Si a usted le gusta trabajar desde los espacios compartidos o salir de su espacio de estudio o trabajo usual, es muy probable que haya visitado algún café en la Isla. Pero, ¿ese espacio le hizo sentir a gusto aumentando así su productividad? O, ¿le abrumó y no le permitió concentrarse?
Este fenómeno se estudia en la neuroarquitectura, que une el campo de la neurociencia y la arquitectura, y “es una disciplina que surge a partir de conocer cómo se comporta nuestro cerebro o cómo nos sentimos en el espacio”, detalló la arquitecta Valery Vega Varela.
Según Vega Varela, esta disciplina busca atender las necesidades de las personas.
Más que seguir un método, la neuroarquitectura se rige por elementos que se toman en consideración, con el fin de mejorar la productividad y el bienestar de la persona, aseguró.
“Todo elemento de decoración o diseño puede tener ese impacto para bien o para mal”, expresó la psicóloga y diseñadora de moda, Adriana Soto Colón. “Estamos hablando de que puede tener un impacto en el estado de ánimo, en las emociones, en tus niveles de estrés, en tu calidad de productividad y en tu bienestar general”.
Vega Varela explicó que estos son elementos como la iluminación, ergonomía, accesibilidad, acústica, flexibilidad, estimulación sensorial y naturaleza.
Además, dijo que los espacios se deben adaptar inclusivamente para que puedan ser experimentados por personas con diversidad funcional. De hecho, por ley tiene que ser así como se estipula en la ley de Estadounidenses con Discapacidades (ADA, por sus siglas en inglés).
“Eso es algo bien importante que un espacio arquitectónico o una plaza o hasta lo más pequeño, una acera, cumpla con esto”, expresó Vega Varela.
Imagínese a una persona ciega, dijo Vega Varela. Al llegar a un espacio, la persona busca placas en las paredes con el sistema Braille, pero estas no están presentes. “Tú llegas a estos espacios que eso no existe así que: ¿cómo va a ser la experiencia humana y arquitectónica de esta persona en este espacio?”.
Esto es importante tenerlo en consideración, “pues jamás y nunca va a ser igual a la tuya y la mía o la de una (persona) sorda o la de alguien que está en silla de ruedas, así que la ergonomía, la accesibilidad” son necesarias para que todos puedan tener una experiencia humana positiva al llegar a un lugar.
Por otra parte, Vega Varela detalló que se debe integrar la naturaleza en espacios interiores o exteriores. “Eso nos ayuda a reducir el estrés y liberar la mente”, indicó.
Similarmente, en el diseño de un espacio, sea en su hogar, trabajo o lugares comunes, se deben tomar en cuenta los estímulos sensoriales para que estos sean saludables y le ayuden en vez de abrumar.
Utilizando el ejemplo inicial, veamos cómo los elementos presentes le podrían impactar negativamente en un espacio de trabajo compartido.
Vega Varela dijo que en el caso de una persona oyente “que entre a un espacio y la buena acústica no existe, el bullicio lo va a escuchar y no se va a poder concentrar”. En muchas ocasiones se le da la bienvenida a trabajar desde estos espacios, pero “cuando llegas, la realidad es otra”.
Continuó: “La acústica quizás no funciona, (ni) la iluminación. Todas estas cosas se atribuyen a cómo nos sentimos en el espacio, como quizás, a raíz de todo eso, a esa persona […] le comienza la ansiedad, llegas a un lugar y no te sientes cómodo, se te comienza a agitar el corazón, te quieres ir, no te sientes en tu lugar”.
Vega Varela concluyó: “Son todos estos elementos que empiezan a aparecer que no te hacen sentir bien en el espacio ni en paz”.
Cómo adaptar la neuroarquitectura a un espacio
Para lograr crear un espacio que promueva el bienestar y mejore la productividad de las personas en él, se tiene que realizar investigación antes.
Este quizás puede ser el talón de Aquiles de la neuroarquitectura, comentó Vega Varela pues requiere de tiempo, aunque el resultado sería un análisis comprensivo que atiende las necesidades de las personas en el lugar.
