Conversar sobre el suicidio nunca es sencillo, pero es una conversación necesaria. Así lo planteó el doctor Humberto A. Cruz Esparra, especialista en medicina conductual y director clínico del Hospital CIMA Menonita, al explicar el alcance del Programa Cero Suicidio, una iniciativa dirigida a transformar la forma en que los sistemas de salud atienden el riesgo suicida.

Hablar de suicidio nunca es un tema fácil, pero es bien necesario”, señaló Cruz Esparra. 

A su juicio, muchas veces el suicidio se percibe como un fenómeno distante. 

Pensamos que solo le ocurre a otras personas, pero la realidad es que es un problema de salud pública que afecta a familias, comunidades y sistemas de salud completos”, sostuvo.

Explicó que el enfoque de la iniciativa Cero Suicidio parte de una premisa clara: las muertes por suicidio pueden prevenirse cuando los sistemas de salud funcionan de manera coordinada. 

“La idea es muy poderosa: cada muerte por suicidio es potencialmente prevenible cuando los sistemas de salud funcionan de manera coordinada”, sostuvo.  

Más que un programa específico, se trata de un cambio estructural dentro del sistema sanitario. Tradicionalmente, explicó, la atención se ha centrado en responder a la crisis inmediata, sin garantizar continuidad en el cuidado.

Cuando una persona llega con una idea suicida, muchas veces el sistema responde de forma fragmentada. Se atiende la crisis, pero no siempre se garantiza el seguimiento”, indicó. 

El modelo busca que cada persona que entra al sistema de salud sea identificada, apoyada y acompañada durante todo su proceso de recuperación.

“La meta es bien simple, pero profunda: que ninguna persona en crisis se quede sola dentro del sistema”, puntualizó. 

El modelo Cero Suicidio se organiza a partir de siete pilares que guían la intervención. El primero es el liderazgo institucional, que implica asumir la prevención del suicidio como una prioridad organizacional.

Las instituciones deben asumir el compromiso de que la prevención del suicidio es una prioridad organizacional, no solo un asunto clínico”, explicó.

Otro elemento clave es la capacitación del personal. En este modelo, todos los trabajadores del sistema de salud reciben formación para identificar señales de riesgo y responder de manera adecuada.

“Se capacita a todo el personal, desde médicos y enfermería hasta trabajo social e incluso personal administrativo, para reconocer señales y saber cómo actuar”, explicó.

El tercer componente es la identificación temprana del riesgo. En los hospitales del sistema Menonita, esta evaluación comienza desde el triage en las salas de emergencia.

“Utilizamos el Columbia Suicide Risk Assessment. Se hacen dos preguntas iniciales y, si hay riesgo, se realiza una evaluación completa que hace una trabajadora social clínica”, explicó.

El sistema cuenta con seis salas de emergencia donde se aplica este proceso, especificó.

El modelo también incluye tratamiento basado en evidencia, transición y seguimiento después de la crisis, así como mecanismos de mejora continua. Cada tres meses se analizan datos y casos para fortalecer los procesos de prevención.

¿Cómo surgió el Programa Cero Suicidio?

La iniciativa surgió en respuesta a una realidad preocupante en la región central de Puerto Rico. Según Cruz Esparra, la tasa de suicidios en el área donde opera el sistema Menonita era considerablemente más alta que el promedio de la isla. 

“A nivel nacional, la tasa es de 7.9 por cada 100,000 habitantes, pero en nuestra área geográfica se triplicaba: era 21.5”, explicó.

Esa situación impulsó la creación de una estrategia específica para la región.

“Nos dimos cuenta de que había una necesidad real en el centro de la isla”, recordó. 

El proyecto tiene un amplio programa de capacitación y reorganización institucional, agregó. Además de la intervención clínica, el programa incluye trabajo comunitario. El sistema Menonita ha desarrollado actividades de alcance en ferias de salud, escuelas, organizaciones comunitarias e iglesias. 

No nos enfocamos únicamente en ver al paciente en el hospital; también hacemos outreach en la comunidad”, explicó Cruz Esparra. 

Estas iniciativas buscan educar sobre señales de alerta y facilitar la conexión con servicios de ayuda.

Destacó que muchas personas que mueren por suicidio habían tenido contacto previo con el sistema de salud.

Hay estudios que muestran que cerca del 83% de las personas que murieron por suicidio tuvieron contacto con un sistema de salud en el año previo”, afirmó. 

Esto indica que existen oportunidades reales de intervención si los sistemas están preparados para identificar el riesgo.

En Puerto Rico, explicó, el fenómeno presenta características particulares. Aunque la tasa histórica ha sido menor que en Estados Unidos, el problema sigue siendo significativo. 

En años recientes se han reportado alrededor de 190 muertes por suicidio anuales en Puerto Rico y desde el año 2000 se han registrado más de 7,000 casos”, indicó.

La mayoría de las muertes ocurre en hombres de mediana edad. 

“Entre el 80% y el 85% de los suicidios ocurre en hombres entre 40 y 59 años”, señaló. 

Este patrón difiere del observado en muchos países de Europa y América Latina, donde las tasas suelen ser más altas entre jóvenes.

Cruz Esparra subrayó que el suicidio rara vez responde a una sola causa. Factores como la depresión, intentos previos, el estrés económico y social, así como el impacto de desastres naturales o la migración influyen en la vulnerabilidad emocional de la población.

El programa también enfatiza el seguimiento posterior a la crisis, considerado uno de los momentos de mayor riesgo. 

Los días y las semanas posteriores a una crisis, especialmente los primeros 90 días, son el periodo más peligroso”, precisó.

Por ello, dijo que el modelo incluye una manejadora de casos que da seguimiento a los pacientes durante un año después de la hospitalización.

La intervención se apoya en terapias basadas en evidencia, como la terapia cognitivo-conductual para la prevención del suicidio y el modelo CAMS (Collaborative Assessment and Management of Suicidality), adaptado culturalmente para la población local. Además, el programa involucra a las familias, a quienes se educa sobre señales de alerta y mecanismos de apoyo.

Para Cruz Esparra, la clave está en entender la prevención del suicidio como un esfuerzo colectivo. 

El suicidio no es únicamente un problema de salud mental; es un problema de salud pública”, aseguró.

A pesar de la complejidad del problema, Cruz Esparra se mostró optimista sobre las posibilidades de prevención, asegurando que “las personas sí pueden recuperarse de una crisis suicida”. 

Más que un programa, esto es un cambio de cultura que nos permite construir sistemas que protegen activamente la vida”, concluyó.