(Foto y vídeo por César Candelario Febles)

El reloj marca las 8:00 a.m. y la matrícula del Proyecto Agroecológico El Josco Bravo comienza a recoger la cosecha al son de “El Jíbaro” Andrés Jiménez e Ismael Rivera en un fresco y húmedo valle de Toa Alta.

Esa mañana, las casi dos decenas de estudiantes, entre risas y habladuría, cosechaban ensalada mixta, arugula, kale, cebollines, habichuelas tiernas, rábanos, tomates y variedades de flores allí, en el valle Bucarabones en colindancia con el Valle del Toa.

“Para nosotros, hacer la agricultura de la manera que la hacemos es lo más que nos acerca a ser seres humanos; a ser esos seres humanos naturales. Esto es completamente lo contrario a lo que es una vida urbana de computadora y de todo artificial que lleva a esas personas a ser otros humanos”, contó Suley Cruz Berríos, educadora del proyecto, a Es Mental, sentada sobre un sillón de hierro bajo la sombra de los árboles y el ruido de niños jugando en sus ramas.

Cruz Berríos precisó que muchos de los participantes del El Josco Bravo llegan a la finca en busca de un escape de la rutina moderna y llegan a la finca a tocar suelo y volver a conectar con la naturaleza. 

“Las personas poco a poco se van enfermando, ya sea mentalmente, psicológicamente o emocionalmente y se empiezan a oscurecer de cierto modo. Tan solo el tu congeniar con otras personas que están en la misma vibración que tu, buscando trabajar a pesar que están haciendo un trabajo fuerte, eso libera la presión mental que estos tiempos artificiales que vivimos nos exigen”, compartió.

Cómo comenzó El Josco Bravo

La finca El Josco Bravo, como proyecto agroecológico, comenzó hace 13 años con la ayuda de dos bueyes criollos que araron los primeros surcos del sembradío, sus nombres: Josco y Caramelo. Al día de hoy, ambos bueyes todavía son los encargados de arar el terreno, contó la maestra de la escuela de agroecología.

Al igual que la finca pionera del proyecto Toa Alta, los educadores de El Josco Bravo también ofrecen clases en Gurabo, Manatí, Ciales, Mayagüez, Orocovis, San Juan, Loíza y San Lorenzo.

Cruz Berrios especificó que entre 500 y 600 personas solicitan formar parte del proyecto anualmente. El costo para los participantes es una donación de $100 para materiales ya que el objetivo no es el lucro, si no la educación para que Puerto Rico logre una soberanía alimentaria y una alimentación saludable.

“Todo lo que hacemos, lo hacemos como una estrategia y una forma de dar la lucha por el país que soñamos y que creemos que merecemos; así como Abelardo también lo hacía. Entonces, resulta que al nosotros estar en estas tierras, exactamente este es el farallón el cual Abelardo Díaz Alfaro describe en su cuento El Josco. Nosotros pensamos que es bien posible que el toro Josco haya estado entre el Valle de Bucarabones y el Valle del Toa (valles donde está localizada la escuela de agroecología)”, explicó.

En la parte alta de la finca, cerca de un pequeño lago, se encuentra el rancho. Adornado con la bandera puertorriqueña, con un techo de zinc y una estufa que calentaba el café, es la sede de las clases teóricas y la distribución de la cosecha.

“La agroecología es biológicamente intensa”, dijo al grupo de estudiantes Ian Pagán Roig, educador y cofundador del proyecto.

El enfoque de la finca El Josco Bravo es la agroecología, una forma de cultivo que vela porque se cuiden los recursos naturales, humanos y que no se explote la tierra con pesticidas, químicos, entre otros, causando efectos dañinos al medioambiente.

“Sembrar como si quisiéramos vivir en este planeta a perpetuidad. La diferencia entre la agroecología y la agricultura convencional es que la agricultura convencional es una situación extractivista en donde ves el suelo como una fábrica y sigues sacando sin cuidar el espacio. En la agroecología buscamos agradar el suelo con técnicas como compostas y prácticas de protección de suelo. La agroecología son principios”, explicó Cruz Berríos.

En la clase del viernes, 8 de mayo, uno de los temas que enseñó al grupo Ian Pagán Roig fue el de abonos verdes, plantas que se pueden sembrar para añadir nutrientes al suelo.

Así las cosas, al final de la clase, cada estudiante lleva consigo una ración de alimentos frescos que cosecharon ese día.

“Al final lo que tratamos es de salvarnos a nosotros mismos, de tener una vida saludable y óptima y también salvar el planeta que, mientras más gente sepa lo que es la agroecología y más gente sepa proteger la tierra y producir comida de forma saludable, mejor el planeta va a estar”, concluyó Cruz Berríos.