La rabia en la adolescencia suele ser una de las emociones más difíciles de gestionar, tanto para quienes la experimentan como para sus cuidadores. Sin embargo, las razones por las que se produce esta emoción puede marcar la diferencia.

Para la psicóloga María Rodríguez Vidal, la clave está en mirar más allá de la reacción visible.

“La rabia no es una emoción primaria. Es una emoción secundaria, una máscara”, explicó. Detrás de esa rabia, especificó, suelen esconderse emociones que el menor no sabe nombrar ni expresar como la vergüenza, dolor, miedo, frustración o la sensación de no ser escuchado o comprendido.

Uno de los principales problemas, señaló Rodríguez Vidal, es que el foco suele ponerse únicamente en el menor. “Nos enfocamos en quién siente la emoción, pero no le damos herramientas a los cuidadores principales, padres, madres o maestros, para que entiendan primero qué les provoca a ellos esa emoción y cómo gestionarla”, precisó. Sin ese trabajo previo, resulta difícil ofrecer un verdadero acompañamiento.

La falta de comunicación abierta es otro de los grandes obstáculos, según Rodríguez Vidal. “Cuando el menor no sabe identificar lo que siente y el cuidador no sabe cómo ayudar, se rompe el canal”, afirmó. Señaló que ese canal debe construirse desde el amor y no desde el miedo. Muchos adolescentes sienten rabia mezclada con miedo al castigo, al regaño o a la humillación, lo que los lleva al aislamiento y a una mayor acumulación emocional, destacó según su experiencia profesional.

En la adolescencia, además, la intensidad emocional se dispara, expresó la psicóloga. “Hay una alta activación del sistema límbico. Las emociones se viven de forma sumamente intensa”, señaló. En ese contexto, la rabia puede manifestarse en irritabilidad, agresión verbal o física, o aislamiento, especialmente en una etapa marcada por la búsqueda de identidad y autonomía.

Qué evitar cuando un menor siente rabia

Por eso, Rodríguez Vidal subrayó que no es el momento de sermones ni castigos absolutos. “Cuando un adolescente está en el pico de la rabia no tiene la capacidad lógica para llegar a acuerdos”, comentó. 

Tampoco ayuda estar invalidando lo que siente el o la menor. Frases como “eso no es nada” o “son boberías” solo aumentan la rabia y cierran la comunicación, ejemplificó. En cambio, recomendó reconocer la emoción sin necesariamente aprobar la conducta que pueda acompañarla.

Entre las estrategias prácticas, Rodríguez Vidal propuso bajar el tono de voz, reducir estímulos, utilizar frases cortas y reflejar la emoción que el adolescente está experimentando. También, recomendó recurrir a técnicas de respiración y dejar las conversaciones más profundas para cuando la intensidad emocional haya disminuido.

El objetivo, explicó, no es eliminar la rabia, sino ayudar al adolescente a reconocerla y aprender formas más adecuadas de expresarla. “Todas las emociones son naturales”, concluyó, al señalar que los adolescentes necesitan un espacio seguro para poder expresarlas.

Cuando se trata de niños pequeños

Las rabietas infantiles requieren un abordaje diferente al de la rabia durante la adolescencia. Para el psicólogo infantil Andrés Cruz Santos, uno de los mitos más comunes al hablar de rabia en menores es esperar reacciones que su cerebro todavía no puede sostener. 

“Los niños sienten emociones bien fuertes, pero todavía no tienen desarrolladas las destrezas para manejarlas”, sostuvo. La razón es neurológica, puntualizó. “La parte frontal del cerebro, que controla el impulso y la regulación emocional, es lo último que termina de desarrollarse”, dijo. Por eso, según Cruz Santos, las rabietas no son una anomalía, sino parte del proceso evolutivo. 

“No podemos esperar que un bebé o un niño pequeño tenga el autocontrol de un adulto. Eso no es realista”, señaló Cruz Santos. Por eso, las rabietas pueden formar parte del desarrollo infantil y requieren acompañamiento y enseñanza de habilidades de regulación, más que castigos.

Ese aprendizaje también ocurre mediante la observación. “Esto es un trabajo grupal entre la familia, la escuela y los cuidadores”, sostuvo. El niño aprende, en parte, observando cómo los adultos manejan sus propias emociones. 

“Hay que ser bien conscientes de cómo papá y mamá se hablan entre ellos, porque el nene emula esa conducta”, destacó. Cruz Santos también recomendó evitar frases como “para de llorar” o “no es para tanto”. “Decirle ‘para de llorar’, ‘no es para tanto’ o esperar que el niño se comporte como un adulto es una expectativa injusta”, afirmó.

Ante una rabieta en público, la sugerencia de Cruz Santos fue retirar al niño del estímulo. “Yo saco al niño del escenario, lo llevo a un lugar más tranquilo y me mantengo calmado con él”, aclaró. No se trata de forzar una conducta inmediata, sino de permitir que se regule.

Las señales de alerta aparecen cuando las rabietas son muy frecuentes, intensas o incluyen conductas como morder, tirar objetos o agresión verbal. En esos casos, recomendó observar el contexto: “Las rabias no vienen de la nada. Siempre hay un detonante, y muchas veces tiene que ver con lo que pasa en la casa”.

“Un adulto lleva toda la vida sintiendo coraje. Un niño de ocho años solo lleva ocho”, sostuvo, al recordar que aprender a identificar y manejar las emociones es un proceso que toma tiempo.

Mientras, la Clínica Mayo manifiesta entre sus sugerencias recurrir al humor para liberar la tensión. Explica en su página web que aligerar la situación puede ayudar a aliviar la tensión. Propone recurrir al humor para enfrentar aquello que le hace enojar al menor y, de ser posible, las expectativas poco realistas que pueda tener sobre cómo deberían salir las cosas. Asimismo, detalló la importancia de evitar el sarcasmo, ya que puede herir sentimientos y complicar las cosas.

Está respondiendo a una emoción que todavía no entiende del todo, no por maldad, recordó Cruz Santos al recordar que aprender a manejar la rabia toma tiempo.