(Foto: Evan El-Amin / Shutterstock.com)

Mientras conversaba por teléfono desde su apartamento en el Yankee Stadium, en Nueva York, observaba a la distancia los 32 edificios con los que se topa cada tarde. En esa ocasión lucían desolados. El pasado 15 de marzo la ciudad de Nueva York cerró sus escuelas por orden ejecutiva del alcalde, Bill de Blasio, por causa del COVID-19.

El sentir diario de Rafael José Hernández Pérez, oriundo de Levittown, es una constante incertidumbre que inició cuando “Nueva York dejó de ser Nueva York”. 

“En Nueva York, lo menos que tu pasas es tiempo en tu casa”, relató en entrevista con Es Mental. “Entonces, de momento, te cambian todos los muñequitos, pero no con una transición, sino que de la noche a la mañana se acabó porque esta es la situación”. 

La última vez que besó y abrazó a sus amigos fue luego de tomarse unas copas de vino con ellos el 14 de marzo. Esa noche, él sabía que la ciudad cerraría pronto. A las 11:51 p.m., se dirigió nuevamente a su apartamento.

Dos semanas después, se encontraba en la sala de su residencia cuando un quejido de su vecina irrumpió el silencio. No pasó ni un minuto cuando escuchó llegar a los paramédicos, quienes se la llevaron en camilla con síntomas compatibles al COVID-19.

Las paredes de su apartamento son de cartón prensado, escuchó a la perfección cuando la ambulancia se la llevó: la misma que oye cada seis minutos desde que comenzó el encierro.

En Nueva York se han registrado 123,146 casos confirmados con COVID-19 y han muerto 11,477 personas.

“La ansiedad es terrible”, dijo. “Esta es una pesadilla, nadie pensó que esto iba a pasar en Nueva York”.

La ansiedad por el cambio de rutina que los neoyorquinos han experimentado de manera tan rápida, ha sido un padecimiento constante que ha notado la psicóloga clínica, Lorena Escoriaza Socorro, en su práctica privada en la ciudad.

“Es bien difícil estar 24 horas en estos espacios tan pequeños”, explicó. “Más ahora que se acerca el verano”. 

En Nueva York, el invierno tiende a ser característico porque es cuando más los ciudadanos trabajan. Mientras, tienden a aprovechar el verano, particularmente los viernes, para descansar. La psicóloga clínica mencionó que esto ha provocado que las tensiones entre los residentes de Nueva York incrementen porque temen estar encerrados los pocos meses calurosos del año.

Si bien es cierto que el individualismo que se vive en la ciudad ha ayudado a que muchos entiendan la responsabilidad de “sobrevivir en una ciudad tan dura”, cuando termine la cuarentena, la psicóloga pronosticó que las personas entenderán más el valor de la empatía. 

“Sentirme sola es algo frecuente porque aquí la cultura es tan diferente”, contó la puertorriqueña. “Pero, como hay tanto inmigrante aquí, hay un sentimiento familiar”. 

El Departamento de Salud e Higiene Mental de la Ciudad de Nueva York reveló que, hasta el pasado 6 de abril, entre cada 100,000 residentes, un 22.8% de los casos positivos por COVID-19 eran latinos e hispanos. Los afroamericanos les seguían con un 19.8%. 

Eso significa que los casos positivos por COVID-19 en Nueva York, tanto en afroamericanos como en latinos o en hispanos, duplican al 10.2% registrado en los blancos. 

“La mayoría de los latinos y los afroamericanos se destacan como víctimas de COVID-19, específicamente en la ciudad de Nueva York porque vienen con unas condiciones de salud que no son necesariamente congénitas o heredadas, sino que son producto de un acondicionamiento de la pobre nutrición y la pobreza”, explicó el sociólogo, Michael González Cruz. 

El sociólogo que ha investigado sobre los puertorriqueños en las ciudades en Estados Unidos ejemplificó que, estructuralmente, los boricuas y los afroamericanos han quedado rezagados en comparación con los asiáticoamericanos.

Sin embargo, la ciudad, a pesar de que ofrece diversidad y oportunidades de progreso, también requiere un mayor consumo de energía personal. Esto impone un nivel de ansiedad que los individuos no experimentarían si estuviesen en un entorno rural, ejemplificó. 

“Los seres humanos estamos en la ciudad porque necesitamos mejorar nuestra calidad de vida y estamos dispuestos a someternos a esa tensión estructural”, esbozó González Cruz. 

La misma estructura que, una vez la pandemia termine, puede cambiar, enfatizó. Así como el atentado a las torres gemelas ocasionó que las medidas de seguridad incrementaron en los aeropuertos alrededor del mundo, el COVID-19 también lo hará en otros renglones. 

Por ejemplo, ir a un concierto, celebrar un cumpleaños con más de diez personas o saludarse con un estrechón de manos, tal como sucede con los latinos y los afroamericanos, posiblemente no se pueda realizar más en el futuro.

“A mí me parece que debemos ir admitiendo esos cambios y utilizando la tecnología para cuando queramos compartir esos momentos especiales”, puntualizó el sociólogo. “El ser humano ha demostrado que tiene la capacidad de adaptarse, así que en estos momentos que se tratan de vida o muerte, creo que tenemos que comprometernos con estos cambios”.