Puerto Rico tiene una brecha importante en la detección temprana de los trastornos neurocognitivos, particularmente del trastorno neurocognitivo leve, una etapa que precede a lo que se conoce como demencia, aseguró el doctor Hjalmar Zambrana Bonaparte, neuropsicólogo clínico en Cambridge Health Alliance e instructor de psicología en Harvard Medical School.
Según explicó, esta fase permite identificar cambios sutiles cuando la persona todavía conserva su independencia y puede participar activamente en decisiones médicas y financieras.
Zambrana Bonaparte señaló que el valor de la neuropsicología se encuentra, precisamente, en identificar esos cambios antes de que la pérdida de independencia sea evidente. “La neuropsicología clínica y sus competencias permiten identificar esto hasta casi 6 años antes de que sea demencia”, afirmó. El trastorno neurocognitivo leve puede afectar la memoria u otras capacidades sin impedir todavía que una persona maneje sus finanzas, medicamentos o incluso conduzca. Un porcentaje que estimó entre 30% y 50% de estos casos pasa, posteriormente, a un trastorno neurocognitivo mayor.
En esta misma línea, el doctor Walter Rodríguez Irizarry, neuropsicólogo clínico y profesor en la Universidad Interamericana de Puerto Rico y en Ponce Health Sciences University, sostuvo que el proceso para el diagnóstico de cualquier tipo de deterioro cognitivo no se limita a determinar si una persona pierde memoria, sino en por qué, siendo este el factor clave que revela la neuropsicología.
Rodríguez Irizarry advirtió además que los problemas de memoria no implican necesariamente alzhéimer. Pueden estar relacionados con trastornos del sueño, medicamentos, drogas, depresión o ansiedad. El trabajo neuropsicológico permite determinar “cuánto contribuyen otros factores a la alteración de la memoria” y establecer si responde a un proceso degenerativo o a otra causa.
Sin esta rama de la ciencia, que el doctor considera clave, muchas personas pudiesen terminar con diagnósticos erróneos o recibiendo tratamientos que no atienden verdaderamente la raíz de su problema cognitivo. Explicó que la evaluación de las demencias requiere un abordaje interdisciplinario en el que la neuropsicología tiene un papel importante, aunque en Puerto Rico la disponibilidad de profesionales no alcanza para cubrir la necesidad de servicios ni es accesible.
En Puerto Rico, hay muy pocos neuropsicólogos con las certificaciones requeridas, estimó. “No somos lo suficiente para atender la necesidad de servicios”, reconoció.
A esto se suma una barrera económica: los planes médicos generalmente no cubren una evaluación neuropsicológica completa, mientras que las evaluaciones de cernimiento sí suelen estar cubiertas. Una evaluación completa podría costar desde unos $500 hasta varios miles de dólares, sostuvo el experto indicando que esta cifra sería solo el inicio del costo económico para un paciente apenas diagnosticado.
Para Zambrana Bonaparte, quien coincidió con Rodríguez, parte del problema responde a la estructura profesional de la isla. Explicó que un estudio que realizó, junto a su equipo, estimó que había entre 20 y 25 neuropsicólogos en Puerto Rico que cumplían con los estándares de formación establecidos por la Houston Conference. Frente a una población de aproximadamente 800,000 personas de 65 años o más, calculó que habría alrededor de un neuropsicólogo cualificado por cada 32,000 adultos mayores. La situación se agravaba por la fuga de profesionales.
Zambrana Bonaparte advirtió que las pruebas breves de cribado utilizadas en atención primaria también pueden pasar por alto casos tempranos. Algunas han sido validadas en poblaciones distintas a la puertorriqueña y sus resultados pueden estar condicionados por variables como edad, educación y bilingüismo. “No es solamente administrar las pruebas, es saber qué variables de este paciente afectan” el resultado, sostuvo. Una persona con mayor nivel educativo puede obtener una puntuación alta y, aun así, presentar síntomas relevantes, lo que puede producir un falso negativo y evitar que sea referida a una evaluación especializada.
También, planteó que la neuropsicología debe integrarse con mayor frecuencia a hospitales y clínicas de atención primaria. En Estados Unidos, explicó, los neuropsicólogos suelen formar parte de equipos hospitalarios junto a neurólogos y otros especialistas, mientras que en Puerto Rico la práctica se concentra mayoritariamente en consultas privadas.
Zambrana Bonaparte destacó además que los biomarcadores no sustituyen la evaluación clínica. Una persona puede presentar un biomarcador asociado con alzhéimer sin tener todavía el cuadro clínico. En esos casos, la neuropsicología permite establecer una línea base y monitorear cambios a través del tiempo.
Rodríguez Irizarry aclaró que, dentro del modelo diagnóstico utilizado en Estados Unidos, el concepto de demencia se ha sustituido por los de trastorno neurocognitivo menor y mayor. El primero permite identificar déficits cognitivos mientras las funciones adaptativas permanecen preservadas; en el segundo, además de los déficits cognitivos, esas funciones ya se han perdido. Por eso, señaló que “cuando hablamos de demencia, no estamos hablando solamente de que una persona olvida”, sino de cuánto han cambiado sus funciones cognitivas y adaptativas respecto a su funcionamiento previo.
El neuropsicólogo explicó que una evaluación para un potencial paciente de cualquier tipo de deterioro cognitivo comienza con una entrevista clínica detallada para reconstruir el historial médico y neurológico, el desarrollo psicológico, la formación educativa y las experiencias ocupacionales. También se entrevista a un allegado o “colateral”, porque las personas con trastornos neurocognitivos pueden tener dificultades para reconocer sus propios déficits.
A partir de ahí, las pruebas neuropsicológicas permiten evaluar memoria, atención, lenguaje, funciones visoespaciales y ejecutivas, entre otras capacidades. Su aportación, sostuvo, consiste en “medir objetivamente el funcionamiento cognitivo del paciente” y determinar si los cambios representan realmente un deterioro respecto al funcionamiento esperado.
El perfil obtenido se compara con el historial, el nivel educativo y el contexto de la persona, lo que permite responder preguntas que otros profesionales no necesariamente pueden contestar: qué funciones están afectadas, cuáles permanecen preservadas y cómo repercute el deterioro en la vida cotidiana.
Para Rodríguez Irizarry, el problema también es de conocimiento, ya que muchos pacientes desconocen qué aporta la neuropsicología y algunos, aun cuando son referidos, no tienen recursos para realizarse la evaluación. Sin embargo, comentó que en Estados Unidos muchos de la comunidad de expertos en neuropsicología han llevado a cabo protestas y cabildeo para que las aseguradoras cubrieran estos servicios y los considerasen como esenciales.
Mientras, Zambrana Bonaparte recomendó no asumir que todo olvido es demencia, pero tampoco atribuir automáticamente un cambio persistente al envejecimiento. “Si uno está observando un cambio persistente” respecto al funcionamiento previo, consideró que vale la pena investigarlo antes de que la persona pierda capacidades importantes.






