(Foto: Siglo Pasado)

Cuando una de las mujeres fabulosas que lidera esta revista, Omaya, me contactó para que escribiera una columna, yo sentí que de alguna manera Mamá, que acaba de fallecer, estaría sonriendo y jayada en algún lugar del Cosmos. A Mamá le encantaban mis letras, pero no de adulta, sino desde que comencé a dibujar en papel pequeñas frases. De niña escribía postales de cumpleaños, de Navidad, de agradecimiento e incluía pequeños poemas para el destinatario en cuestión y dibujos. Mi madre Lolyn coleccionaba esos pequeños homenajes inocentes y poéticos durante toda mi vida y la suya. 

 

Publicidad

[Paréntesis Líquido]

¡Wao! Se me hace tan difícil hablar de Mamá en pasado. Es muy fuerte acostumbrarse a esta pérdida tan gigante. Es como si de pronto te arrancan tu orilla, como si se destruyera de golpe ese puerto seguro y tibio, que son las arenas maternales. No está fácil y máxime en este período navideño, donde me afloran todas las carencias. Pupila que me lees, no sé si te pasa, pero a mi los días festivos muchas veces me acuerdan todo lo que no tengo: no tengo (por ahora) jevo, amor, compañía, no tengo propiedades, no tengo seguridad laboral como la mayoría de las personas del planeta. En fin,  la imagen de la mesa alargada llena de familia, como de postal, se va llenando de sillas vacías. Es la vida, lo sé, lo estoy aprendiendo a cantazos. Yo que he estado tan cerca de la muerte propia y ajena, empiezo a entender que mientras más presente tenemos la muerte, mejor vivimos.

[Cierro Paréntesis Líquido]

Escribo postales desde chiquita. Escribo versos de amor a mis amigas-hermanas, a mis amantes de papel, es decir a mis escritores favoritos, a mis novios, a mis pañuelos de carne, es decir a la humanidad que me tiré al cuerpo post divorcio. Le escribo a los hombres–mueble, los hombres-sillas de tres patas que no sirven ni para sentarse y a los hombres-papelón. En fin, escribo y escribo desde siempre. En la última separación (cada vez duelen menos), me he encontrado versos que que de primera instancia no reconocía como míos de lo bonitos que eran. No sé si te ha pasado en una resaca de año viejo, donde viras patas arriba los armarios y las gavetas y te conviertes en arqueóloga de pasados y te encuentras alguna postal o dedicatoria de un libro olvidado, o un verso en un papel arrugado y te sorprendes de tu propia belleza. Como cuando te encuentras una foto vieja y descubres lo bella que eras en esa época en que te sentías como mierda. 

En esta época de lucecitas de colores me traje de casa de Mamá las postales de tantas épocas de mi vida que con tanto amor ella coleccionaba. Las que más me conmueven son las más viejas, cuando todavía no sabía lo que eran los acentos, ni las comas, ni los puntos. 

Hoy, mi intención es buscar a esa niña mellá que ríe en los laberintos de mi yo. Quiero invitar a pasear a esa niña por un rato prolongado, para que el mundo tenga menos masa y pese menos, para volverme a sorprender por la luz del amanecer, quiero que me muestre esa niña lo divertido que es no tomarse demasiado en serio, y pedir con ella una piragua de frambuesa y anís al piragüero del Morro. Quiero sacar a pasear esa niña que bailaba cuando su Papá tocaba el piano y ella daba vueltas, cual Isadora Duncan con las pijamas de encajes de Mamá por Navidad. Quiero pasear con esa niña por el bosque de Cupey Alto y hacer otra vez casitas en los árboles. Quiero comer con ella pomarrosas hasta que me duela el estómago, jugar otra vez a ser Iris Chacón, y correr descalza por las alfombras de mangós podríos en verano. Quiero caminar con esa Carolita por las arenas blancas del Vieques de mi infancia, cuando todavía no me habían besado, ni engañado, y darle de comer a los jueyes maíz en casa de Titi Amida y Tío Güícharo en los Bravos de Boston. En este año que por fin se acaba, quiero invitar a esa niña con un lunar en la puntita de la nariz, ese lunar que me tuvieron que operar porque podía ser canceroso. ¡Horror! Quiero que la Carola con el lunarcito me contagie con su sonrisa celeste para afrontar mi primera Navidad sin el calor de la sonrisa materna. Te amo, Mamá, te amo, y para tu felicidad, seguiré escribiendo. Gracias por leerme pupilas, les amo. ¡Feliz Navidad!

*Carola García es actriz, locutora, profesora universitaria, madre, y sobreviviente de cáncer del seno quien vive con la condición de bipolaridad y escribe semanalmente la columna Encarne… ¡Viva!.