Los recientes avances en terapias contra el alzhéimer han generado titulares esperanzadores, pero la especialista en geriatría, la internista Vanessa Sepúlveda advirtió sobre la necesidad de mantener los pies en la tierra. 

Estos fármacos no curan la enfermedad, lo que hacen es ralentizarla. Eso es un logro histórico, pero no significa que tengamos una solución definitiva”, subrayó. 

Una comisión de expertos publicó esta semana, en The Lancet, una serie de artículos sobre los avances en la lucha contra el alzhéimer. Entre sus informes resaltó que los nuevos fármacos lecanemab y donanemab han demostrado ralentizar la progresión de la enfermedad entre un 27 y un 35%. Celebran que, por primera vez en la historia, se dispone de tratamientos capaces de alterar el curso de la enfermedad. Sin embargo, también resaltan la gran controversia: los nuevos fármacos son caros, tienen efectos secundarios y muestran una eficacia todavía modesta.

Los medicamentos lecanemab y donanemab actúan sobre la base biológica de la enfermedad al eliminar placas de amiloide y modificar la proteína tau, pero su alcance sigue siendo limitado, explicó Sepúlveda. 

Mientras se usan, reducen la carga de amiloide, pero aún no sabemos cuánto tiempo se puede mantener estable un paciente al suspender el tratamiento. Esto incluso puede implicar una dependencia”, señaló.

Los ensayos iniciales se han realizado durante 18 meses y ya existen seguimientos de hasta 36, aunque la especialista advierte que todavía falta evidencia sólida a largo plazo. “Artículos recientes resumen muy bien dónde estamos: los nuevos fármacos no solo tratan síntomas, sino que atacan la patología de la enfermedad. Sin embargo, aunque ralentizan el deterioro, no representan una cura definitiva”, enfatizó.

El doctor José Carrión Baralt, psicólogo clínico, epidemiólogo y profesor de gerontología en la Universidad de Puerto Rico, puntualizó que se trata de un logro histórico.

Son los primeros, por eso es noticia y abre una cierta esperanza en el campo. Para la mayoría, significa más tiempo relativamente funcional antes de que el deterioro avance significativamente”, dijo.

No obstante, reconoció la complejidad de su impacto: la eficacia es modesta y el coste elevado. “Más que un gran avance clínico, es un gran avance de investigación”, afirmó. 

Biomarcadores como complemento indispensable

Mientras, los biomarcadores sanguíneos aparecen como el complemento indispensable a los nuevos fármacos mencionados. Si los medicamentos como lecanemab y donanemab actúan reduciendo la acumulación de placas de amiloide y modificando la proteína tau, los biomarcadores son la herramienta que permite identificar qué pacientes se beneficiarían más de esas terapias y en qué momento iniciarlas.

Sepúlveda subrayó que, aunque la reducción de placas es significativa, alrededor de un 30%, la respuesta no es igual en todos los pacientes ni se sabe cuánto dura la estabilización tras interrumpir el tratamiento. Ahí es donde entran los biomarcadores: ofrecen la posibilidad de detectar la enfermedad en fases muy tempranas y monitorizar la evolución, lo que puede guiar mejor la decisión clínica sobre empezar, mantener o ajustar el uso de estos medicamentos.

Carrión destacó el potencial de la detección temprana. “El beneficio es que la persona puede hacer cambios importantes en su estilo de vida y poner en orden sus asuntos antes de perder capacidad cognitiva. El riesgo es el falso positivo, que podría causar ansiedad innecesaria”, confirmó.

Ambos coincidieron en que el uso de biomarcadores ya ha revolucionado la investigación y el diagnóstico, aunque todavía se aplican principalmente en personas con síntomas. Sepúlveda alertó que no se recomienda el cribado en población asintomática por el impacto psicológico de un diagnóstico anticipado e incierto. En el futuro, si las pruebas son más confiables y accesibles, podrían incorporarse en chequeos rutinarios a partir de los 50 o 55 años, lo que abriría la puerta a iniciar terapias antes de que el deterioro sea evidente. A esto, Carrión añadió que muchos pacientes llegan a consulta demasiado tarde, cuando la enfermedad ya ha avanzado y la eficacia del tratamiento puede ser menor.

Prevención del alzhéimer y retos de accesibilidad de nuevos fármacos

Además de los tratamientos farmacológicos, la especialista subrayó la importancia de estrategias preventivas basadas en evidencia. 

Tres aspectos son clave: actividad física, actividad mental y socialización, y una dieta balanceada. Hay estudios que muestran que estas intervenciones, cuando se aplican de manera controlada, pueden prolongar la calidad de vida”, resaltó. 

También, insistió en el valor de tratar comorbilidades como diabetes, hipertensión, colesterol alto, problemas de visión y audición, así como hábitos de vida saludables, para reducir riesgos.

En cuanto a prevención, el especialista Carrión destacó que muchos factores de riesgo son difíciles de modificar en la edad adulta, aunque el control de obesidad, sedentarismo, hipertensión y diabetes sigue siendo crucial. “Sabemos lo que hay que hacer, pero los cambios de conducta son mucho más complejos que tomar una pastilla diaria”, apuntó.

Por su parte, Carrión también abordó la desconfianza histórica en torno a los tratamientos.

Ya hubo otro medicamento que prometió lo mismo y fracasó. La gente ha escuchado durante años que en cinco años habría cura, y no ha ocurrido”, recordó.

Señaló que los estigmas hacia los adultos mayores y la falta de cobertura económica pueden limitar la adopción de estos fármacos, aun cuando representen un avance real.

Sepúlveda advirtió sobre la percepción errónea del envejecimiento. 

Envejecer no significa desarrollar demencia. El alzhéimer es una enfermedad biológica, compleja y sistémica, que afecta al organismo en su totalidad, no solo al cerebro”, aclaró. 

Por eso, sostuvo que un enfoque interdisciplinario: combinar fármacos que actúan sobre la patología, otros que manejan síntomas, y estrategias preventivas, incluso después del diagnóstico.

Finalmente, apuntó a la importancia de la accesibilidad y el manejo seguro de estos tratamientos. 

“Se requiere seguimiento intensivo y centros de infusión especializados. No todos los adultos mayores tienen cobertura médica completa, pero debemos garantizar que los pacientes de alzhéimer tengan los mismos derechos que quienes padecen otras enfermedades crónicas”, detalló.

Carrión tipificó al futuro de esta enfermedad como un tema controversial.

“Los medicamentos prometen, pero son caros y requieren un seguimiento intensivo. Aun así, estamos mejorando y, aunque sea poco, no nos queda de otro más que seguir”, cerró.

Con esta visión integral, Sepúlveda sostiene que es posible mantener a los pacientes activos, funcionales y con memoria más tiempo, transformando el abordaje del alzhéimer de una enfermedad inevitable a un desafío clínico manejable, concluyó.