Doña María, residente de Peñuelas, relata visiblemente compungida que su única hija en Puerto Rico partirá en los próximos días a los Estados Unidos en búsqueda de “una mejor vida”, pues su residencia está severamente afectada por causa de los eventos sísmicos en las pasadas semanas.

Aunque reconoce que a corto plazo “es su única alternativa”, admite que su nieta de cinco años “es la que me da fuerza, es quien me llena de vida, y ahora se me van las dos, nos quedamos solitos mi esposo y yo”.

Es conocido para los puertorriqueños la devastación y las consecuencias económicas que producen los desastres naturales. Destrucción que va mucho más allá de la infraestructura y el ambiente, ya que impacta directamente la salud física y mental de la población. La situación se complica cuando el evento ocurre de manera inesperada, como es el caso de un terremoto, ante la poca oportunidad para establecer estrategias de prevención individuales, familiares o colectivas.

Todos de alguna forma hemos sido testigos de cómo el terremoto del 7 de enero cambió la vida de decenas puertorriqueños, muchos de los cuales han visto en la emigración a los Estados Unidos como “la solución inmediata”.

No obstante, las condiciones para el cambio ejercen un gran peso, pues no es lo mismo quien decide irse luego de un análisis ponderado y con una oportunidad concreta en el lugar de destino, que quien lo hace en medio de una crisis o a toda prisa.

Paradójicamente, aunque una de las razones para partir es la búsqueda del bienestar de la familia, en algunos casos esa decisión tiene efectos negativos en la salud mental, por ejemplo, podría aumentar la desesperanza, el miedo, la ansiedad, el estrés crónico, entre otros. 

El fenómeno de la emigración resulta en una diversidad de consecuencias económicas y sociales, pero una de las principales es que contribuye a la desintegración familiar. Y conforme apuntan múltiples estudios, la familia es uno de los pilares principales en el proceso de recuperación.  Las modificaciones en la estructura y dinámica familiar afectan el ánimo de sus miembros, particularmente, de aquellos integrantes que asumen las responsabilidades de la persona que se marchó.

Mientras tanto, el que se va enfrenta la dificultad de adaptarse a un nuevo entorno y estilo de vida. Además, cuando los contratiempos inesperados provocan que las cosas no marchen conforme a lo planificado, el estrés se asoma y con fuerza. El asunto no queda ahí, porque lo incierto del futuro del integrante ausente eleva, al mismo tiempo, los niveles de estrés de la familia que permanece en el país de origen. 

Sin duda, uno de los principales estresores de la emigración está relacionado con la separación casi forzada de sus seres queridos, y/o el alejamiento de las redes de apoyo. El caso de Doña María lo deja muy claro, al tiempo que pone sobre la mesa otro aspecto a tomar en consideración.

Luego de un desastre natural, dos de las poblaciones con mayor vulnerabilidad son los adultos mayores y los niños. En el caso de estos últimos, el contacto continuo con los cuidadores primarios es un factor protector frente al riesgo, mientras que la separación de la unidad familiar podría perjudicar aun más su situación emocional. Las personas mayores, por su parte, es común que posean afecciones físicas o emocionales, elementos que profundizan la desesperanza y disminuyen su capacidad de protección y adaptación. 

Indudablemente, el apoyo social y familiar guarda un vínculo estrecho con el bienestar y la recuperación emocional después de un desastre natural. Además, facilitan la adaptación psicológica y ayudan a superar el duelo. El caso de Doña María nos recuerda, una vez más, que en circunstancias inesperadas la emigración podría perjudicar aún más la salud mental no solo del que se va, sino de aquellos que se quedan.

*La autora es psicóloga licenciada con especialidad en consejería psicológica.