Convertirse en madres y padres es el anhelo de muchas personas y con esta nueva experiencia de vida llegan cambios, que incluyen un antes y después en los vínculos, incluyendo los de pareja.

Por este motivo, es importante considerar los cambios que implica la llegada de un nuevo miembro a la familia. Según la psicóloga, Yaritzel Rodríguez Rodríguez, para esta experiencia es esencial la estabilidad, satisfacción, madurez emocional y confianza, previo a la llegada o a la planificación de un evento como darle la bienvenida a un hijo.

“Somos pareja y después padres”, dijo al asegurar que si la pareja no está bien, el bebé no va a estar bien. Si la relación está enfrentando problemas, el ambiente emocional que se le está proveyendo al menor no será el adecuado y esto podría provocar que el niño o la niña pueda enfermarse, somatizar y otras consecuencias físicas o emocionales, destacó la profesional.

Si bien, en muchos casos, tener hijos promueve una mayor conexión entre las parejas, factores adversos pueden llevar a la desconexión en los vínculos amorosos.

“Lo que mantiene a una pareja juntos es el nivel de conexión que tienen entre ellos”, afirmó, considerando que, a la medida en la que surge esta desconexión, empiezan a manifestarse celos y mal interpretación de los comportamientos. 

De hecho, la Fundación National Childbirth Trust (NCT), explica que uno de los mayores factores que conducen a la tensión y problemas en las relaciones después del parto es la carencia de descanso. La falta de horas de sueño puede tener un impacto enorme en la vida diaria y la interacción entre la pareja. 

Por otro lado, los nuevos cuidadores están a menudo cortos de tiempo. Consecuentemente, las horas utilizadas anteriormente para socializar, relajarse y ejercer tareas domésticas se reducen, lo que puede cambiar la dinámica de una relación. Además, el dinero, o la falta de éste, puede ser una causa de estrés para la pareja.

A menudo, hay problemas emocionales atados a un asunto monetario, como la pérdida de independencia financiera o sentir la presión de tener que mantener a la familia.

Por su parte, la trabajadora social-clínica y directora del Instituto de Terapia Familiar, Rita Córdova Campos, coincidió al afirmar que las consecuencias de estas interacciones pudiesen ser el distanciamiento. 

“Enseguida nos damos cuenta de que la persona se está distanciando, no necesariamente físicamente, aunque también, sino que en modo afectivo”, alertó. 

Rodríguez Rodríguez añadió que lo fundamental es que, previo a tener el menor, cada cual se conozca a sí mismo y a sus necesidades, y no dependa del otro o la otra para ser feliz. 

Tienen una vida que mantener, lo que también pudiese traer la necesidad de ajustes, dijo. Por esta razón, entendió que deben tener un buen plan de cómo atender las necesidades del menor. 

A su vez, Córdova Campos, añadió que en esta etapa cambian las prioridades. Ahora las necesidades del hijo o de la hija están en primer plano, destacó.

 “Hay nuevas responsabilidades, por ende, hay que reestructurar la dinámica. Ya no estamos solos, hay que tomar otras medidas”, sostuvo Córdova Campos.

Desde la experiencia de Rodríguez Rodríguez uno de los problemas principales es la carencia de confianza. “Cuando no hay confianza más drama hay”, sostuvo.

Contó, asimismo, que en su práctica diaria lo más que ve son mujeres que no le permiten a papá ejercer su paternidad por la falta de confianza en sus capacidades. Medidas como estas tienden a provocar muchos conflictos de pareja, agregó. 

En el artículo de NCT sobre este tema, señala que hay muchas parejas que pueden sentirse marginadas cuando la madre o el padre se concentra exclusivamente en su hijo.

De igual manera, algunas personas pueden sentir que desaparecen cuando todos se centran en el nuevo bebé. 

La mujer puede incluso sentir que su papel es simplemente cuidar y alimentar al bebé en lugar de ser una pareja o persona por derecho propio. No obstante, es importante reconocer cómo los roles pueden cambiar y cómo esto puede hacer sentir a ambos encargados. 

Los profesionales recomiendan hablar para entender y discutir ambas perspectivas, para así obtener una mayor comprensión de las necesidades de cada uno y saber cómo mejor trabajarlas.

Córdova Campos agregó que los cambios que provocan más problemas, según su experiencia, muchas veces son los estilos de crianza. “Uno fue criado de una manera y la otra persona de otro, estas diferencias pueden provocar roces, discusiones y choques que pudiesen afectar a la relación de parejas como tal”, subrayó.

Estas conversaciones pueden tratarse de discrepancias respecto a la disciplina, permisividad, salidas, entre otros temas que complican la relación, comentó Córdova Campos. 

Explicó que, de no manejar estos conflictos en etapas tempranas, más se complica, pues mientras más edad tenga el menor, mayor dificultad. A partir de cierta edad, los menores ya tienen voz y quieren tener voto sobre los hechos, enfatizó.

“Las cosas no pasan, sino que se planifican y se ejecutan”, advirtió Córdova Campos. Todo depende de cuánto uno está dispuesto a hacer cambios en su conducta y cuántas ganas tiene de hacer la relación funcionar. No se trata de comprar flores o hacer viajes espontáneos, hay que hablarlo, concluyó.