Pese a que cada vez son más los niños y niñas que pierden a su madre a raíz de los feminicidios que ocurren en la Isla, la sociedad olvida que este crimen de género es también una violación de los derechos humanos de la niñez con graves secuelas físicas y emocionales. En estos casos el feminicidio se convierte además en maltrato infantil. 

El año pasado 86 menores quedaron huérfanos a causa de los feminicidios reportados en el archipiélago. 40 de las 81 víctimas de feminicidios, eran madres y algunos de estos asesinatos fueron perpetrados en presencia de menores, según datos del Observatorio de Equidad de Género.

En lo que va de año ya  15 menores han quedado huérfanos. De las 12 mujeres fallecidas, 8 eran madres.

Socialmente se suele identificar y condenar al maltrato en situaciones de abuso físico y/o negligencia directa por las manifestaciones inmediatas o visibles. Pero las secuelas de los feminicidios, especialmente cuando se pierde la figura materna, también lo son y se traducen en un daño emocional y psicosocial, que se desarrolla de forma silenciosa y en ocasiones se invisibiliza, señaló Stephanie Figueroa, portavoz del Frente Amplio de Acción Social (FAAS) y directora ejecutiva del Observatorio. 

Una explicación detrás de esto podría ser que el dolor de la pérdida violenta, en ocasiones, deja en segundo plano el sufrimiento intergeneracional de los menores afectados. 

Asimismo, la falta de sensibilización y de un marco conceptual que identifique a estos niños, niñas y jóvenes como víctimas secundarias, dificulta que se les asigne el mismo reconocimiento que a otros casos de maltrato infantil, dijo Figueroa.

«Así, mientras se condena y se lucha contra los actos violentos directos, se minimiza el impacto indirecto que, a largo plazo, repercute de forma devastadora en el estado emocional y en el desarrollo integral de la niñez que sobrevive tal experiencia traumática», aseguró. 

Por su parte, la doctora Nellie Zambrana, psicóloga y catedrática de la Facultad de Educación UPR-RP, recordó que la violencia de género no es solo un fenómeno particular de agresión a las mujeres, sino un problema crítico sociocultural que rige y denota una ideología de dominio y poder. 

«Devastadores» los efectos sobre los niños huérfanos

Por tanto, los efectos sobre estas víctimas secundarias son devastadores. Mencionó, por ejemplo, que a nivel psicoafectivo se afectan los  procesos cognitivos conscientes, las respuestas emocionales y los procesos fisiológicos.  También, el trauma puede tener un impacto significativo sobre la memoria episódica. 

Pueden ocurrir rezagos en los niveles de aprendizaje, baja autoestima y autoconcepto, depresión, altos niveles de ansiedad; pensamientos y/o acciones suicidas u homicidas.

Problemas de concentración y memoria, de conductas de alto riesgo como uso problemático de sustancias, desarrollo de trastornos de alimentación o personalidad. Además, poco o pobre manejo de emociones, dificultad en el establecimiento de relaciones interpersonales y estrés postraumático. 

«Las consecuencias psicosociales en las víctimas de feminicidio laceran el proyecto de vida de esas personas, su identidad; algunas adoptan nuevos roles para el mantenimiento del sistema familiar (hermanas mayores)», describió la especialista en salud mental. 

«El sistema  jurídico y gubernamental aporta poco a la sanación; hay narrativas de culpabilidad y aislamiento. Hay que evitar que se vuelva crónico el cuadro clínico  y se convierta en un trastorno psiquiátrico derivado del trauma», continuó. 

De igual manera, no se fiscaliza y mucho menos queda documentado que estos menores reciban o hayan recibido los servicios de urgencia que requieren para su bienestar físico y emocional. 

«Nadie procura que le demos un servicio de emergencia psicológica o que se haga un plan de trabajo con lo fuerte y violento que es el suceso. Aquí (en Puerto Rico), si no se ha hecho un plan de trabajo en contra de los feminicidios, muchísimo menos para trabajar con estos niños, que son víctimas secundarias», precisó la doctora Alice Pérez Fernández, psicóloga y coordinadora del Comité de Promoción del Desarrollo Integral de la Niñez de la Asociación de Psicología de Puerto Rico (APPR). 

Comentó que la sociedad continúa permitiendo la violencia machista e incluso la normaliza y hasta que no se ataje desde la raíz, desde esa formación en los hogares y la educación, quedará mucho por hacer.

Tener datos oficiales y sistemáticos es fundamental para visibilizar la magnitud del problema y, a partir de ahí, diseñar estrategias de intervención eficaces, explicó Figueroa.

La recopilación de información permite identificar patrones, reconocer áreas de mayor vulnerabilidad y asignar recursos de manera focalizada. Si se estructuran registros claros sobre cuántos menores quedan huérfanos a causa de feminicidios, se puede desarrollar una política pública orientada a brindar apoyo psicológico, educativo y económico que evite la invisibilización de estas víctimas, planteó la portavoz del Frente Amplio de Acción Social.

Datos fiables también podrían dar pie al seguimiento del impacto de las intervenciones implementadas y, en consecuencia, evitar la perpetuación de un ciclo de violencia y trauma intergeneracional, que afecta no solo a los niños, sino a toda la sociedad.

Las tres coincidieron en la importancia del reconocimiento urgente de que la violencia de género afecta directamente a menores que experimentan y sobreviven la violencia. Por consiguiente, se debe abordar el impacto devastador en los niños y niñas que pierden a sus madres, pues están expuestos a un trauma que compromete su desarrollo a largo plazo.

Figueroa sostuvo que es imperativo que el Estado actúe de manera coordinada para generar entornos que protejan a la niñez y que garanticen su bienestar, la seguridad y la justicia.

Que haya responsabilidad a la hora de implementar políticas públicas basadas en datos confiables. Solo a partir de la recopilación y el análisis sistemático de la información se puede diseñar una respuesta estatal adecuada que incluya programas de apoyo psicosocial, educativo y económico para estos menores.

Asimismo, se debe transformar la percepción social y legal del maltrato infantil y  reconocer que el dolor por la pérdida violenta de un cuidador es tan real y dañino como otros tipos de abuso.

Por su parte, Zambrana advirtió que estos menores enfrentan un futuro lleno de factores de riesgo, que es necesario el amor y espacios seguros y de protección, para que puedan restituir la confianza en el otro. 

La experta enfatizó lo crucial del apoyo de una familia extendida, hogares de crianza y/o albergues así como la importancia de los servicios y terapias, actividades curriculares, recreativas y terapéuticas.