(Foto: Larry González)

Escribo estas letras tratando de domesticar unas uñas largas puntiagudas que me puse para un personaje que haré en una peli. Mi personaje es una bartender gótica, andrógena y motociclista del oeste de Puerto Rico pero con uñas tipo Rosalía o mi hija Cecilia. Están de moda las uñas, con diseñitos, piedritas son unas artistas esas muchachas que las ponen. Para mi son unas titanas las mujeres que hacen todas las tareas cotidianas con ellas. 

 

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Yo ya abrí una botella de Cava Sutra con ellas, descorché una de vino, son procedimientos distintos, y ya puedo limpiarme los bajos sin accidentes. Ahora también puedo cerrarme los botones, textear en el celular, y ponerme crema… escribir en la compu me tiene por la calle de la amargura. Lo lograré, cosas de actriz embelequera.

[Paréntesis Líquido]

El embeleco me habita desde muy pequeña. Escribo esto escuchando a John Coltrane en su magnífica canción Blue Train, ¡que Mostrenco es el Coltrane condenao!. Siempre he sido embelequera. En mi adolescencia podía cambiarme de ropa siete veces al día y tan tranquila, con peinados diferentes incluídos. 

Mi Madre se volvía loca con mis cambios de ropa (trajes, ropa de aeróbicos, mamelucos) que le alteraban los días pues confundía las tardes con las mañanas, los domingos con los lunes. En el fondo se divertía conmigo y mis hormonas alborotás. 

Recuerdo a Mamá llevándonos pestañas postizas a los camerinos cuando hacíamos las obras para el Departamento de Drama. Como te extraño Mama carajo, como extraño esa llamada impertinente y hermosa en las mañanas. En fin, que como actriz me invento cosas para mis personajes. Les pongo ropa interior, perfume, accesorios, zapatos o mis pies descalzos. Cada personaje, cada pedazo de vida que comparto cuando soy actriz, tiene sus detalles, sus especificidades. Yo me dedico a observar la humanidad en su escala cotidiana. Observo, observo detalles de esa maravillosa humanidad que por momentos encarno.

Tengo en la epidermis del recuerdo cuando vivía en San Juan, el Viejo, en mi casita de Sol #16, y me preparaba para hacer un personaje de una mujer maltratada y secretaria. Me iba por las tardes con mi perra Melusina a la Plaza de Armas, a observar a esas mujeres diversas salir de las oficinas. Me detenía en el ritmo de sus piernas al caminar, las carteras, las loncheras, los vestuarios, los pelos, el maquillaje de esas hormiguitas que son las secretarias. 

Les digo a mis estudiantes que actuar es un acto de solidaridad, de empatía con ese otre que no soy yo.

A mis personajes yo les pongo ropa interior, perfume, andares…. Cuando era una nerda universitaria y a mucha honra, e incursionaba en el Teatro de Siglo de Oro Español, me iba a la Biblioteca Lázaro, mi segundo hogar, a la Sala de Arte a buscar pinturas y vasijas de la época, y las imitaba. De ahí sacaba las poses que hacía en las obras de Tirso de Molina con esos vestuarios de ensueño de Gloria Sáez.

Cuando hice  Esperando a Godot dirigida por mi Maestra Rosa Luisa Márquez en el 1998, me tocó hacer de Pozzo en el primer acto y Estragón en el segundo. Para los que no estén familiarizados, Esperando a Godot es una obra de teatro absurda escrita por Beckett, un dramarturgo muy particular, hasta preso estuvo. En la obra los personajes esperan y esperan algo que nunca llega. Es una pieza muy estimulante que la han hecho infinidad de buenos artistas alrededor del mundo. En esta versión compartía escena con el Amado Antonio Pantojas, la increíble Teresa Hernández, y el genial y bello Javier Cardona

En nuestra versión boricua de la obra, yo hacía de Pozzo, un personaje opresor y detestable. Para entrenar y buscar cómo caminaría ese ser, me acuerdo que me ponía una lata de pintura entre las piernas. Yo dentro de mi lógica de actriz embelequera, pensaba que lo que diferenciaba la genitalia masculina o femenina es el peso. Es decir, hay personas que algo les cuelga y ese algo tiene peso. Pues yo para sentirme que tenía pene y testículos me ponía una lata entre las piernas y ensayaba. Hacía casi toda mi parte en plié en segunda posición. Para las Pupilas que no están familiarizadas con el vocabulario, en posición de perreo intenso. Demás está decir que tenía las piernas y el trasero bien Gorgeous.

El piropo más espectacular que me han hecho en la vida fue protagonizado por mi Abuela Irma. Ella me fue a ver en Esperando a Godot en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico. Cuando acabó la obra me dijo con coraje que la había engañado porque yo solo salía en el Segundo Acto. No me había reconocido, mi Abuela ¡¡¡NO me reconoció!!! Algo habré hecho bien.

[Cierro Paréntesis Líquido]

Escribo con mis uñas postizas un Domingo. Los Domingos son días muy particulares, los amo y los sufro bien cabrón. Lo extraño TODO y cuando digo todo, ¡¡es todo!! Extraño a mis muertos recientes, mi Mai, mi Pai, mi hija perruna Mariquita. Extraño especialmente, durante el atardecer dominguero no tener un compañero de amor, extraño mis abdominales, la vida universitaria y sus bicicletas, mis amigues en la Diáspora, en Latinoamérica y Europa.

Extraño así con mayúscula, las noches de fiesta adolescentes en Carolina, extraño esa primera vez que me encontré desnuda ante otro cuerpo, escapá de la escuela. Recuerdo la luz de la mañana rebotando en el pequeño cuarto y las ventanas Miami, mi inocencia nerviosa, mis manos tapando mi cuerpo con una sábana finita de florecitas azules, como Sonia Braga en la peli Doña Flor y sus dos Maridos.

Extraño el musgo sobre mis piernas y manos cuando trepaba los árboles de goma gigantes en el campito de Cupey Alto, extraño comer pomarosas, esa fruta que sabe a poesía, extraño desgranar gandules para la Noche de Reyes. Los gandules, ese grano protagonista de una de mis frases favoritas boricuas “te fuiste por encima de los gandules”. Para mis Amigues de otros lares: en Puertorro decimos esa frase cuando alguien la pone en la China, o más simple, cuando te destacas en algo.

Sin embargo los Domingos también tienen lo suyo. Escucho Radio Universidad todo el día, la programación dominguera está brutal, leo, me provoco temblores sin prisa, me pongo cremas, bailo sola, cocino, me pongo mascarillas, y me abandono a la sabrosura de las palabras que escribo, activando con perseverancia pequeños rayos de alegría. 

Perseverance, así se llama la nave que aterrizó en Marte hace pocos días y que pudimos observar gracias a la materia gris de tantas y tantos científicos del Planeta Tierra. Veremos si se encuentra que hubo actividad biológica en Marte, ese planeta que antes era azul como la Tierra, pero donde explotó su capa protectora y por eso ahora es rojo. Espero que los humanos aprendamos a no destrozar más la capa de ozono para no quedar achicharrados como el planeta rojo. 

Nada reflexiones de Domingo… Gracias por leerme Pupilas, las Amo.

*Carola García es actriz, locutora, profesora universitaria, madre, y sobreviviente de cáncer del seno quien vive con la condición de bipolaridad y escribe semanalmente la columna Encarne… ¡Viva!.