Cada vez son más los países que dan paso adelante a la restricción de redes sociales a menores de 16 años ante la creciente evidencia de cuán vulnerables pueden resultar a ciberacoso, contenidos perjudiciales y secuelas emocionales y psicológicas.

Si bien en diferentes partes del mundo se debate sobre el uso de las redes sociales en niños y adolescentes, Australia es el primer país en prohibirlas entre menores de 16 años por los efectos que tienen sobre su bienestar. Desde el 2025, a través de la ley Online Safety Amendment, obliga a plataformas como Tik Tok, Facebook e Instagram a bloquear perfiles hechos por niños y adolescentes, de lo contrario, pueden resultar sancionadas con multas que sobrepasan los 50 millones de dólares australianos. 

En Puerto Rico, una nueva medida legislativa busca, también, la seguridad de los niños y adolescentes puertorriqueños al utilizar las redes sociales. El Proyecto de la Cámara 1136, plantea un control a menores de 16 años a la hora de crear perfiles en plataformas sociales. Asimismo, propone medidas rigurosas para poder corroborar que haya consentimiento por parte de un adulto, en caso de crear o tener un perfil. 

Similar a la ley australiana, se enfoca en imponer multas a las plataformas digitales si no cumplen con lo establecido por el estado. El proyecto ya ha sido evaluado por las comisiones en la Cámara y ha recibido críticas y preocupaciones sobre asuntos constitucionales y la dificultad de implementación. 

Los adolescentes son más susceptibles que los adultos principalmente por la etapa en la que se encuentran; en la cual tratan de descubrir quiénes son, qué les gusta y cómo encajan en el mundo. Esto los hace más sensibles a lo que otros piensan y a la aceptación social, explicó la doctora Sofía A. Vélez Cintrón, psicóloga consejera.

Sus cerebros aún no están listos para analizar bien lo que ven ni para pensar en las consecuencias de sus acciones. Por tanto, muchas veces no logran distinguir que lo ven en estas plataformas (como los cuerpos ‘perfectos’, las familias ideales o los viajes y la diversión) son una versión editada y/o fingida de la realidad.

Desde una perspectiva evolutiva, en la adolescencia ocurre un proceso natural de separación de la familia y mayor acercamiento de pares, que es necesarios para la supervivencia. Sin embargo, este proceso no ocurre igual, ya que muchas relaciones hoy sociales dependen de las pantallas.  El contacto antes era físico, pero ahora se da en entornos digitales, planteó la doctora Nilka Rosado Román, psicóloga. 

Se propone los 16 años como edad mínima para la utilización de estas, porque, en comparación con etapas más tempranas, suele darse un grado mayor de madurez para manejar la tecnología. 

A esa edad, según Vélez Cintrón, muchas personas han desarrollado mejor su capacidad de pensar de forma más crítica, regular sus emociones y tomar decisiones con mayor conciencia. 

“Esto les permite cuestionar lo que ven, entender que no todo es real y manejar mejor la presión social. También, aunque la identidad aún se sigue construyendo, suele haber un poco más de claridad sobre quiénes son, lo que puede hacerlos menos vulnerables a comparaciones extremas o a depender completamente de la validación externa”, sostuvo. 

Pero, recordó que más que una edad exacta, también es importante considerar -en la crianza- la educación digital, la supervisión y la madurez individual de cada adolescente.

En la investigación Social comparison and maladaptive emotion regulation are associated with poorer mental health in social media users, se analizó el impacto del uso de redes sociales en la salud mental y se concluyó que quienes tienden a compararse frecuentemente con otros usuarios —especialmente en términos de éxito, apariencia o estilo de vida— presentan mayores niveles de ansiedad, depresión e incluso ira. Un problema que suele intensificarse cuando se combina con la carencia en la regulación emocional, la catastrofización o la autocrítica excesiva.

Revela, además, que los jóvenes, particularmente perteneciente a la Generación Z, muestran mayor vulnerabilidad; con niveles más altos de comparación social y peores indicadores de salud mental.

 “A los adolescentes les cuesta diferenciar la ‘realidad’ que ven en las redes sociales, porque no tienen el pensamiento crítico completamente desarrollado, que es necesario para entender ese contenido filtrado o construido. A esas edades no logran hacer el ‘switch’ de entender que en redes solo se proyecta una parte de la realidad”, recordó Rosado Román.

Entonces, el contenido puede provocarles emociones intensas y constantes e influir en sus pensamientos y estado anímico, dijo la doctora.

“Estamos hablando de un cerebro activo 24/7, que puede pasar horas conectado a una realidad que no es la suya”, agregó. 

Vélez Cintrón enfatizó en que, la relación entre el uso problemático de las redes sociales y la ansiedad, la depresión y la baja autoestima es bastante significativa, y en muchos casos se da en ambas direcciones. 

Por un lado, el uso excesivo puede intensificar el malestar emocional y, por el otro, aquellos adolescentes que ya se sienten preocupados o tristes tienden a recurrir a estas como una forma de escape o para buscar validación externa.

Además, la dinámica de los likes y comentarios puede generar una dependencia de la validación externa. Cuando esa aprobación no llega, pueden aumentar sentimientos de inseguridad, rechazo o tristeza”, sostuvo.

Para concluir, apuntó a que el ejemplo que brindan los padres, y la manera en que acompañan (empleando también las redes) influyen directamente en cómo los adolescentes las manejan.

Así que, promover experiencias fuera del entorno digital, como actividades recreativas, deportivas o sociales, favorece el desarrollo de habilidades interpersonales y reduce la dependencia exclusiva de las redes como principal espacio de interacción.

Además, la coregulación emocional por parte de los adultos, que hace referencia a acompañar al adolescente en la identificación, validación y manejo de sus emociones. De acuerdo con la profesional de salud mental, es clave para el desarrollo de la autorregulación y les permite enfrentar de forma más saludable los retos de la vida cotidiana, incluyendo las experiencias que se presentan en el entorno digital.