Lidiar con las presiones sociales en una cultura que vive preocupada por la dieta, pero que también nos invita al consumo desmesurado de alimentos, se convierte en una interminable batalla. ¿El resultado? Nos miramos en el espejo y no nos gusta lo que vemos, y la vergüenza, la culpa y la autocrítica se convierten en nuestro mecanismo combativo. Sin siquiera sospechar que el peor enemigo lo llevamos dentro.

La mayor parte de nuestros pensamientos autocríticos adoptan la forma de un monólogo interior: “otra vez rompiste la dieta”, “qué poca fuerza de voluntad tienes”, “por eso estás tan gorda y después te quejas”, “esa camisa blanca te luce fatal”… Esa voz interior continuamente emite comentarios y valoraciones acerca de lo que experimentamos, nos recuerda constantemente nuestros fracasos, y pone en duda una y otra vez nuestra capacidad para alcanzar los objetivos trazados. Sin duda, despojarse de unas libras demás puede convertirse en un logro, pero que solo produce buenos sentimientos cuando se tiene el control y se obtiene el fruto deseado. Una idea ampliamente extendida culturalmente es que la autocrítica es fuente de motivación. Sin embargo, estos mecanismos empleados en busca de estimular una buena disciplina, terminan por socavar la autoestima y generan emociones complejas, como es el caso de la ansiedad o la depresión. 

En el tratamiento convencional para la pérdida de peso se plantean cambios en el estilo de vida, se recomienda un restrictivo regimen de alimentación y se sugiere la incorporación del ejercicio físico. No obstante, ni la vergüenza, ni la culpa y mucho menos la autocrítica son parte de los objetivos a tratar, aún cuando se conoce su impacto negativo en la salud emocional.

Cultivando la compasión por uno mismo 

La autocompasión es el ingrediente que falta en todas las dietas y en la mayoría de las estrategias de pérdida de peso. Pero, ¿de qué se trata exactamente? No es otra cosa que mostrarnos amables hacia nosotros mismos, particularmente cuando estamos sufriendo, cuando sentimos que hemos fallado o nos sentimos incompetentes. Es bajarle el volumen a la voz interior negativa y autocrítica, pero subirle el tono a nuestra voz comprensiva y afectiva. 

Kristin Neff, una de las principales investigadoras de la autocompasión en occidente, la define como una construcción que abarca tres dimensiones: bondad hacia uno mismo, mindfulness y humanidad compartida. La primera está relacionada con un trato de cuidado y compresión hacia uno mismo, la segunda reconoce que el sufrimiento es parte de la naturaleza humana, y la tercera es la capacidad de darse cuenta, de prestar atención y de tomar distancia de los propios pensamientos y sentimientos. 

Ahora bien, para algunas personas ser compasivos con los demás no representa ningún problema, pero cuando se trata de la compasión hacia uno mismo el asunto es completamente distinto. Mucho de ello tiene que ver con ideas erróneas que se interponen en el camino, como lo es asociar la autocompasión con debilidad, con lástima por uno mismo, como una manera de evadir las emociones difíciles, o de liberarse de toda responsabilidad. En realidad, la adopción de una actitud de amabilidad hacia uno mismo nos prepara para el fracaso y para afrontar el malestar emocional. De hecho, estudios demuestran que las personas con alta autocompasión tienen menos miedo a fracasar, aprovechan cada error como una oportunidad de crecimiento y no de castigo, por lo que tienden a intentarlo de nuevo cada vez que fallan.

Entendiendo nuestro sistema emocional 

Dado que la supervivencia ha sido el gran objetivo de la especie humana, nuestro cerebro está específicamente diseñado para sobrevivir.

Paul Gilbert, investigador del Reino Unido, explica que diferente a otros seres vivos, los humanos poseemos un sistema de alerta y amenaza que se activa fácilmente, pero que no podemos desactivar voluntariamente. Este circuito una vez está activo sigue preocupándose por el peligro, y se excita en circunstancias en las que no tiene ninguna utilidad para el ser humano actual. Por ejemplo, se activa por estímulos internos como el miedo al futuro, por la vergüenza o la autocrítica. 

La forma en la que pensamos sobre nosotros mismos provoca exactamente el mismo efecto, de modo que, si nos menospreciamos constantemente, lanzamos señales negativas que van en detrimento de nuestro cerebro. Por lo tanto, el solo notar ciertas libras demás en nuestro cuerpo, podría ser suficiente para que este sistema detecte una “amenaza”, y abra la puerta a emociones como la ansiedad. Cuando esto sucede, la comida podría convertirse en el amortiguador del aparente fracaso y en la estrategia de afrontamiento contra las emociones negativas. 

Finalmente, perder peso sin autocompasión podría ser una batalla cuesta arriba, necesitamos centrarnos más en la salud y el bienestar y menos en la sensación de éxito asociada con los números en la balanza. Esto significa aprender a:

  1. Regular la alimentación y prestar particular atención a las necesidades del cuerpo y el bienestar general.
  2. Comprender que existen diversidad de figuras y que la salud en todos los tamaños es posible.
  3. Desarrollar una actitud de aceptación y amabilidad hacia nosotros mismos, nuestro cuerpo y a la forma de relacionarnos con los alimentos.
  4. Observar las situaciones y emociones que nos impulsan a tomar la decisión de ingerir o no ingerir los alimentos. 
  5. Manejar los sentimientos sin usar la comida como la única forma de lidiar con la angustia.
  6. Deshacerse de las expectativas de perfección poco realistas. 

Y todo eso lo conseguirás si te brindas la compasión que necesitas en cada momento, porque sentir compasión por uno mismo no es diferente de sentir compasión por los demás.

*La autora es psicóloga licenciada con especialidad en consejería psicológica.