(Foto: Ricardo Alcaraz)

Para mi, el amor amistoso es de los más hermosos. Hasta rimó el final de la oración. De las reflexiones más hermosas que se han escrito sobre la amistad, a mi juicio, está incluida en el libro En esto creo del genial, gorgeous, escritor mejicano Carlos Fuentes. Este libro es una especie “de diccionario afectivo” y el capítulo inicial se titula “Amistad.” Pupila que me lees, este es un libro de cabecera, para leerlo como dice la canción “Pasito a pasito, suave, suavecito.” Son escritos cortos y te comparto algunas citas. 

 

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Carlos Fuentes nos dice y cito aleatoriamente: 

“Lo que no tenemos lo encontramos en el amigo”. 

“Recibimos de la familia, confirmamos en la amistad”. 

“Que la amistad se cosecha porque se cultiva”. 

Es hermoso este libro, es un buen amante de papel.

Tengo la dicha de contar con amistades que se originaron en mi infancia y que todavía siguen floreciendo en el solar de mis afectos. Cuando era pequeña me iba a Toa Alta con mi Abuela Alicia, quien era maestra de escuela elemental, y desde temprano comencé a tejer lazos amatorios con amistades del Valle del Toa. 

De las primeras amigas que recuerdo era de un campo en ese pueblo bello donde se comían las habichuelas rojas marca diablo con azúcar , arroz blanco y con suerte un biftec encebollao. Eidán, mi amiga, vivía en una casa llena de verde, recuerdo lejanamente que con un carrito de juguete debajo de una cama de pilares de madera con mosquitero donde jugábamos, me reveló la verdadera identidad de los Reyes Magos. 

Tengo la imagen intacta, o quiero creer que así fue, la luz rebotando sobre un nano carrito con unas figuritas humanas dentro, y el susurro de mi amiguita diciéndome “que no que no existen”. 

Yo creo haber inhalado en tres tiempos y exhalado en cinco para decir: “Yo siento mucho que en esta, tu casa no vengan los Reyes Magos pero si te puedo asegurar que a MI CASA SI vienen los Tres Reyes Magos”. Si hubiese tenido esa certeza y convicción inocente de mi infancia para otros aspectos de mis vida otros gallos quizás cantarían. Mi amiga y yo recordamos todavía ese momento con mucha ternura.

[Paréntesis Líquido] 

Fue en una casita de campo en Cupey Alto donde pasé parte de mi niñez. Era una casita como una célula pequeña dentro de una finca más grande. Habíamos vuelto de Francia pero mi Padre conservaba intactas costumbres francesas: hacía pan fresco , tostaba y molía el café (recuerdo el sonido de la maquinita que pulveriza el grano de café como la maquinita que usan en el dentista solo que el sonido del molinillo era placentero) Papá hacía mermelada de mangó, cultivaba rosas (no se si esa costumbre es francesa) tocaba piano, cosechaba lerenes, toronjas, tomates que sabían a tomate y teníamos libros hasta en la bañera. 

Fue en esa época, con dos hermanos menores, que  aprendí a correr Big Wheel, a comer acerola, grosellas y pomarrosas de los árboles. De igual forma me entrené escalando los árboles gigantes de goma y yo me sentía como una monita contenta de Tanzania, en los llanos del Serengueti. Algún día iré a Tanzania, antes de morirme, ¡¡¡seguro!!!  Y veré elefantes, búfalos, cebras, leopardos, leonas en el Kilimanjaro, y me dejaré atravesar por sus amaneceres. Vuelvo a las montañas de Cupey Alto, Puerto Rico… 

En esa finca conocí a Laurita y Lilly, dos compañeras, ciudadanas de aquella pequeña comunidad de casitas en la finca de Don Cucho. Con ellas jugué a ser las candidatas de Miss Universe y nos adornábamos con toallas, pencas , amapolas y hojas inmensas personificando los diferentes países. Con ellas fui Chacón Dancer, Lisette, Lucecita, Charitín, azafata, Nidia Caro. Fueron mis primeras novias (no sabíamos que era eso), pero nos amábamos. Me acuerdo cuando jugábamos que las paredes eran amantes imaginarios y las besábamos. 

