La reciente autorización por parte de la FDA de la primera prueba de sangre para detectar la enfermedad de Alzheimer representa un avance importante en la detección temprana de esta condición, aseguró el psicólogo clínico y catedrático del Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico, José Carrión Baralt.
Agregó que este es un paso en la dirección correcta porque, a pesar de la disponibilidad de múltiples herramientas diagnósticas, muchos médicos aún no realizan el proceso completo de evaluación para demencia debido a los altos costos que implican las pruebas tradicionales.
La prueba “Lumipulse G pTau 217/β-Amyloid 1-42 Plasma Ratio de diagnóstico in-vitro (DIV)” es una alternativa rápida, precisa y menos invasiva frente a las costosas resonancias o punciones lumbares. La misma, que detecta proteínas clave relacionadas con la enfermedad, acierta en más del 90 % de los casos y está dirigida a personas mayores de 55 años con síntomas de deterioro cognitivo.
Detallan los beneficios de la nueva prueba
Por su parte, el psiquiatra Victor Lladó destacó que, una vez esté en el mercado, podría ser una herramienta sumamente útil y accesible en comparación con las técnicas actuales, como los escáneres cerebrales o las resonancias magnéticas, que suelen ser costosas, invasivas y generan ansiedad en pacientes adultos mayores.
“Los métodos existentes implican procedimientos mucho más costosos y, en muchas ocasiones, disruptivos. Mucha gente le tiene miedo a meterse en la máquina, y hay personas mayores con dificultad para moverse que no pueden acceder fácilmente a esos estudios,” comentó.
La prueba de sangre, al ser menos invasiva, podría facilitar la detección temprana del deterioro cognitivo asociado al alzhéimer, permitiendo intervenciones más oportunas.
El psiquiatra resaltó, además, el valor de que la prueba sea sanguínea por su cotidianidad y menor resistencia en la población.
“Por ser una prueba sanguínea, la gente le tiene menos miedo al hecho de hacérsela,” dijo, subrayando que su simplicidad podría mejorar la aceptación y el seguimiento en la población en riesgo.
“No he visto el precio exacto, pero el artículo del New York Times mencionó que es una prueba cara. Dependiendo del costo, será accesible para unas personas y no para otras. Por eso es importante monitorear cómo las aseguradoras la cubren,” señaló Carrión Baralt al decir que, aunque sea más llamativa para muchos pacientes, puede ser de acceso limitado.
Sobre el impacto potencial, afirmó que la prueba permitirá iniciar el proceso terapéutico y diagnóstico con mayor rapidez y confianza, favoreciendo la detección precoz. Esto es crucial porque muchas personas normalizan la pérdida cognitiva asociada a la edad sin entender que no todas las funciones cognitivas se deterioran por igual.
“La rapidez de procesamiento puede bajar con la edad, pero habilidades, como el vocabulario, la lógica y el juicio, generalmente, se mantienen”, puntualizó.
Mientras, la psiquiatra Wilnelya Morales Rosado coincidió en que sacar una muestra de sangre es mucho más accesible y rápido que realizar un PET scan, que aunque no es invasivo, puede generar ansiedad por la exposición a radiación y el tiempo del procedimiento.
Sobre la eficacia, mencionó que estudios de esta prueba muestran una sensibilidad y especificidad alta —entre 92% y 97%— lo que indica un buen poder para confirmar o descartar la enfermedad, aunque advierte que debe aplicarse bajo criterios clínicos estrictos para evitar falsos positivos o negativos.
“Hoy en día no hay ningún método 100% seguro o exacto para diagnosticar demencia tipo alzhéimer hasta el momento del fallecimiento,” explicó Carrión Baralt.
“Por este motivo, se precisa buscar herramientas como ésta para diagnosticar más temprano, ya que muchos médicos esperan a que la condición sea evidente, cuando la persona se pierde o se expone a un riesgo grave, y solo entonces se movilizan”, agregó.
La prueba ofrece una herramienta adicional para que cuando las familias o médicos notan un cambio en la cognición de la persona, tengan un sustento para decidir hacer otras pruebas más costosas y complejas, o bien continuar con la observación, señaló el catedrático.
Específicamente, Morales Rosado enfatizó que esta prueba no está indicada para cualquier persona, sino para pacientes mayores de 55 años con síntomas clínicos de deterioro cognitivo y que el diagnóstico siempre debe incluir la evaluación de un especialista y el testimonio de un familiar o cuidador, ya que el paciente puede minimizar sus síntomas o carecer de conciencia sobre su condición.
Además, alertó sobre la existencia de pseudodemencia, un cuadro en el que la depresión genera síntomas que imitan la demencia, por lo que se deben evaluar otros factores como el estado emocional del paciente antes de confirmar un diagnóstico.
