Aunque aún exista cariño, no todas las relaciones siguen siendo saludables. Reconocer cuándo una relación se ha deteriorado puede ser confuso, especialmente cuando no hay violencia o “toxicidad” evidente, dijo la psicóloga Zayana Figueroa Montero.
En este marco, para la psicóloga Nahomi Martínez Laboy, una de las ideas más importantes desde la psicología es que el cariño, por sí solo, no garantiza una relación saludable.
Martínez Laboy señaló que muchas personas permanecen en vínculos donde aún hay amor, pero que ya no son seguros ni nutritivos a nivel emocional. En esos casos, explicó, el vínculo deja de sostener y comienza a desgastar.
¿Cómo saber si es momento de terminar la relación?
Sin embargo, ¿cuándo es que “trabajar en la relación” se convierte en un esfuerzo que ya no vale la pena? Una de las señales más claras aparece en la comunicación, respondió Figueroa Montero. Explicó que cuando esta se vuelve constantemente negativa y deja de conducir a la resolución de conflictos, lo que predomina es el desgaste emocional y no el bienestar.
De hecho, un estudio longitudinal publicado en Journal of Family Psychology encontró que una mayor comunicación negativa antes del matrimonio se asocia significativamente con una mayor probabilidad de divorcio y menor ajuste marital en los primeros cinco años de matrimonio, lo que evidencia cómo los patrones de interacción temprano pueden predecir la estabilidad futura de la relación.
Este tipo de comunicación negativa se relaciona con disminuciones en la satisfacción y aumenta el riesgo de que los conflictos no se resuelvan de manera constructiva a lo largo del tiempo.
Otro indicador importante es la pérdida de seguridad emocional, mencionó Figueroa Montero. Esto ocurre cuando una de las partes no se siente escuchada, apoyada o en libertad de expresar lo que siente por miedo a la reacción del otro. En esos casos, dijo, muchas personas optan por callar para evitar problemas, lo que debilita aún más el vínculo.
Para Martínez Laboy entre las señales más claras para considerar terminar una relación se encuentran los patrones persistentes de falta de respeto, la invalidación emocional y el desgaste crónico. Cuando una relación genera más ansiedad, tristeza o hipervigilancia que bienestar, dijo, ya es clínicamente relevante.
Desde el modelo Gottman, el desprecio como una de las alertas más graves, ya que suele manifestarse a través del sarcasmo, la burla o la humillación, y predice un deterioro profundo incluso cuando aún existe afecto, destacó Martínez Laboy.
La repetición de conflictos sin reparación es alerta clave, coincidió Figueroa Montero. La experta explicó que, aunque los temas cambien, cuando el patrón se repite y no hay intención real de resolver, la relación se vuelve insostenible. “No se trabaja el problema, se aguanta”, advirtió, lo que a largo plazo incrementa el malestar.
También mencionó conductas como la crítica constante, el desprecio, la indiferencia y la invalidación emocional. Citó que estos comportamientos son predictores frecuentes de ruptura, ya que reflejan desinterés por la seguridad emocional de la otra persona y una minimización de sus emociones.
A esto, Martínez Laboy preguntó, ¿cómo se diferencia una crisis normal de pareja de un deterioro estructural? En una crisis todavía hay respeto, apertura al diálogo y capacidad de reparación. Las parejas pueden discutir intensamente, pero reflexionan, asumen responsabilidad y hacen cambios reales. En cambio, habló de deterioro cuando el problema no es el tema puntual, sino el patrón repetido: las mismas discusiones, las mismas heridas y promesas sin acción. Cuando se cronifican la crítica, la defensividad, el desprecio y el bloqueo emocional, el pronóstico se complica.
Figueroa Montero fue enfática en que hay que diferenciar una crisis normal de pareja de un deterioro estructural. Aclaró que no todo conflicto significa el final de una relación y recordó que las crisis pueden ser oportunidades de transformación si ambas partes están dispuestas a trabajar. Recomendó buscar ayuda profesional cuando la pareja ya no puede resolver los conflictos por sí sola.
El agotamiento emocional ocupa un lugar central en esta evaluación. Martínez Laboy explicó que no se trata solo de cansancio mental, sino de un sistema nervioso en estrés sostenido. Cuando la relación se vive como una lucha constante y no como un espacio de apoyo, deja de ser sostenible, aunque exista amor.
Desde su perspectiva clínica, la falta de seguridad emocional es una razón válida y suficiente para terminar una relación, incluso sin violencia explícita. No poder expresar emociones sin ser ridiculizado, castigado o ignorado constituye un entorno emocionalmente inseguro que afecta la autoestima y la salud mental.
Para evaluar si aún hay esperanza, Figueroa Montero sugirió observar si persisten el afecto, el respeto y el cuidado mutuo, incluso en medio del conflicto. Si existe interés genuino por el bienestar del otro y por encontrar soluciones, la relación puede fortalecerse. Sin embargo, advirtió que si solo una de las partes quiere reparar y la otra no asume responsabilidad, es una señal de alerta.
Entre los errores más comunes, Figueroa destacó asumir toda la culpa individualmente, minimizar el problema pensando que “es solo una etapa”, o creer que el tiempo lo resolverá todo sin hablar ni trabajar la situación. Finalmente, subrayó la importancia de diferenciar entre incomodidad y daño emocional: cuando una relación compromete la estabilidad psicológica y emocional, dijo, es necesario priorizar el bienestar personal antes que la continuidad de la relación.
A su vez, Martínez Laboy abordó el miedo a la soledad y al cambio como factores que mantienen a las personas en relaciones que ya no funcionan. Opinó que muchas veces no se quedan por amor, sino por miedo, dependencia emocional, costumbre, factores económicos o falta de apoyo externo.
Finalmente, recomendó evaluar si aún existe un proyecto de vida compartido basado en valores alineados y decisiones pensadas desde el “nosotros”. Cuando la relación se sostiene solo por inercia, advirtió, no es compromiso, es costumbre.
Ante la ambivalencia, Martínez Laboy validó que la mente suele entender antes que el corazón y sugirió observar evidencia y cambios reales, conectar con los propios valores y apoyarse en terapia para tomar decisiones coherentes con el bienestar emocional.



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