(Foto: Migdalia Barens / Hair & Makeup: Didi Saldaña)

“If you get tired, 

 

Publicidad

Learn to rest,

Not to quit.”

-Bansky

Hay días que una no puede, simplemente no se puede. Es como si te llegaran todos los dolores, todas las ausencias, todas las traiciones, todas las injusticias como un golpe de agua y de pronto, juntas, concentradas las penas, la existencia se te hace una capa tan inmensa como la Corrupción. 

Hay días que de pronto se te cuela Sartre y su existencialismo en el café y de pronto te haces todas las preguntas filosóficas: ¿Para qué? ¿Y después? ¿Cómo arranco esta pena de amor? (como dice la canción). ¿Cómo podemos continuar cuando hay tanta desigualdad? ¡Tanta desidia! Tanta. 

De pronto te sientes en la deliciosa mañana lluviosa que estás dentro del libro de Eduardo Galeano  Las Venas Abiertas de Latinoamérica y te conviertes en vena, abierta, herida. Si hay días que las heridas se abren un poquito en el recuerdo y supuran. 

Las heridas propias y ajenas. La Patria que nos duele, las Muertas sin Justicia, los Prejuicios, la Educación ignorada y escasa, el traqueteo de las Vacunas, el Hambre y Necesidad que creemos muchas veces que no es visible y lo es. Dolorosamente en mi país hay Niñes que solo tenían una comida nutritiva en el día, la del comedor escolar, en la escuelita pública ahora abandonada.

Hay días en que nos sentimos instalados en la “saudade” esa palabra brasilera tan bella que no se puede definir bien y es algo así como una melancolía dulce, como el recuerdo del olor a pan recién horneado por tu Papá (mi Pai hacía pan).

Entonces mientras friego y escucho unos boleros bien gorgeous en Radio Universidad, me acuerdo de mi Abuela Materna, Alicia la reina del embeleco y el adorno. Suspiro con el jabón entre mis dedos, sonrisas. Ese jabón de fregar que usaba mi Abuela y que yo lo sigo comprando para que el olor me haga sentirla cerca.

[Paréntesis Líquido]

No hay día que no evoque a mi Abuela Alicia, es muy fuerte. Tengo tantas anécdotas graciosas que se me activan en la cotidianidad que es sorprendente. Mi abuela era devota de San Antonio de Padua, le rezaba todo el tiempo para que aparecieran las cosas. Cuando aparecían, no fallaba, te hacía dar tres pasos adelante y tres pasos atrás, para agradecerle al Santo. Si no lo hacías te regañaba.

Abuela se sentaba cerca de la cafetería de la antigua tienda por departamentos González Padín a rezar para que aparecieran los niños que se perdían en la vastedad del Centro Comercial. Era tan bello ver a las Madres agradeciéndole a mi Abuela que el muchachito en cuestión apareció sano y salvo entre las corbatas.

El Centro Comercial era el Jardín, el Parque de Atracciones de mi Abuela. No he conocido a alguien que le gustara más ir al Mall a buscar cremas, potingues, maquillajes y de paso comprarme unos trajecitos hermosos en Velasco. En esa tienda todo el mundo conocía a mi Abuela. Era su Plaza Pública. Abuela no se compraba mucha ropa, pero tenía todas las cremas del universo y le encantaba regalar. Era súper generosa y super consumerista también, todo hay que decirlo.

Desde siempre mi Abuela me ponía cremas, me enseñó que para que la piel no se maltratara nunca nos podíamos acostar con maquillaje. Hay que lavarse la cara e hidratarte era una cantaleta, un loop amoroso. Nos decía que a ella su Madre la esperaba con una toalla y jabón para que se lavaran las caras en la madrugada cuando llegaba con su hermana, Titi Ofelia, de las fiestas. 

Yo tengo la toalla en mi mesita de noche y no importa lo destruida que esté, el habitante en mi lecho, la fiesta interminable, nunca, nunca me acuesto con el maquillaje puesto porque siento que Abuela me va a jalar los pies por la noche.

Abu nos asustaba cuando en el pasillo se aparecía como un fantasma con una mascarilla blanca en la cara por media hora y no podías hacerla hablar porque si se reía se le marcaban las arrugas. Se podrán imaginar que los nietos lo que hacíamos era hablarle para que se riera. Ahora con tantas temporalidades encaramás en la piel, entiendo que ese era el único momento que Abuela descansaba. Con su Mascarilla en el sillón, con los ojos cerrados, sin hablar, en una especie de meditación estética.

[Cierro Paréntesis]

Heredé de mi Abuela el embeleco y el amor por las cremas, perfumes, potingues, los vestidos, los jabones, los zapatos, las pijamas de encaje, la lentejuela aunque sea pa’ la marquesina. Aunque nadie me vea, no importa. Gorgeous para botar la basura o para cocinarme a mi misma con vajilla, vela, musiquita, cubiertos y servilletas de tela. El autocuido que ahora le llaman.

Cuando todo me pesa, cuando de verdad me pregunto si la condición humana vale la pena, cuando no me huelen ni las azucenas ni el perfume Gabrielle de Chanel, en esos momentos reivindico el derecho al adorno, a la bata rica y suavecita, al pañuelo, a las chancletas mete dedos con un pedicure bien Gorgeous, al baño tibio, a la crema nocturna. Ese olor, esa textura rica de crema o aceitito antes de dormir que te ayuda a entregarte a los brazos de Morfeo el Dios del Sueño y volver a soñar otra vez que otro mundo si es posible.

Gracias Pupilas por leerme. Importante aprender a descansar y no renunciar a ese viaje sorpresivo y fascinante que es la vida. La Vida. ¡Qué bueno que no me fui!

Los Amo. 

*Carola García es actriz, locutora, profesora universitaria, madre, y sobreviviente de cáncer del seno quien vive con la condición de bipolaridad y escribe semanalmente la columna Encarne… ¡Viva!.