He peleado con la decisión de si debo o no compartir estas palabras. Decidí que si no podemos recuperar a nuestros seres amados que han tomado la decisión de quitarse la vida, al menos podemos tratar de hacer algo para que NADIE tenga que pasar por esa misma experiencia o quien la enfrente tenga de dónde agarrarse, que sepa que no está solo.

Perder a un ser amado siempre va a ser difícil y triste, pero con el suicidio llegan demasiadas preguntas, demasiado desconsuelo y probablemente un sentido de culpa o responsabilidad que te rompe la cabeza.

Yo tenía 16 años cuando mi hermana mayor, de 20, se tomó un pote de Tylenol completo; 30 pastillas blancas. Ella estaba con unas amistades en ese momento y en la madrugada unos golpes en la ventana de aluminio de mi cuarto me despertaron con la noticia: tu hermana está en el hospital.

Salí corriendo y me fui al hospital con mi familia. Allí estaba mi hermana, postrada en una cama y despierta. Mi hermana no murió inmediatamente. Recuerdo que hasta fui al Arecibo Mall a comprarle comida: un sandwich y un jugo de china. Entre las cosas que me dijo cuando la regañé (porque yo parecía la hermana mayor y me encantaba regañar) fue: “no vuelvo a hacer algo como esto. Tengo un dolor carbón”.

O sea, mi hermana se arrepintió de ese instante en el que se bebió las pastillas. Mi hermana hubiera escogido la vida. Y otros tantos en su lugar, de seguro, también. Un intento de suicidio ocurre en un momento de desesperación donde no hay claridad y creo que nadie está tan lejos de considerar alguna vez terminar con su vida. Los que más lejos podemos estar de esa idea somos los que sabemos el abismo de pena que le deja a los que quedan vivos. Y al decir esto no juzgo a mi hermana ni a nadie. ¡Jamás!
Después de estar en el hospital un par de días mi hermana fue dada de alta. Tuve varias conversaciones con ella, comimos juntas, la volví a regañar. Volvió a jurar que nunca lo haría otra vez.

Un día regresé a casa después de hacer algunas diligencias y no había nadie. No había nadie en casa de mis vecinos, que en mi caso, eran mis abuelos y mis tías. Eso era súper raro y juro que en medio del silencio en nuestras casas sentí el peso de la tragedia caer encima de mí, aún antes de que el teléfono sonara para avisarme que tenía que salir corriendo al hospital nuevamente: tu hermana los quiere ver (a mí y a mi hermano) me dijo mi tía o mi madre. La verdad no sé cuál de las dos.

¿Qué pasó?, pregunté desesperada. Pero solo recuerdo que otra vez salí a toda prisa.
Mi hermana estaba acostada en una cama cubierta por sábanas blancas llenas de sangre. Le salían tubos por la cara y no tenía conciencia. Tengo una imagen contundente, cruda, y al mismo tiempo borrosa de esa memoria. Creo que me obligué a olvidarla. Era la peor cosa que había visto en toda mi vida y era mi hermana. Mi hermosa hermana, la que me hacía cosquillas, la que me peinaba, la que me vestía, la que me daba tanto amor y la que tanto peleaba conmigo, todo a la vez. Cualquiera que me conozca íntimamente sabe que en algún momento voy a nombrarla. Mi hermana vive porque no paro de recordarla. Es lo único que me queda. El recuerdo. Y eso es lo único que dejamos: el recuerdo de quiénes fuimos y cómo fuimos. Gran lección para el resto de mis días que siempre le repito a mi hija.

Pero el caso es que mi hermana no sobrevivió al paro renal que sufrió porque cuando llegó al hospital la primera vez los médicos no ordenaron un lavado de estómago. En la unidad de cuidado intensivo a donde la llevaron no se podía quedar nadie. Así es que nos fuimos “a dormir” solo para montarnos al amanecer en el carro y volver todos a verla o, al menos, estar allí esperando noticias que llegaron rápidamente, como un azote en el pecho.

Aquella mañana me había recostado de una columna fría en la sala de espera del hospital, en lo que nos decían que hacer. Me puse a mirar el televisor y en esas estaba cuando mi hermano menor me tiende la mano para ayudarme a pararme mientras me dice: levántate, Dinely murió. Mi hermana se llamaba Dinely. Uno de esos nombres inventados que intentó combinar el nombre de mi madre, Digna, y el apodo de mi padre, Terry. Mis papás perdieron a su hija que se llama como ellos y solo doce años más tarde, con la llegada de mi Malena, empezaría a entender su dolor. Hasta el nacimiento de mi nena yo solo entendía el dolor de perder a tu hermana. ¡Ay, mis padres! Yo no sabía cuánto me querían y el desgarre que habían sufrido mientras seguían criándonos a mi hermano y a mi. ¡Cuánta admiración siento hacia ellos!

