Los medicamentos para el manejo de la obesidad han transformado el tratamiento de esta condición, pero también plantean la necesidad de vigilar la relación de los pacientes con la alimentación y su imagen corporal. 

Para la endocrinóloga Leticia Hernández Dávila, el reto no está en los medicamentos, sino en cómo se utilizan y en el acompañamiento que reciben quienes los toman.

La especialista explicó que la aprobación de fármacos como semaglutida y tirzepatida ha incrementado significativamente las prescripciones debido a su eficacia para lograr pérdidas de peso clínicamente importantes. Sin embargo, insistió en que estos tratamientos deben entenderse como una herramienta dentro de un abordaje integral de la obesidad y no como una solución exclusivamente estética.

“El manejo médico debe ayudar al paciente a alejarse de lo que representa el estigma internalizado de la obesidad, incluyendo la autovaloración basada en la apariencia”, señaló. 

En su lugar, afirmó que el objetivo debe ser construir una mejor relación con los alimentos, nutrir adecuadamente el cuerpo y mejorar la salud metabólica y el bienestar general.

Aunque la evidencia disponible no demuestra que estos medicamentos provocan trastornos de la conducta alimentaria por sí solos, Hernández Dávila advirtió que pueden reforzar conductas de riesgo en personas vulnerables si no existe un seguimiento adecuado. Explicó que algunos pacientes llegan a interpretar la ausencia de hambre como la meta del tratamiento o dejan de reconocer como una señal de alarma una disminución excesiva del apetito.

Por ello, recomendó un monitoreo continuo que permita identificar signos como una restricción alimentaria excesiva, la eliminación completa de grupos de alimentos, el miedo a comer, la culpa después de alimentarse, el ejercicio compulsivo, una preocupación desproporcionada por el peso o cambios físicos y emocionales asociados con deficiencias nutricionales. También, alertó sobre pacientes que minimizan efectos secundarios importantes, como náuseas intensas o estreñimiento, por temor a que se suspenda el medicamento.

Esta preocupación coincide con una revisión publicada en 2024 en la revista International Journal of Eating Disorders, que concluyó que no existe evidencia suficiente para afirmar que los agonistas del GLP-1 provoquen trastornos alimentarios por sí solos. Sin embargo, los investigadores advirtieron que estas terapias podrían exacerbar síntomas o favorecer recaídas en personas con antecedentes de trastornos de la conducta alimentaria si no existe una evaluación psicológica y un seguimiento interdisciplinario, por lo que recomendaron realizar un cribado de estos trastornos antes de iniciar el tratamiento.

El riesgo no es solo por los medicamentos

Para la psicóloga clínica Solimar Alicea Merced, el mayor riesgo no está únicamente en el medicamento, sino en las razones por las que una persona decide utilizarlo y en el significado que le atribuye a la pérdida de peso. A su juicio, cuando el tratamiento responde, principalmente, a la presión social o a la búsqueda de aceptación, aumenta la posibilidad de desarrollar una relación poco saludable con la comida y con el propio cuerpo.

La especialista explicó que estos fármacos modifican la sensación de saciedad, lo que puede llevar a algunas personas a restringir la alimentación más de lo necesario. 

Alicea Merced sostuvo que estos medicamentos deben ser utilizados cuando una persona tiene alguna situación de salud y bajo supervisión médica. De lo contrario, añadió, puede distorsionar la percepción de una alimentación saludable y favorecer patrones de conducta problemáticos.

Señaló que el problema se agrava cuando el medicamento se convierte en la única estrategia para alcanzar una meta física. Explicó que la rápida pérdida de peso suele venir acompañada de comentarios positivos del entorno, lo que puede reforzar la obsesión con la báscula y la idea de que el valor personal depende del tamaño del cuerpo. 

“Se crea una obsesión con el peso y, entonces, se valida que mientras menos peso tenga, más éxito puedo tener”, advirtió Alicea Merced.

La psicóloga también destacó que existen poblaciones con mayor vulnerabilidad, entre ellas personas con ansiedad, depresión, baja autoestima, una marcada insatisfacción corporal o antecedentes de trauma emocional. Según explicó, en estos casos el deseo de adelgazar puede estar vinculado a necesidades emocionales más profundas que no desaparecen con la pérdida de peso.

Mientras, la endocrinóloga subrayó que las personas con antecedentes o rasgos compatibles con trastornos alimentarios, depresión, ansiedad o dietas altamente restrictivas requieren una evaluación más cuidadosa antes de iniciar tratamiento. En estos casos, dijo, el trabajo conjunto entre endocrinólogos, nutricionistas y profesionales de la salud mental resulta esencial para identificar factores de riesgo y desarrollar hábitos sostenibles.

Asimismo, Hernández Dávila cuestionó la imagen que proyectan las redes sociales sobre estos medicamentos. 

Se crea la percepción de que la obesidad solo conlleva una intervención farmacológica a corto plazo”, advirtió, al tiempo que añadió que muchas publicaciones promueven expectativas irreales sobre la rapidez de la pérdida de peso, omiten los posibles riesgos y fomentan el uso de medicamentos sin supervisión médica.

Por su parte, Alicea Merced llamó la atención sobre la influencia del entorno social. Afirmó que las redes sociales promueven un ideal de delgadez difícil de alcanzar y que, desde la infancia, muchas personas reciben críticas sobre su apariencia dentro del propio núcleo familiar. 

“La familia es la primera cultura donde se propicia esto, donde hay más críticas y más juicio acerca de cómo debo proyectarme socialmente”, expresó.

Frente a ese panorama, Alicea Merced insistió en que el tratamiento debe ir más allá de modificar el peso corporal. Aseguró que es fundamental identificar las causas emocionales que llevan a una persona a desarrollar hábitos poco saludables y trabajar esos factores con apoyo psicológico. 

“El reto no es bajar de peso, es mantenerte en un peso saludable y aprender en el proceso una mejor alimentación y un mejor estilo de vida”, afirmó.

Como mensaje final, Hernández Dávila recordó que “la obesidad es una condición crónica y recurrente de salud”, cuyo tratamiento debe abordarse con el mismo enfoque integral que otras enfermedades crónicas. En ese proceso, concluyó, el éxito no debe medirse únicamente por el número que marca la báscula, sino por la mejoría de la salud cardiometabólica, la calidad de vida y una relación saludable con la alimentación.

Por su parte, Alicea Merced invitó a quienes consideran iniciar estos tratamientos a preguntarse cuáles son sus verdaderas motivaciones para adelgazar. 

“Si estás identificando que quieres bajar de peso, identifica cuáles son las razones por las cuales quieres hacerlo y ve de la mano de un profesional de la salud mental”, concluyó.