Respecto al impacto social, la doctora señaló que la ausencia de un cuidador principal puede dificultar la detección y manejo del alzhéimer. En Puerto Rico, en algunos casos, son los vecinos quienes alertan sobre cambios preocupantes en una persona mayor, ya que los pacientes no suelen acudir voluntariamente a evaluación. Esto refleja una realidad donde las dinámicas familiares a veces complican el cuidado, haciendo esencial la participación de familiares y cuidadores en el proceso.
La especialista también subrayó la importancia de que estas pruebas de sangre permitan acceder a tratamientos recientes para el alzhéimer en etapa leve, como los anticuerpos monoclonales que atacan las placas amiloides, ralentizando el progreso de la enfermedad. Estos tratamientos representan una esperanza para quienes reciben un diagnóstico oportuno, y la prueba de sangre podría facilitar su implementación al permitir un diagnóstico más rápido y menos invasivo.
Barreras actuales en la detección y evaluación
El diagnóstico del alzhéimer en Puerto Rico enfrenta múltiples retos, especialmente en la utilización y acceso a herramientas diagnósticas confirmatorias, según explicaron los expertos.
Según Carrión Baralt, una de las barreras principales es que la evaluación completa incluye neuroimágenes, como MRI o PET scans, y baterías extensas de pruebas neuropsicológicas que, además de ser costosas, a menudo enfrentan limitaciones de acceso, especialmente para personas con recursos limitados o que viven en áreas remotas. En este contexto, la nueva prueba de sangre aporta una alternativa menos invasiva y más accesible.
El proceso clínico, según describió el catedrático, comienza con la sospecha de pérdida cognitiva, que puede surgir del propio paciente, un familiar o un médico generalista. El especialista evalúa, primero, posibles causas sencillas, como efectos secundarios de medicamentos, y realiza pruebas de tamizaje cognitivo básicas, como el mini-mental o MoCA. Si persiste la sospecha, el médico ordena neuroimágenes para detectar daño estructural o funcional en el cerebro, lo cual puede implicar deducibles de entre 200 a 400 dólares, dependiendo de la cobertura del seguro.
“Luego, si hay dudas sobre el tipo de demencia, se refiere a un neuropsicólogo para una evaluación más detallada que ayude a precisar qué procesos cognitivos están afectados y guiar el diagnóstico final”, indicó.
En este complejo esquema, la prueba Lumipulse G funciona como una herramienta complementaria que puede justificar la necesidad de pruebas más avanzadas o, por el contrario, evitar procedimientos innecesarios cuando el resultado es negativo, mantuvo Carrión.
“Si la prueba sale negativa, el médico puede decidir continuar observando o buscar otras vías para cuidar al paciente”, agregó.
Mientras, Carrión Baralt valoró la utilidad clínica de la prueba porque podría motivar a más personas a evaluar a sus seres queridos al ofrecer un método más sencillo y menos costoso para confirmar sospechas.
“Hay médicos que asumen que la persona tiene alzhéimer sin hacer el diagnóstico adecuado, o simplemente descartan los síntomas como parte de la vejez, lo cual puede tener consecuencias negativas”, advirtió.
“Esta prueba da una oportunidad para tomar decisiones informadas, desde preparativos legales hasta planes de cuidado”, dijo.
Por su parte, Morales Rosado aclaró que el diagnóstico inicial es clínico, basado en síntomas y el historial colateral, ya que muchos pacientes no tienen la introspección necesaria para reconocer sus propios problemas cognitivos. Para ello, se aplican pruebas de cognición como el Montreal Cognitive Assessment (MoCA) o el Mini Mental State Examination (MMSE), pero estas solo forman parte del proceso, ya que es fundamental descartar causas médicas reversibles como deficiencias vitamínicas, delirios o toxicidades en sangre. Por este motivo, la falta de educación sobre los síntomas y la normalización del deterioro cognitivo a edad avanzada complican y retrasan más aún cualquier esfuerzo para evaluarse.
Para evitar malentendidos, Carrión Baralt insistió en la necesidad de educar tanto a pacientes como a familiares sobre los límites de la prueba y la importancia de un diagnóstico integral. También, destacó que todos los profesionales de la salud, no solo los neurólogos, deben estar capacitados para reconocer signos iniciales de deterioro cognitivo y recomendar la evaluación adecuada.
Finalmente, Carrión Baralt advirtió que esta prueba no es una solución definitiva, sino un avance que debe acompañarse de un adecuado manejo psicológico y social del diagnóstico.
“Hay personas que, al recibir un diagnóstico, se deprimen o abandonan su vida normal, y eso también hay que manejarlo con consejería y apoyo”, concluyó.