Todavía escucho a mi Madre quejarse por teléfono con su Amiga Maribel, su hermana del alma, por el reguerete que yo hacía con mis amigas, las Barbies, los peluches, los GI Joes y Kens.. Me parece estar escuchándote Mama : “¡Ay Maribel! Es que esta Carola tiene unas cosas… Ella monta unas casitas, saca cosas y juguetes y escenografías y telas para jugar con las dichosas Barbies, y es tanto lo que se tarda preparando el terreno del juego que cuando está listo ya no quiere jugar. ¡¡Y yo me la paso montando y desmontando esos revoluces!! Mamá se quejaba como Vilma Picapiedra con Betty Mármol. 

Me parece estarte escuchando Mamá, mientras hablabas por esos teléfonos de pasta naranja que tenían un cable enrroscaito como la pasta rotini y se marcaban los números en una de las tapas. Recuerdo tus pantalones anchos y tu correa de hebilla ancha, fumándote un cigarrillo mentolado entre enfadada y sonriente por mis pequeñas revoluciones creativas.

Fue en esa finquita que mi hermano José me dijo en los albores del 6 de enero,  que había visto una nave espacial y a los Tres Reyes Magos a través de una mata de plátano. Es comprensible que ante tal visión no quería soltar la ilusión navideña.

[Cierro Paréntesis Líquido] 

Vuelvo a la Amistad y a Carlos Fuentes quien afirma : “No hay nada más traicionable que la amistad”. ¡Qué mucho duele la traición de un ser a quien amamos desde el prisma incondicional de la amistad! Mira que duelen las traiciones amatorias, pero las amistosas, por lo menos en mi caso, han sido devastadoras. Es como llevar el corazón en carne viva como dice la canción de Rafael. Todavía siento la sal del desamor amistoso en mi piel.

Mi primera traición amistosa fue en el jardín infantil. Yo estaba con un vestidito blanco y portaba una flor de papel en la mano para decir una poesía. Era una presentación. Lejanamente recuerdo que me gustaba un niño llenito y se lo había dicho a una compañerita como quien revela la fórmula secreta del Ron Barrilito o un secreto de Estado. No se bien que le dijo aquella Lady Macbeth enana al chico en cuestión, el caso es que todavía escucho la vocecita de éste diciéndome al oído que era fea y que no me quería. A mi se me marchitó hasta la flor de papel que llevaba en mi diminuta mano y sentí una punzada en el estómago, como si fuera un retortijón. Todavía las traiciones me dan dolor de estómago, lo bueno, es que me hacen ir al baño porque soy extreñida. El dolor me afloja el intestino.

Mi Madre, que en paz descanse, fue mi primera amiga. Crecí viendo a Mama ser tan amiga de sus amigas que yo, que no tuve hermanas mujeres, atesoraba y atesoro ese vínculo como si fuera biológico. Como dice Cambu, mi Hermana de Vida: “A veces el agua pesa más que la sangre”.

He sobrevivido puñaladas traicioneras dignas de telenovelas turcas que me han dejado la espalda como las calles de Puerto Rico, llenas de hoyos. Me han traicionado, he perdonado y sanado, porque estacionarse en la calle de la amargura forever te dibuja unas arrugas muy feas en la cara que no hay botox que las atenúe. 

A esta altura del campeonato, he aprendido que “nunca es bueno hacerse de enemigos que no están a la altura del conflicto” como dice Fito Páez, el cantautor argentino. Me siguen doliendo los despechos y desilusiones amistosas, pero cada vez duran menos los retortijones. Tal vez he aprendido a protegerme de las espadas traicioneras con el aterciopelado escudo del autocuido.

Sin embargo, sigo apostando al amor amistoso, al amor romántico, al Amor. El Amor, “ese abrazo de agua, ese lecho del vacío” como diría el eterno Carlos Fuentes. ¡Qué viva la Amistad! Gracias por leerme Pupilas, las Amo.

*Carola García es actriz, locutora, profesora universitaria, madre, y sobreviviente de cáncer del seno quien vive con la condición de bipolaridad y escribe semanalmente la columna Encarne… ¡Viva!.

Nota: Esta columna fue editada para corregir la nacionalidad del escritor Carlos Fuentes y el nombre de la autora.