Experiencias de agotamiento físico y emocional o angustia constante luego de exponerse a situaciones de trauma o hacerse cargo del sufrimiento de los otros. La fatiga por compasión es un fenómeno que afecta, principalmente, a cuidadores y profesionales de la salud. 

Este término nació en 1992 luego de una investigación sobre el burnout, que consideró a la fatiga por compasión como un tipo de quemazón, en el cual las necesidades físicas y emocionales de los pacientes afectaban a un grupo de enfermeras. Más tarde, en el 1995, se definió como “las conductas y reacciones emocionales naturales derivadas de conocer un evento traumático experimentado por otra persona significativa”. 

Tratándose de roles en los que la empatía y la compasión suelen ser esenciales, algunos individuos pueden llegar a experimentar el sufrimiento del paciente, teniendo como resultado, según Charles R. Figley, fundador del Instituto de Traumatología de la Universidad de Tulane (Louisiana, Estados Unidos), el costo psicológico de sanar a otros. 

La fatiga por compasión puede derivar en cambios en el funcionamiento cognitivo, ya que la capacidad de pensar con claridad, el juicio y la toma de decisiones se afecta, describe la literatura.

También, pueden darse cambios de humor, llanto, ansiedad, miedos irracionales, melancolía, tristeza y desesperación. En algunos casos, inclusive, pensamientos suicidas.

En el caso de cuidadores, la carga es tanta, que dejan de priorizar sus necesidades para cumplir con las de la persona a su cuidado. Teniendo como resultado quemazón, duelo extendido (particularmente cuando se trabaja con pacientes experimentando demencias) y menor tolerancia a las situaciones estresantes, señaló la doctora Irma Torres Rivera, psicóloga clínica.

En muchas ocasiones esta carga tiene rostro de mujer, pues la mayoría de las personas cuidadoras son mujeres”, afirmó Torres Rivera.

“Estamos hablando, también, de personas que se van a deteriorar físicamente, porque tienen tantas citas o tantos compromisos o no tienen con quién dejar a las personas que cuidan. Personas con condiciones crónicas, por poner un ejemplo, con diabetes, alta presión, que entonces estén dejando de comer, dejando sus rutinas o hábitos que mantienen sus condiciones controladas”, detalló la doctora.

Por su parte, la psicóloga Jeannie A. Martínez Chapman aseguró que la fatiga por compasión puede ocasionar, asimismo, un estado de supervivencia, porque se da una desconexión cerebral ante la exposición constante del sufrimiento ajeno. 

En profesiones de salud, “es casi como recibir un trauma de forma secundaria al escuchar las historias del paciente”, dijo Martínez Chapman.

Los síntomas pueden manifestarse con la pérdida de productividad, depresión, pensamientos intrusivos, nerviosismo, cansancio, sensación de estar al límite o atrapado y hasta la incapacidad para separar la vida personal de la profesional. 

La fatiga por compasión puede ocurrir también en médicos, abogados, enfermeros, trabajadores sociales; trabajadores de primera línea (quienes responden a emergencias) y maestros.

Cuando se le suman otros estresores, como un horario exigente, la falta de apoyo social y emocional y un entorno laboral desafiante, estos proveedores pueden llegar a perder su inspiración inicial o la razón por la cual dedican sus días a su oficio, así como la capacidad de sentir compasión por los demás.

¿Cómo prevenir la fatiga por compasión?

Para mí es crucial educar sobre la fatiga por compasión, porque estamos a tiempo de tratar sus consecuencias y/o prevenirlas. La mayoría de las personas no saben lo que les está pasando”, continuó.

La psicoeducación podría prevenir, tanto el desgaste físico como emocional, del cuidador y/o profesional de la salud, comentó la licenciada Hildarys Santos, consejera psicológica.

Por tanto, aseguró que la autoconciencia es crucial a la hora de manejar la fatiga por compasión.

Cuidarse es fundamental para encontrar el equilibrio y mantenerse conectado con un propósito. El autocuidado es determinante para mejorar y mantener el bienestar tanto físico como emocional; buscar su red de apoyo (familiares y amigos), establecer límites saludables, actividades de desconexión y la ayuda de un profesional de la salud mental”, recomendó a cuidadores.

El autocuidado, en muchas ocasiones, se convierte en una medida preventiva para evitar la fatiga por compasión, afirmó Torres Rivera. 

Viéndose en actividades como nutrirse adecuadamente, hacer ejercicios, meditar o descansar. 

Otro consejo es tener esas personas con quién hablar o que nos motive a hacer prácticas de autocuidado”, sostuvo Martínez Chapman.

De igual manera, apostar a la autocompasión, en especial, cuando se trata de psicólogos y otros especialistas de la conducta o la salud; profesiones que suelen percibirse como superhéroes o esas personas que no pasan por momentos difíciles. 

La autocompasión tiene tres componentes principales, establecidos por la profesora estadounidense Kristin Neff y que se dividen en: la autoamabilidad o ser comprensivos cuando no se está bien o hay sufrimiento y/o aceptar el fracaso o los errores, en lugar de ignorar esto y autocriticarse. 

Un profesional o cuidador, desde la autocompasión, reconoce que es un ser imperfecto, que se vale fracasar y que no existe la fórmula para que todos los días transcurran exactamente como lo esperan.

En segundo lugar, la humanidad, haciendo referencia a que todos los seres humanos sufren y que se puede ser vulnerable e imperfecto. 

“La autocompasión implica reconocer que el sufrimiento y la incompetencia forman parte de la experiencia humana compartida: algo que todos experimentamos, en lugar de ser algo que solo me sucede a mí”, expone Neff.

Finalmente, poner en práctica lo que denomina como la sobreidentificación, que requiere adoptar un enfoque equilibrado ante las emociones, evitando principalmente esconderlas. Sobre todo, identificar pensamientos negativos con apertura y claridad.

“No podemos ignorar nuestro dolor y sentir compasión por él al mismo tiempo”, concluye.