Extrema autoexigencia, pobre autovalidación emocional, perfeccionismo y dificultad para establecer límites o pedir ayuda, son características particulares del denominado síndrome de la hermana mayor, que, aunque se haya normalizado culturalmente, tiene consecuencias a largo plazo. 

Pero, ¿qué realmente es el síndrome de la hermana mayor? Es un fenómeno que puede aparentar una señal de madurez o responsabilidad en algunas niñas (y posteriormente adultas mujeres). Desde muy pequeña, por ejemplo, asumen responsabilidades emocionales y prácticas que no le corresponden, como cuidar hermanos, mediar conflictos, proteger a mamá o papá y/o lucir “siempre fuertes”, explicó la psicóloga Odalys Vázquez.

No es un término clínico reconocido en el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM-5), más bien es un rol emocional, que podría incidir en la forma en que alguien se relaciona consigo y con los demás, reiteró.

El síndrome de la hermana mayor es utilizado en diversos contextos para explicar las conductas, presiones y/o responsabilidades a las cuales se enfrentan las hijas mayores dentro de un sistema familiar, especialmente en culturas en las cuales se espera que las mujeres, desde muy pequeñas, asuman roles de cuidado, servicio, responsabilidad y otros, asignados a los roles de género, describió por su parte la doctora Nellynnette Acevedo Ramírez, especialista en consejería psicológica. 

Son niñas (y luego mujeres) que se convierten en figuras de apoyo y cuidado dentro de sus familias por situaciones de crisis, ausencias de figuras protectoras, dificultades económicas o expectativas sociales relacionadas al hecho de ser la primera hija

“El síndrome de la hermana mayor está relacionado con el concepto de parentalización, que describe cuando un menor asume roles o responsabilidades emocionales o físicas que corresponden a un adulto. Adicional a esto, estudios feministas y de género han encontrado cómo las niñas, especialmente las mayores, son más propensas a asumir roles de cuidado desde muy pequeñas”, agregó Ramírez.

Ser la primera hija trae consigo, además, la expectativa de ser más madura y más responsable, por lo que se le exige más que a los hermanos menores. 

Aunque Alfred Adler, uno de los primeros psicólogos en estudiar la dinámica familiar, propuso que el orden de nacimiento puede influir en aspectos como la personalidad, el desarrollo emocional, el nivel educativo y el estatus social de las personas, la licenciada María Del Valle Rodríguez, consejera psicológica, aseguró que no se trata únicamente del orden de nacimiento entre los hermanos; también influyen factores como la crianza, el contexto cultural, la diferencia de edad entre hermanos y la situación socioeconómica.

La hermana mayor adopta un rol casi parental y de liderazgo dentro del sistema familiar y esta carga suele ser implantada por sus padres haciendo énfasis en que “eres el ejemplo de tus hermanos, mencionó también Del Valle Rodríguez.

Según Vázquez, desde la terapia familiar, psicoterapeutas como Salvador Minuchin y Virginia Satir han ofrecido una mirada profunda sobre cómo las dinámicas familiares moldean los roles que cada miembro asume dentro del sistema. 

Por ejemplo, Minuchin hablaba de los límites difusos que pueden existir entre padres e hijos, especialmente cuando hay disfunción o sobrecarga parental. En estos casos, puede ser común que la hija mayor sea triangulada para ocupar un lugar de cocuidadora o mediadora emocional. 

Este reordenamiento jerárquico genera un desbalance: niñas que crecen priorizando las necesidades de los demás, desarrollando una fuerte orientación al deber y al cuidado, muchas veces en detrimento de su propio desarrollo emocional”, sostuvo la psicóloga.

Satir, por su parte, hacía hincapié en la importancia de la comunicación afectiva dentro del sistema familiar y cómo los miembros, especialmente los menores, desarrollan roles compensatorios como lo son “la responsable”, “la mediadora” o “la que todo lo puede” para mantener la armonía del sistema. 

En muchas familias, la hija mayor ocupa este lugar, no porque lo elija, sino porque el sistema lo necesita para sostenerse, afirmó Vázquez.

Las consecuencias emocionales del síndrome de la hermana mayor

Los roles de responsabilidad emocional en la niñez temprana afectan el bienestar emocional a corto y largo plazo. Las niñas que experimentan esta dinámica pueden presentar una necesidad constante de estar disponibles para otros, especialmente al volverse adultas, señaló la doctora Acevedo Ramírez.

De igual manera, experimentan sentimientos de culpa si no cumplen con las expectativas de los demás y la percepción de que su valor depende de su ejecución con otros y no de quiénes son como personas. 

Desde muy pequeñas sienten que no pueden fallar ni equivocarse, porque fallar puede ser percibido como decepcionar a su familia. Inclusive, dejan de jugar o vivir su niñez plenamente, porque sienten que tienen una responsabilidad que no puede ser negociable.

Algunas pudieran manifestar una sensación persistente de agotamiento, un estilo relacional orientado al complacer o sostener a otros, y una dificultad para identificar o priorizar sus propias necesidades, compartió por su parte Vázquez.

También, pueden experimentar ansiedad, culpa o la sensación de que “nunca sé es suficiente”, ya que han internalizado que su valor está vinculado al rol de ser las que resuelven, cuidan o se hacen cargo.

El proceso en terapia 

Para trabajar con esta situación, el primer paso es identificar las creencias y expectativas asociadas con el rol de hermana mayor, dijo Del Valle Rodríguez.

En terapia se trabaja en flexibilizar estas diferentes creencias mediante técnicas de reestructuración cognitiva y ejercicios de autocompasión, con el propósito de ser más flexible con las autoexigencias detrás del síndrome de la hermana mayor. 

También, se promueve el desarrollo de una identidad más amplia, ayudando a construir un autoconcepto saludable. Parte del proceso incluye diferenciar entre lo que se siente como una obligación (debo) y lo que realmente se desea (quiero), recomendó la consejera.

Por otro lado, la doctora Acevedo Ramírez subrayó que este síndrome tiene su raíz en el sistema familiar y los roles parentales, por la tanto, prevenir que una hija mayor (o cualquier hija/o) cargue con responsabilidades emocionales y físicas desproporcionadas implica cambios conscientes en las dinámicas familiares.

La niñez tiene derecho a vivir su infancia libre de cargas emocionales o responsabilidades que corresponden a los adultos. Es imprescindible no delegar funciones parentales a hijas e hijos y evitar normalizar o reforzar roles de sobrecarga en las hijas mayores. Además, educar desde una crianza consciente de género, rompiendo los estereotipos que asocian a las niñas y adolescentes (luego mujeres) con la responsabilidad emocional y física de otros”, sostuvo.

Finalmente, Vázquez habló de establecer límites saludables, aprender a decir “no”, trabajar la autoaceptación y el autocuidado, pues las personas que han crecido con el síndrome de la hermana mayor a menudo se sienten responsables de las emociones y el bienestar de los demás, lo que puede generar agotamiento emocional.

 “No se trata de negar lo vivido, sino de resignificarlo. Entender que cuidarse a sí mismo/a no es egoísmo, sino una forma de sanar y de construir relaciones más equilibradas y saludables”, concluyó.