La mañana de la muerte fue mi mamá quien nos agarró por los hombros y con el temple que tienen las madres extraordinarias como ella nos dijo algo así: van a dejarnos pasar, tienen que ser fuertes o nos sacan. Algún instinto extraño me hizo agarrar la manga de un abrigo rojo que tenía colgando del cuello y metérmelo en la boca. Yo quería obedecer a mami. Yo quería aguantar el grito de dolor. Y lo aguanté mientras sentía que toda mi vida perdía el sentido sin Dinely.

Hasta entonces no sabía lo que era la muerte, pero como la vida está llena de misterios, hacía apenas algunas semanas había soñado que ella moría. ¿El universo quiso prepararme? No tengo idea. Pero antes de que se tomara las pastillas yo tuve esa horrible pesadilla. Fue tanto lo que me dolió que solamente se lo conté a mi entonces novio, Juan Jose (que en paz descanse mi querido Jota). Después él me contó que la noche antes de la muerte había visto un ave negra en su balcón y al rato, su papá, que era doctor, le había dicho que según lo que había averiguado mi hermana no sobreviviría. Pero no tuvo corazón para decírmelo.

Lo que siguió a la partida de Dinely un 24 de agosto de 1994 fue un año de luto muy duro y otros tantos de recuperarme poco a poco. Llegar a la escuela donde estudiamos juntas, subir las escaleras, ver a los amigos comunes, la cara con la que me miraba alguna gente, sin saber qué hacer o decir, me hacía sentir totalmente indefensa ante la tristeza. A veces me salía del salón, a veces pedía que se desviaran del camino a la escuela para llevarme al cementerio. No aceptaba que me había quedado sin hermana. No quería olvidar su olor, como se sentía su piel, el tono de su voz, sus abrazos tan ricos, así es que durante un tiempo bastante largo viví en resistencia.

Cuando cumplí 20 años, la edad que tenía Dinely al morir, me sentí demasiado extraña, incómoda, por superar su tiempo en el mundo. La vida ha continuando y aunque odie el cliché de la cicatriz, pues eso es más o menos lo que yo llevo: una cicatriz que a veces molesta mucho, que se abre en momentos como este cuando esta tragedia se repite, y que no puedo -ni quiero- borrar.

La decisión que tomó mi hermana es suya y yo, más allá de todo lo que puedo sentir, más allá de todo lo que podría cuestionarle a ella o a mí misma, solo quisiera que hubiera sido distinta. No creo que pude haberlo evitado o nunca lo sabré. Solo quisiera tenerla aquí a mi lado. Que fuera tía de Malena. Solo quisiera dejar de sentir que me amputaron una parte del cuerpo y del corazón.

Nunca vamos a ser los mejores amigos, los mejores hijos, los mejores hermanos, padres o madres, pero podemos intentar ser personas que escuchan, que empatizan, que miran a los ojos y buscan hacer algo por el dolor ajeno y, principalmente, por el propio.

Tenemos que cuidarnos a nosotros mismos. Cuidar nuestros pensamientos. Buscar quien nos escuche, quien nos consuele. Tenemos que encontrar bien adentro la manera de resistir los golpes que son parte de nuestro viaje. A estar solos también. Para mí ese alivio está en el movimiento, en el ejercicio, en la naturaleza, en compartir tiempo de calidad con la gente que amo, en la risa, en prestar atención a todo, en apreciarlo todo, en aprender. En ir a la psicóloga, en leer, en hacer fiestas donde la gente se esgalilla cantando, se “corta las venas” y COMPARTE, en cocinar para mi hija, ayudarla a crecer sana, en planificar la próxima visita a mis sobrinos, en buscar y contar historias. Todo eso me sana, me llena y me mantiene amando a la vida. Y la certeza de que ningún momento, ni bueno ni malo, es eterno. Como dice mi mamá: la vida son ciclos. A veces mis estrategias me funciona más, a veces menos, pero siguo descubriendo cómo ser más fuerte cada día, aún en momentos de mucho, MUCHO, reto. Cuánto lamento no haber tenido el tiempo de hacer más de esto contigo, Dinely. Y por eso lo cuento aquí hoy. Por ti, por los que no están ya, por los que quedamos.

Siempre he pensado que mi hermana se fue pero es por intervención de ella que me siento tan rodeada de amistades que siento familia. Soy muy, muy afortunada por eso. El vacío de Dinely no lo llenará nadie. El vacío de cualquiera que se vaya, sobre todo a destiempo, tampoco. Amemos plenamente. Apoyemos a los nuestros plenamente. Vivamos a plenitud. Y honremos la memoria de los que deciden irse, aunque nunca entendamos por qué. Eso no importa ya. Dinely, te adoro, vida mía, hasta la eternidad.