho de que una familia se haya preparado y les apoyen en la construcción de su identidad e “identidad doble”– la cual proviene tanto de su familia de origen como de su familia adoptiva y necesita ser recreada y asumida con un adecuado proceso de reconciliación de sus orígenes-, puede ser de mucho beneficio para su salud emocional, puntualizó Martínez.