La relación entre salud mental y física es estrecha y bidireccional, aseguró la doctora Angélica Fuentes Armesto, médica de familia. 

Fuentes Armesto explicó que durante años la medicina se acercó al modelo biomédico, pero que la investigación ha demostrado que “lo que pasa en nuestra mente se refleja en el cuerpo y, definitivamente, viceversa”. 

Por eso, la experta sostuvo que ambas dimensiones no pueden separarse al tratar a un paciente. “La adicción es una condición del cerebro que termina afectando casi todos los órganos del cuerpo y cambiando por completo la conducta de la persona”, ejemplificó la subespecialista en medicina de la adicción.

Esta conexión también aparece en la investigación genética. Un estudio publicado en agosto de este año encontró asociaciones entre la depresión y enfermedades cardiovasculares, metabólicas, gastrointestinales e inmunológicas. Según la investigación tres de estos grupos están asociados de manera independiente con la depresión y, en conjunto, explican el 47% de la heredabilidad genética analizada. Las enfermedades gastrointestinales mostraron la asociación más fuerte. El trabajo identificó además conexiones genéticas compartidas entre la depresión y las enfermedades físicas y señaló el eje intestino-cerebro como una de las vías implicadas. 

Cuando ambas dimensiones de la salud se ven afectadas, Fuentes Armesto describió un “efecto multiplicador negativo”. Puso como ejemplo la diabetes, que puede asociarse con un peor control de la glucosa, menor adherencia al tratamiento y un mayor riesgo de complicaciones. 

Condiciones de salud mental se reflejan en el cuerpo

Por su parte, la psicóloga Zayana Figueroa Montero señaló que algunas condiciones de salud mental se manifiestan inicialmente a través del cuerpo. La depresión, por ejemplo, puede presentarse con cansancio, dolor o alteraciones del sueño, mientras que la ansiedad puede provocar palpitaciones, presión en el pecho o malestar gastrointestinal. “La ansiedad vive en el cuerpo”, afirmó. También explicó que, en algunos casos, “el ataque de nervios” constituye una forma culturalmente propia de expresar un sufrimiento emocional intenso a través del cuerpo.

El estrés crónico también ha mostrado efectos físicos y emocionales. La también directora asociada del fellowship de Medicina de Adicción de la Universidad Central del Caribe en Bayamón, Fuentes, lo comparó con “tener el cuerpo con el acelerador pisado” todo el tiempo. Explicó que la exposición constante al estrés y al cortisol puede elevar la presión arterial, alterar el procesamiento de la glucosa, favorecer la diabetes y reducir las defensas. “El estrés literalmente inflama el cuerpo por dentro”, afirmó.

Figueroa Montero destacó que una misma enfermedad física no necesariamente produce las mismas consecuencias emocionales porque “la enfermedad no le llega a un cuerpo nada más, le llega a una persona con su historia, su familia, su situación económica y su manera de entender la vida”. Desde el modelo biopsicosocial, señaló que los antecedentes emocionales, las pérdidas y los recursos de cada persona, incluidas su red de apoyo, su fe, su sentido del humor y su capacidad de pedir ayuda, modificaban la manera de afrontar un diagnóstico.

También, destacó el peso del significado que cada persona atribuye a la enfermedad. Para alguien educado bajo la idea de que “los hombres no se quejan”, explicó, depender de otras personas podía resultar más difícil que la propia enfermedad.

Figueroa Montero describió además cómo las señales físicas pueden influir en la experiencia emocional mediante la interocepción, es decir, la capacidad del cerebro para interpretar lo que ocurre dentro del organismo. Si el corazón se acelera, explicó, el cerebro busca una explicación y, dependiendo del contexto, esa sensación puede experimentarse como miedo o pánico.

Mientras, Fuentes Armesto también destacó que vivir con una enfermedad crónica puede suponer “un duelo continuo por la pérdida de la salud previa” y aumentar la vulnerabilidad a la ansiedad y la depresión. A la inversa, las personas con enfermedades mentales graves o trastornos por uso de sustancias presentaban un mayor riesgo de desarrollar enfermedades crónicas prematuramente.

La enfermedad también puede alterar la identidad. Figueroa Montero aclaró que una persona acostumbrada a cuidar de los demás puede experimentar como un golpe necesitar cuidados. “Es un duelo por la persona que uno era antes”, sostuvo. Desde la psicología de la salud, indicó que acompañar ese proceso implica ayudar a reconstruir la historia personal, reconocer las fortalezas que permanecían y encontrar nuevos propósitos. “La enfermedad cambia muchas cosas, pero no borra quién eres”.

Aunque la medicina familiar está entrenada para aplicar un modelo biopsicosocial, señaló que el sistema sanitario, marcado por el volumen de pacientes y el poco tiempo disponible, ha priorizado tradicionalmente la estabilización física rápida, dijo Fuentes Armesto.

Asimismo, el psiquiatra Raúl López Menéndez señaló que Puerto Rico atraviesa una crisis de servicios de salud mental marcada por una brecha entre la demanda y la disponibilidad de profesionales. 

Según explicó el psiquiatra, la población con necesidades de atención crece más rápido que la capacidad del sistema para formar especialistas. Estimó que había alrededor de un 30% de los psiquiatras necesarios y cerca de la mitad de los psicólogos requeridos.

Esta escasez también afecta la atención de pacientes con enfermedades físicas. López sostuvo que muchos problemas pasan “desapercibidos por falta de profesionales que puedan identificarlos a tiempo”. A su juicio, la integración entre ambas áreas sigue siendo limitada: algunos hospitales cuentan con consultores de psiquiatría o psicología, pero son la excepción.

El psiquiatra identificó a los adultos mayores como uno de los grupos más vulnerables. Señaló que el aumento de la población de más de 60 años hace especialmente relevante esta intersección, ya que muchos llegaban a esa etapa con enfermedades crónicas severas y, al perder autonomía, pueden desarrollar síntomas depresivos y reducir su adherencia a los tratamientos. Esto, a su vez, puede producir más recaídas y hospitalizaciones.

Además, advirtió que la escasez de profesionales hace que estos se concentren cada vez más en los problemas activos y menos en la prevención. Para López Menéndez, una de las principales necesidades era “robustecer estos servicios de salud mental dentro del aparato de salud física”. Recordó que la Organización Mundial de la Salud ha reconocido desde hace años la importancia de atender los aspectos emocionales en el manejo de las enfermedades crónicas.