La genofobia, también conocida como la coitofobia, es el miedo a las relaciones sexuales penetrativas y a los genitales, tanto de la persona que sufre de esta fobia como de otras personas, explicó la sexóloga Tatiana Aponte.

Agregó que es un miedo irracional, produce ansiedad y despierta un bloqueo mental. Muchas veces viene de traumas pasados. También, puede venir por creencias culturales negativas hacia el sexo o la sexualidad, falta de conocimiento sobre los genitales o la sexualidad de la persona, o alguna experiencia de agresión sexual.

No es ninguna condición clínica descrita en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-V).

Por su parte, María Rodríguez Vidal, sexóloga y psicóloga clínica, indicó que se trata de un terror hacia ese momento en el que hay un tipo de penetración. Sin embargo, una persona que sufre de genofobia sí puede disfrutar interacciones sexuales no dirigidas al coito, como los abrazos, los besos y la estimulación de zonas erógenas, pero cuando surge la penetración el terror no le permite proceder al acto sexual, puntualizó.

Tanto Aponte como Rodríguez Vidal precisaron que puede afectar tanto a hombres como mujeres, y que las causas pueden ser multifactoriales. Sus razones también pueden variar dependiendo de la persona y su género u órganos reproductivos, señaló Aponte. En cuanto a los hombres, puede venir una ansiedad ante su rendimiento sexual. 

Las mujeres son las más que sufren de genofobia, en comparación al género masculino. Sufren de dolor en la penetración, falta de deseo, muchas veces desconocen detalles sobre su identidad sexual o placer. 

“Un hombre puede fácilmente observar su pene si mira hacia abajo, pero la vagina está escondida”, destacó Aponte al establecer que estos aspectos también se ven reflejados en las tasas de falta de orgasmo o vaginismo. 

El Journal of Sex & Marital Therapy realizó una investigación con sujetos de entre 14 y 60 años y demostró que lo sufrían el 23.9 % de las mujeres adultas y el 10.3 % de los hombres. Es más que un simple miedo, puede resultar en consecuencias somáticas, emocionales, cognitivas y conductuales.

Según Rodríguez Vidal, también puede surgir tras una experiencia negativa en el sexo, miedo a no satisfacer o cumplir las expectativas de la pareja. También puede ser por el insumo de sexualidad mal vista, como de la pornografía que crea unas expectativas erróneas de lo que es el acto sexual. 

Las secuelas de la genofobia

De hecho, según Aponte, una de las secuelas de la genofobia es el vaginismo, lo que impide la penetración. El vaginismo tiene la misma raíz, miedo, traumas pasados, entre otros asuntos. La genofobia también puede afectar la vida interpersonal, amorosa y su relación consigo mismo.

La genofobia no atendida puede afectar la comunicación, la comunicación sexual, el deseo y el placer, dijo Rodríguez Vidal. “Cuando se toca el tema o cuando van directamente a la penetración, la persona hace ghosting, se aleja, lo evita, entre otras conductas resultantes de ese miedo”, describió. 

La genofobia es distinta al desinterés o la asexualidad, es un miedo, un comportamiento evitativo, una fobia tratable, subrayó Aponte. Se puede atender a través de terapia psicológica o sexual. Sin embargo, la persona tiene que estar dispuesta y comprometida con el proceso. 

No se suele hablar sobre sexo, y menos sobre los aspectos negativos o más crudos, opinó Aponte. Por ende, social y culturalmente existe un velo que obstruye estas conversaciones.  Muchas personas con fobias no buscan ayuda, ni tan siquiera llegan a terapias sexual o psicológica.

“La sociedad pone un peso significativo en el acto sexual, específicamente si se trata de una mujer. Se crean unos patrones de expectativas y juicios que ponen a la mujer en una posición de vulnerabilidad hacia el hombre, que pueden estar relacionados a valores culturales, religiosos o sociales”, sostuvo Rodríguez Vidal. 

Agregó que esto pasa a aportar a la creación de este miedo y el desarrollo de la genofobia. Lo que más fomenta este tipo de conducta es el miedo a perder la virginidad o ese mal pensamiento de que mientras más parejas sexuales tenga una persona, menos valor tiene, aseguró.

También lo fomenta el asociar la sexualidad con aspectos místicos, religiosos o culturales, la falta de educación sexual, el conocimiento de sexualidad basado en pornografía o material explícito. Asimismo, también contribuyen la falta de exposición a información basada en evidencia, el pensamiento de que el tamaño del miembro genital tiene que ver con la funcionalidad o de que la actividad sexual tiene que durar dos o tres horas y que las mujeres tienen que ser multiorgásmicas. 

Se puede trabajar a través de tratamientos psicológicos fijados en las experiencias de trauma y la fobia a la experiencia, sugirió Rodríguez Vidal. No solamente se trata de desmitificar que el acto sexual tiene que tener coito o que es la parte más importante, pero sí poder psicoeducar para conocer qué otros métodos de placer pueden tener hasta sobrepasar ese temor.

Consecuentemente, muchas veces las personas que están en estas circunstancias sienten que están solas, o aisladas dentro de sus vivencias. No obstante, existen grupos de apoyo y recursos de ayuda, explicó Aponte.