El abuso sexual infantil es un problema que se presenta en todas las sociedades y que provoca un disloque tanto a nivel familiar, social, económico y personal, entre otros.  Si bien es difícil enfrentarse a los procesos judiciales en estos casos, lo complica aún más cuando se enfrenta desde el rol del género asignado al nacer.  

Cuando hablamos de abuso sexual, solemos dar una atención especial a las féminas, no obstante, los varones son de igual forma abusados y pueden ser revictimizados desde todos los espacios en el que se verá involucrado ese menor ante una denuncia de esta naturaleza.  Es importante saber que según el National Sexual Violence Resource Center, uno de cada 71 hombres serán víctimas de abuso sexual en algún momento de sus vidas. Mientras en Puerto Rico, en el año 2020 se habían reportado 105 querellas de delitos sexuales contra varones. Estas estadísticas no necesariamente reflejan los números reales, ya que muchos varones podrían mencionar sus experiencias de abuso en la adultez. 

Cuando hablamos de abuso sexual nos referimos a la exposición a conducta o acto sexual, que son impuestas por un adulto (mujer u hombre), donde existe una clara diferencia de edad, roles, capacidad mental, entre otros, y donde el/la agresor/a cuenta con mayores conocimientos sobre sexualidad que su victima y cuya interacción solo busca su propia gratificación sexual. El abuso sexual puede presentarse de diferentes formas y por distintas personas, mayormente conocidas por la victima. En ocasiones, incluso, podemos tener personas que responsabilicen a la víctima o que, por el contrario, minimicen sus experiencias de abuso, como lo puede ser el caso de una maestra que abuse sexualmente de un varón y se exprese: “eso es un trofeo para él”, en lugar de reconocerlo como una conducta abusiva.  De igual forma, un evento de esta naturaleza puede provocar ciertas conductas reflejas, especialmente en el varón víctima. Una de estas conductas puede ser una erección y/o eyaculación, que podría interpretarse como si el varón abusado tuvo cierto disfrute de ese evento sexual.  Es importante este aspecto, ya que una reacción fisiológica de esa naturaleza no significa necesariamente que el varón lo haya disfrutado, sino que responde más a una reacción puramente fisiológica.  

Por tanto, es importante saber que un varón que ha sido abusado sexualmente podría experimentar un conflicto con su concepto de masculinidad. Esto ya que socialmente se espera del varón que esté listo para el sexo, sea la figura de poder y control, e incluso son asociados más con la figura agresora que como víctima.  Es necesario reconocer que esta manera de ver la “masculinidad” los coloca en una posición de vulnerabilidad y puede llevar a que esa víctima varón se cohíba de buscar ayuda, se retracte de lo que ha dicho y que, incluso, modifique sus conductas para poder “encajar” dentro de la esperada “masculinidad”, trayendo consigo muchos problemas en el área de salud mental, en sus relaciones interpersonales e, incluso, su sexualidad. Esto a su vez genera sentimientos de culpa, vergüenza, temor, se sienten responsables del abuso, pueden experimentar el ser estigmatizados y señalados como homosexuales, entre otros.  

En cuanto a su conducta, podríamos ver la hipersexualidad, agresión sexual con sus parejas en el futuro, baja autoestima, involucrarse en conductas de riesgo (fumar, beber, uso problemático de sustancias), agresión porque intentan “demostrar su masculinidad”, entre otras. Con esto dicho, es necesario dejar claro que el efecto emocional puede ser igual de profundo ya sea para féminas como para varones, ya que no deja de ser un acto de abuso con profundas secuelas en sus vidas. Por tanto, la prevención juega un rol muy importante en el abuso sexual. 

Debemos comenzar a hablarlo con nuestros varones desde el hogar y la escuela, permitirles expresar libremente sus emociones desde pequeños en lugar de utilizar frases como: “los niños no lloran”, dejarles saber a los niños/as y jóvenes que es su derecho decir que no ante cualquier acercamiento sexual inapropiado o no deseado, que deben buscar ayuda de un adulto, que no está bien que los toquen sin su consentimiento, que existe una ley (Ley 246 “Ley para la Seguridad, Bienestar y Protección de Menores”) que los protege y que no es su culpa el hecho de que un adulto haya cruzado una línea que no se debió traspasar. Establecer una comunicación abierta promueve la confianza en los adultos que le rodean, que ese diálogo incluya medidas de seguridad en las redes, toques apropiados e inapropiados, y sobretodo dejarles saber que guardar el silencio cuando estén pasando por una situación así, puede provocarles más dolor y el abuso no necesariamente parará.  Esto es importante, ya que muchas veces los/as agresores/as pueden valerse de amenazas e intimidación para poder asegurar el secreto y poder continuar con el abuso.  

Por último, sabemos que los procesos judiciales pueden resultar muy dolorosos, no obstante, es el mecanismo que tenemos para proteger a nuestros niños/as y jóvenes.  Si sospecha o tiene conocimiento de que un/a niño/a o joven está siendo abusado, no lo confronte con el/la alegado/a agresor/a, no se quede callado/a, denúncielo de inmediato a Delitos Sexuales o Departamento de la Familia, llévelo/a a una revisión médica y, sobre todas las cosas, déjele saber que estarán ahí para apoyarlo/a.  Busquen ayuda para manejar las emociones que pueden surgir de la revelación y manténganse unidos como familia así como con redes sociales de apoyo.

*La autora es psicóloga escolar, certificada en abuso sexual, y directora del Programa de Psicología Escolar de Ponce Health Sciences University.