(Foto: Migdalia Barens / Hair & Makeup: Didi Saldaña)

#2 crónicas cotidianas en tiempos de pandemia 

Hace muchos años una amiga me decía que para ella el infierno de Dante era una habitación con luz cenital blanca y un villancico navideño en loop en la voz de Silverio Pérez. Ella odiaba con fervor la Navidad y todo lo que ella implica los adornos, los regalos, el color rojo, todo. 

Tampoco era fanática de los días de las Madres, San Valentín…. Uff, la gente con globos rojos y camisetas le horrorizaban. Y los peluches de ositos la convertían en una “asesina en serie”. No la juzgo, es más hasta la puedo entender. Hay veces que tanto consumerismo vacuo, vacío y tanta alegría obligada es una carga pesada de sobrellevar. 

Cuando mis neurotransmisores no estaban balanceados ni funcionando, y caía en el abismo inconmensurable de la depresión crónica bipolar, que es tan y tan peligrosa (muchos de los suicidios son por gente bipolar), las fiestas se me hacían un suero de brea. 

Como no me olían ni la azucenas tampoco podía oler el pino de Navidad. Cuando uno transita en esos senderos sinuosos de la ansiedad y depresión crónica, ni el Coquito te sabe, ni el cuero de lechón te seduce, ni el cuatro y las maracas suenan, ni puedes ver las lucecitas de colores. 

[Paréntesis líquido]

AMO las lucecitas de colores y vivo, literal, entre ellas. Entré a una ferretería en Berlín y me llevé leds para cubrir todo mi apartamento. Por ahora los leds están en mi balcón todo el tiempo (no gastan electricidad) entreteniendo mis horas con el cambia-cambia de luces. También en mi balcón citadino hay un columpio de madera a la medida y lucecitas en el techo de Navidad. Pero, son las luces en forma de lágrima vintage las que poníamos en la casita  de mi infancia en el campito de Cupey Alto. Esas. Cuando era más pequeña e íbamos en tribu a las parrandas navideñas y nos tumbábamos en el carro, las lucecitas de colores en las casas que veía desde la ventana del carro paterno. Se me hacían todas una sábana inmensa, de esas que tenían las abuelas en sus camas y que olían a limpio siempre. Los colores encendidos me espantaban las pesadillas infantiles y me sentía protegida. Ahora pondré en la cocina de mi hogar una cascada de lucecitas blancas como lágrimas alegres. 

[Cierro paréntesis]

No está fácil ser feliz para muchas personas en la Navidad boricua. Y puntualizo la Navidad BORICUA para beneficio de las pupilas de otros países. La Navidad boricua es el Carnaval en Brasil, Venecia o Tenerife, son Las Fallas de Valencia, la celebración de la Toma de la Bastilla en Francia y la llegada del Nuevo Año para las personas en el Malecón de Santo Domingo. La Navidad nuestra es tan barroca como las descripciones de Alejo Carpentier, el escritor cubano en el Siglo de las Luces.

Que si ordenar los pasteles y ayacas, que si hacer Coquito para meter en botellas y regalar, que si ver si el pitorro (es como la grappa italiana el pitorro) está curado. Que si buscar las pascuas para regalar y adornar la casa, que si pintar la casa para los que llegan de la diáspora, que si poner el cubre tapa del inodoro con borlas y Santa Claus, la alfombra y la cortina de baño a juego. Que si no consigo las batitas de algodón para la abuela y bisabuela, que si no llegan los árboles de Navidad naturales, que si el coco que hay que guayar para el tembleque, que si hay que desgranar gandules, que si me dices dónde coño conseguistes esas morcillas divinas,que si los paquetes con toda nuestra galaxia gastronómica boricua para mandar por correo. 

No no está fácil ser feliz en la Navidad cuando tienes mega ultra jodida el alma.

Se nos hace difícil como sociedad aceptar que el ser humano no siempre está como una “pascua en diciembre”. La felicidad perpetua no existe, como tampoco existe una pastilla milagrosa que te saque del precipicio neuronal instantáneamente. La tristeza y el miedo y la rabia y el nerviosismo son parte de la vida. No somos lineales, la vida es como las olas, como el viento en todas sus versiones (vientos huracanados, vientos caricias, vientos mojados, vientos) como las fluctuaciones de los ríos, las crecidas, las sequías. Nada es estático en el Universo. El Universo está en constante expansión nos dicen las astrofísicos (pongo LAS a propósito porque la mayoría de las astrofísicas actuales son mujeres). Yes!! Entonces, ¿por qué nosotros los terrícolas le tenemos miedo a los cambios emocionales? ¿Por qué se nos hace tan difícil asumir que la tristeza y la melancolía son también estados de ánimo que nos enseñan muchas cosas?

Las emociones no son eternas, cambian. No nos enseñan a manejar nuestras emociones, así como no nos enseñan a guiar un carro de cambios (mi madre sí me enseñó a mi ja, ja) No nos dan las herramientas. Tampoco nos enseñan que uno puede enfermarse del páncreas y cáncer como te puedes enfermar mentalmente. Si estás en una crisis de ansiedad y te dicen algo así como atrapando un mosquito: “¡Nena si tienes ansiedad piensa positivo y coge yoga!” Y tú con palpitaciones, sudor en las manos, la boca seca y un largo catálogo de síntomas. Nos da miedo sentir. ¡Qué fuerte!