“Se ha demostrado que un espacio bien organizado promueve tu organización mental, tu productividad, disminuye tu nivel de estrés y que todo tenga un hogar en tu espacio”, destacó Soto Colón.
Para adaptar la neuroarquitectura a un espacio, en particular uno de trabajo, Vega Varela dijo que se tiene mejorar la iluminación a una que preferiblemente sea natural al igual que se pueda ver al exterior, en donde se pueda ver como se mueve el sol debido al ritmo circadiano de los humanos.
Sobre todo, dijo que se debe manejar adecuadamente cualquier tipo de luz que se utilice para que sea agradable.
No obstante, los colores de la luz ideal para una oficina no necesariamente es la óptima para un hospital pues Vega Varela declaró que en un entorno de curación y tratamiento colores como el azul y naranja son mejores ya que son conocidos por ser refrescantes.
Mientras, en un restaurante los ideales podrían ser en tonos cálidos y tenues, ya que invitan a que el ambiente sea ameno e íntimo.
De igual forma, los olores, como la lavanda y el eucalipto, son otro elemento que ayuda a mejorar la experiencia humana en un espacio sea laboral o el hogar, comentó Vega Varela. No solo ayudan a relajarse sino que son un estímulo y “están atados a la memoria, te llevan a recordar”.
Soto Colón tomó en consideración estos elementos a la hora de crear su espacio de terapia. Pensó en la luz, los colores, sonidos y aromas de su oficina para ayudar a sus clientes.
Comentó que en su espacio de trabajo la luz es tenue para que transmita paz y la seguridad de ser vulnerable. “Tú no quieres estar llorando con luz blanca encima tuyo, que eso puede aumentar la ansiedad y la fatiga mental”, aseguró.
De igual manera, utilizó colores neutrales, música relajante y aromaterapia para evitar la sobrecarga sensorial y promover la tranquilidad y fluidez entre su sala de espera y cuarto de terapia, prácticas que le han resultado en una clientela contenta y satisfecha.
Soto Colón comunicó: “Para mí ha sido bien importante no solo saber para qué es el espacio, sino también acomodar el espacio para lo que yo quiero lograr en él […]. Yo siento que puedo hacer terapia aquí”.
“La neuroarquitectura aumenta o mejora la concentración, disminuye el estrés, aumenta la productividad, alivia la fatiga mental, disminuye distracciones, mejora el enfoque. A nivel neuroquímico aumenta la serotonina, aumenta la dopamina, aumenta la sensación de lograr tareas y relaja tu sistema nervioso”, detalló Soto Colón, al denominarla como una forma saludable de diseñar espacios.
Sobre la neuroarquitectura, Vega Varela dijo: “Hay arquitectos que definen la arquitectura de acuerdo a su interpretación. La Real Academia Española (RAE) dice que la arquitectura es construir y proyectar edificios. Para mí la arquitectura debe ser todo aquello que nos haga sentir y conectar. Todos pasamos nuestro día a día dentro o fuera de espacios y eso nos afecta o nos puede ayudar.”
Vega Varela añadió: “Vivimos en un mundo lleno de estímulos, sonidos, los tapones, de todo un poco y son estímulos que son constantes, no tenemos el control de muchos de ellos […]. Pienso que se necesitan hacer espacios que nos ayuden a conectar y a ser más humanos. Siento que, aunque hay arquitectura buena, falta una arquitectura que te haga sentir algo”.
Citando al arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa en su libro Los Ojos de la Piel: Arquitectura y Los Sentidos, Vega Varela dijo: “Cada experiencia conmovedora de la arquitectura es multisensorial; las cualidades del espacio, de la materia y de la escala se miden a partes iguales por el ojo, el oído, la nariz, la piel, la lengua, el esqueleto y los músculos. La arquitectura fortalece la experiencia existencial, el sentido de cada uno ser-en-el-mundo, y esto constituye fundamentalmente una experiencia fortalecida del yo”.




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