Aparte de los síntomas y las implicaciones físicas que puede tener una lesión cerebral traumática (mejor conocido como TBI, por sus siglas en inglés), las repercusiones emocionales y sociales también suponen secuelas arduas de la enfermedad crónica para el paciente y el cuidador, incluyendo depresión, ideas suicidas y dificultades para adaptarse a la nueva realidad.

“Dentro de esas secuelas de la enfermedad crónica, cae la parte de salud mental. Hay unos de los elementos que podemos ver más a través del comienzo del trauma de ese primer año, pero hay otras secuelas que sin duda ninguna seguimos trabajando a través de los años”, afirmó Deborah Acosta, psiquiatra en la Clínica Ambulatoria de Psiquiatría del Recinto de Ciencias Médicas.

Durante el primer año, cerca de un 50% de los pacientes de TBI presentan síntomas de depresión y después del primer año, la prevalencia de depresión suma un 25% apuntan datos que proveyó Acosta, también colaboradora de la Fundación Luis Salazar Géigel.

De igual forma, un 8% de los pacientes reporta ideación suicida y un 3% intentos de suicidios en los primeros cinco años luego de la lesión. Igualmente, un 36% reportó síntomas de ansiedad.

Las complicaciones de salud mental se asocian al deterioro funcional del paciente, se asocian al paciente que no está respondiendo bien a su plan de rehabilitación. Si yo tengo un paciente deprimido, que no quiere participar, que no tiene la motivación, puede ser más incapacitante que la incapacidad física que el paciente tenga”, señaló Acosta.

Cuando hay una lesión, una de las cosas que se va a ver es una tormenta de neurotransmisores, de mensajeros que tiene el sistema nervioso, que provocan que anímicamente el paciente se desestabilice. Podemos ver muchas manifestaciones que no necesariamente van a ser permanentes, se van a ir corriendo mientras el paciente se va recuperando de lo demás, lo que tenemos que estar pendiente es que no se prolifiquen”, añadió.

A pesar de que algunos pacientes de TBI no cumplan con todos los síntomas de un trastorno de salud mental específico, sí pueden tener síntomas que les afecten. De los síntomas más comunes luego del trauma pueden ser: cambios de personalidad, impulsividad, irritabilidad, desregulación emocional, apatía, entre otros.

Según la psiquiatra, casi el 95% de los pacientes con TBI que atiende, presentan síntomas asociados con irritabilidad.

Los determinantes sociales y las consecuencias emocionales

Por otra parte, los factores de riesgo más significativos que inciden sobre pacientes con TBI son: historial psiquiátrico previo, severidad del trauma, determinantes sociales comorbilidades físicas y el sexo femenino, aseguró.

Acosta señaló que uno de los factores de riesgo más significativos y determinantes de la enfermedad son los determinantes sociales de los pacientes.

“Pacientes van a estar a mayor riesgo de desarrollar esto (alguna enfermedad de salud mental). Pacientes que tienen problemas de acceso en sus propias viviendas, de acceso a los servicios médicos, pacientes que tienen problemas económicos porque no tienen una cubierta de plan o no tienen los medios. Esos determinantes, mientras más complejos, más predisponen al paciente a tener complicaciones de salud mental”, advirtió.

En el hogar después del trauma

Como parte de la tercera conferencia anual de la Fundación Luis Salazar Géigel, organización que busca promover una rehabilitación más completa y efectiva en los pacientes que sufren un TBI en Puerto Rico, Raúl Rosado, consejero en rehabilitación y director de Team Rehab de la fundación destacó la importancia de integrar al paciente a su diario vivir una vez se agotan los recursos y el paciente regresa a su residencia.

“Lo importante no es excluirlo de lo que es su diario vivir, sino integrarlo y que siga sintiendo que todo es posible. Naturalmente, lo que buscamos al final del día es que no necesite de equipos ni de personal que le asistan, sino que esa misma persona pueda volver a realizarse”, explicó Zomaira González, terapista ocupacional en el Hospital Menonita en Caguas y colaboradora de la Fundación Luis Salazar Géigel.

Por otra parte, González añadió que es importante también cuidar al cuidador.

No solamente velamos por el paciente, sino también por el familiar. En estos casos, el familiar se ve tan trastocado como también lo es el paciente. A veces piensa que no solo va a vivir por él, sino también por el paciente”, compartió.

“La realidad de este paciente en el hospital y en la residencia, son dos completamente distintas. En esta condición, mi familiar salió de lo más bien y de repente, me lo viraron distinto y ellos describen que en términos de personalidad también han cambiado”, contó Rosado.

Desde la exclusión social del paciente, la invasión de su privacidad y miedos a que le vuelva a ocurrir un episodio de la enfermedad hasta el impacto económico de su rehabilitación, son retos que los cuidadores y los pacientes enfrentan durante el regreso a su vida cotidiana.

Como recomendaciones, Rosado sugirió ampliar la visión de diversidad funcional, incluir a la familia como parte de la rehabilitación y promover un equipo interdisciplinario que atienda al paciente.

“Ampliar la visión de diversidad funcional y no ver el impedimento como que es algo individual, sino que afecta a todo el grupo familiar para que todo el grupo familiar pueda entenderlo. Como decía Zomaira, una de las preocupaciones que tiene el cuidador es qué va a pasar con este paciente el día que yo no esté y es una preocupación real porque no hay quién los cuide”, concluyó.