Los trastornos psiquiátricos se dividen en varios grupos, entre ellos los trastornos de ansiedad, que implican un desajuste en el sistema de alerta del cerebro. Este sistema, formado por estructuras como la amígdala, reacciona normalmente a situaciones de peligro real, como un ataque o una amenaza inminente, lo que desencadena respuestas físicas y emocionales para enfrentar la situación.

Sin embargo, cuando el sistema de alerta está descalibrado, el cerebro percibe peligro donde no lo hay, generando ansiedad y angustia. Si esta sensación aumenta, se convierte en miedo, y cuando llega a un nivel extremo, hablamos de pánico, explicó el psiquiatra Raúl López Menéndez.

En este marco, expresó que el trastorno de pánico se manifiesta con síntomas físicos intensos, como dolor en el pecho, temblores, sensación de irrealidad, entumecimiento y, en algunos casos, pérdida de control sobre el cuerpo. Estos síntomas son interpretados por el cuerpo como una señal de que se enfrenta a una amenaza grave, aunque no exista ninguna. 

Detalló que, en situaciones extremas, el pánico puede llevar a la persona a creer que está muriendo o perdiendo el control completamente, lo que a menudo provoca visitas a las salas de emergencia. A pesar de la intensidad de estos episodios, en muchos casos el desencadenante no es una situación de peligro, sino una falla en la regulación del sistema nervioso que percibe amenazas inexistentes, precisó López Menéndez.

Por su parte, el psicólogo clínico y catedrático auxiliar de la Universidad de Albizu, Jonathan Muñiz Cardona, añadió que es crucial diferenciar entre el miedo natural, que es una respuesta humana ante situaciones peligrosas, y un ataque de pánico, que es una reacción desproporcionada al miedo. Estos ataques pueden surgir de la nada o estar vinculados a experiencias previas, así como a ciertos desencadenantes médicos o el uso de sustancias, como alcohol o cafeína en exceso, aclaró.

Muñiz Cardona continuó especificando que el trastorno de pánico se caracteriza por episodios de miedo o malestar intensos que pueden durar desde unos minutos hasta un periodo más prolongado. Durante estos ataques, las personas pueden experimentar síntomas físicos, como palpitaciones, sudoración, temblores, dificultad para respirar, sensación de ahogo, mareos, náuseas, escalofríos o incluso la sensación de “hormigueo” en el cuerpo. En algunos casos, las personas pueden sentir que están desconectadas de la realidad o experimentar un miedo extremo a perder el control o morir.

A su vez, un artículo del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos expuso que, a menudo, el trastorno de pánico suele manifestarse con mayor recurrencia al final de la adolescencia o a principios de la edad adulta. Enfatizó en que los ataques de pánico pueden ocurrir con tanta frecuencia como varias veces al día, o tan poco como unas cuantas veces al año. 

Asimismo, especificó que no hay evidencia científica que sostenga o desmienta la posibilidad de que el trastorno de pánico puede ser hereditario. Sin embargo, no todas las personas que tienen un ataque de pánico llegarán a tener este trastorno. 

Las consecuencias de ignorar este trastorno

Según López Menéndez, una de las mayores dificultades en el tratamiento del trastorno de pánico es su reconocimiento. “Muchas personas lo minimizan o lo ven como una reacción normal ante el estrés, pero ignorar estos episodios puede llevar a complicaciones más graves, como problemas de concentración, insomnio, cambios en el apetito, y un deterioro general del sistema nervioso”, mantuvo. 

En algunos casos, las personas recurren al alcohol como forma de automedicarse, lo que alivia temporalmente los síntomas, pero esto solo empeora la situación a largo plazo, alertó. El uso continuo de alcohol no solo aumenta la severidad del trastorno de pánico, sino que puede derivar en dependencia o alcoholismo, entre otras consecuencias, dijo López Menéndez.

Mientras, Muñiz Cardona subrayó que los síntomas se suelen atribuir erróneamente a una condición médica y se tiende a minimizar el problema. En consonancia con López Menéndez, indicó que ignorar los ataques de pánico puede llevar a que la condición empeore con el tiempo, afectando seriamente la calidad de vida.

Es relevante considerar aspectos culturales al hablar del trastorno de pánico, consideró Muñiz Cardona. En la cultura puertorriqueña, por ejemplo, se habla de «crisis de nervios», que son episodios intensos de ansiedad. Sin embargo, el trastorno de pánico es algo más persistente e irracional, y no debe ser confundido con una reacción aislada al estrés.

Una persona puede identificar que está lidiando con un trastorno de pánico cuando los ataques se repiten con frecuencia y comienzan a afectar su vida cotidiana, destacó Muñiz Cardona. El simple temor a que ocurra un ataque puede generar ansiedad intensa, puntualizó. 

Cuando estos episodios impactan áreas importantes de la vida, como el trabajo, la vida personal o los estudios, es fundamental buscar ayuda profesional para descartar otras condiciones y recibir tratamiento adecuado”, recomendó Muñiz Cardona.

Es crucial que quienes experimenten estos síntomas busquen atención de un profesional de salud mental, idealmente un psiquiatra, que pueda ofrecer un tratamiento adecuado, ya sea mediante fármacos, psicoterapia o una combinación de ambos, aconsejó López Menéndez. Identificar y tratar el trastorno de pánico a tiempo puede mejorar significativamente la calidad de vida del paciente y evitar complicaciones mayores, señaló.

Mientras, Muñiz Cardona insistió en la importancia de señalar que algunas personas son más vulnerables al trastorno de pánico, como aquellas que ya han experimentado episodios previos de ansiedad o depresión. Además, agregó que se ha observado que las mujeres son más propensas a experimentar estos síntomas.