O el amigo que te quiere mucho y sabes que estás depresiva y te encuentra en una fiesta a donde llegaste arrastrá y te sientes como el culo y te espeta: “Ay, Carola, viniste a la fiesta. Ves que no estás deprimida” Y tú sintiéndote horrible por dentro como en cucaracha en baile de gallinas, desarreglada, ojerosa y más seca que un esparto.

La salud mental todavía para muches, horror, es tan misterioso como el orgasmo femenino. Ser feliz no significa tener salud mental. Hitler era muy feliz con sus perros, un psicópata, un asesino en serie puede hacer mucho daño sintiéndose gorgeous.

A fuerza de cantazos he aprendido a internalizar que la salud mental estriba precisamente en el afrontar y manejar la dificultad y los vaivenes de la vida. Salud mental no es igual a felicidad eterna. ¡Horror!

Me acuerdo de la pesadilla de la Navidad de mi amiga Scrooge. Sí, es verdad, hay veces que nos enfermamos de la mente. Yo he estado muchas veces enferma mentalmente como aquel que se parte un tobillo bailando. Y además como el diabético, e hipertenso o la que tiene lupus, epilepsia o artritis reumatoidea pues yo tengo la condición de bipolaridad, por ejemplo. En el bipolar hay veces que tenemos cortocircuitos en las neuronas, nos desbalanceamos. Nos vamos a los extremos o el high más high de los highs. O el abismo más profundo de la depresión crónica. Como es una condición, tiene sus patologías. Es decir NO le digas a un bipolar, plisss: “Nena si todas somos bipolares”.

No mi vida, no, no todes somos bipolares. La bipolaridad es una condición mental en donde las emociones extremas nos pueden llevar derechito con Pateco y la Pelona Muerte. En nosotres los desbalances e intensidades son diferentes, como un chico con Asperger, quien tiene una inteligencia para los datos fuera de lo común. Sí, los bipolares somos intensos, pero a la vez creativos, afectivos y pasionales.

Mucha gente se pregunta cómo ayudar y acompañar a alguien con depresión crónica, ansiedad, ataques de pánico y cualquier otro estado mental. Como mencioné anteriormente, no nos educan para afrontar la tristeza profunda, los vaivenes neuronales, las alucinaciones, los pensamientos suicidas obsesivos, las fluctuaciones de ánimo, la etapa maníaca o depresiva de un bipolar. 

No está fácil tampoco bregar con una paciente mental. Muchas veces no nos dejamos ayudar, nos aislamos, nos callamos el dolor, mentimos que no nos pasa nada, manipulamos para no mirar de frente el problema, el cortocircuito cerebral que nos embarga. 

Lo que sí te puedo decir pupila que me lees es que lo difícil de las enfermedades mentales o condiciones es que son invisibles. Mi cáncer de seno lo podía tocar, le decía la quenepa podría, pero, ¿dónde carajete ubico la mente? En todas partes y en ninguna. Complejo. Tampoco nos educan para entender que TODES, todes podemos padecer en algún momento una situación neuronal, una crisis mental. 

Lo que sí quiero que tengan claro es que la tristeza no es lo mismo que la depresión. Mucha gente, la mayoría, usa la palabra depresión, cuando es tristeza no enfermedad. La depresión no es changuería, ni malacrianza, ni egoísmo. No se tiene a propósito. Es una enfermedad. ENFERMEDAD corille, enfermedad como el COVID-19. Una condición no es una decisión. 

Sin embargo, no importa el grado de tristeza, duelo o depresión, SI podemos acompañar y ayudar a esos afectos atribulados. Muchas veces decimos: “Le dejo su espacio, no me atrevo a llamar. No la visito porque no me gusta verla así, ya se le pasará y llamará”.

Leí los otros días por ahí que los amigues de verdad llegan a tiempo y los otres cuando tienen tiempo. Si un querer está sufriendo, se puede acompañar. Textos frecuentes, mensajes de voz, llamadas, aparecerse de sorpresa por la casa y servicarro para dejarle una sopita de calabaza, o un ramo de margaritas, invitarlo a un café de improvisto, a un paseo en carro con mascarilla incluida. Joder, insistir en estar, no hay que hacer grandes cosas sino todo lo contrario, con nano acciones cotidianas, minúsculas, pequeñas y conversaciones sencillas podemos ayudar a ese otre que sufre una pérdida, que está atravesando  una separación amorosa, una persona super adulta a la que se le aparecen todos los afectos muertos en los días festivos y un largo etcétera. 

Esta Navidad no estará fácil para mi porque mamá no está físicamente y no podré escucharla por teléfono quejándose de que no ha podido comprar los regalos de Navidad porque los centros comerciales están llenos y no encuentra estacionamiento. Sin embargo, celebro que siento profunda tristeza, pero no estoy en depresión y eso es un gran consuelo. Ya compré el arbolito y las velas con olor a pino (soy adicta). Ya puse las alfombras de Navidad a lo boricua bestial y a mucha honra. Haré como cuando mamá estaba viva físicamente y escucharé a Chuito el de Bayamón, Danny Rivera cantando el «Villancico Yaucano», Lucecita con sus aguinaldos vintages y me deleitaré con Jacobo Morales recitando el «Brindis del Bohemio en Nochevieja», para adornar mi tristeza y vestirme de esperanza otra vez para el Nuevo Año.

Gracias por leerme comunidad afectiva. Los amo. ¡Feliz Navidad!

*Carola García es actriz, locutora, profesora universitaria, madre, y sobreviviente de cáncer del seno quien vive con la condición de bipolaridad.