Luego de mis últimos cuatro días corridos de trabajo, me siento a escribirles estas palabras mientras miro una de las mascarillas N95 (mascarillas que filtran 95% de las partículas en el aire) cerca de mi teclado y quisiera pensar que es solo una pesadilla. O una película de ciencia ficción dónde hay un virus mundial, para el cual no hay vacuna, que está infectando al mundo. 

Pero lamentablemente no es un sueño. 

Yo, galeno boricua, soy uno de los más de 40 mil médicos de emergencia en Estados Unidos, en una institución universitaria, donde normalmente recibimos traslados de todo el estado. Entrené cuatro años luego de terminar mi carrera en medicina para atender emergencias. En mi hospital tenemos los mejores sub-especialistas, desde cirujanos de corazón hasta investigadores científicos, en todas las ramas de la ciencia. Pero no trabajamos solos, somos parte de un gran equipo de héroes:  enfermeras, técnicos de rayos X, terapistas respiratorios, residentes, personal de transporte y los encargados de la limpieza en las trincheras de una guerra que aparenta solo estar comenzando.

Y estamos MUY preocupados. Por nuestro pueblo y por nuestros pacientes, pero hoy más que nunca por nosotros mismos. Y créanme, normalmente no somos así.  Ser médico de emergencia te entrena para trabajar con lo que sea. Desde una mujer de parto inesperado en el asiento de un carro hasta un repentino ataque al corazón o un aparatoso trauma. Y si, estamos conscientes de que trabajando en un ambiente como la sala de Emergencia, hay y siempre habrá riesgos. Como médicos de emergencia, siempre seguimos adelante, tolerando, al igual que el resto del equipo que trabaja en la sala, muchas veces insultos verbales y físicos. Compartamentalizamos todas esas tragedias vividas en el volumen oculto de nuestro cerebro, en pequeñas cajas que quisiéramos aplastar,  tratando de apagar los sentimientos como si fueran una luz. Eso nos permite trabajar con “normalidad”.

Lo que pasa es que en esta ocasión estamos peleando con un problema invisible, donde nuestros mismos queridos colegas ahora pueden ser el enemigo. La realidad es que es muy temprano para entender con certeza cómo se comporta este virus. Es de la misma familia de los virus corona (los mismos que causaron el SARS y el MERS), pero es una cepa nueva. No hay vacuna, ni tratamiento. Por eso el COVID-19 está causando la disrupción de la vida como la conocemos. 

El martes ya había en Estados Unidos se han 42,164 casos confirmados con 471 personas que habían fallecido. Que se sepa, había ya dos médicos de emergencias enfermos  por el coronavirus en estado crítico. ¿Cuál es nuestra preocupación mayor? Que hay muchos que no tienen la protección básica para trabajar con estos pacientes. Hay personas que pueden venir a la sala con una laceración en un brazo y tocen, y a todos se nos ponen los pelos de punta. En mi caso, mi mayor preocupación sería enfermar a mi familia.

¿Cuál es nuestra preocupación mayor? Que hay muchos que no tienen la protección básica para trabajar con estos pacientes.

Muchos de nosotros hemos cambiado nuestro diario vivir. Durante mi turno, llevo mi mascarilla N95 siempre a la mano. Utilizo una mascarilla de cirugía “regular porque me protege de tocarme la cara y recoger un virus que esté en una superficie como una mesa,  los estudios apuntan a que pueden vivir ahí hasta 3 días. Claro en el hospital nos pasamos limpiando constantemente las superficies y nuestras manos. Al llegar a mi casa, yo, al igual que muchos tenemos nuevos rituales que serán por ahora nuestra nueva rutina. Dejo mis zapatos en el garaje donde me quito mi ropa y la dejo ahí en una bolsa. Me cambio a un pantalón corto y camiseta que deje ahí antes de irme al turno, y voy directo a la ducha sin saludar, sin que la perra me brinque encima. Y me doy un baño caliente, tratando de lavar de mi cuerpo las bacterias los virus y mis miedos. 

He dejado mi anillo de matrimonio en casa, ya que el virus se pega al metal y otro posible vector de contagio. Luego es que saludo, pero de lejitos. Hace días que no le doy un beso a mi esposa y a mi hijo. No se cuanto durará este nuevo patrón en nuestras vías, pero seguro serán varios meses, y esta nueva realidad es difícil. Mi madre vive en mi mismo pueblo en el estado de Florida y mis suegros están de visita, y pues trato de tener cero contactos, ya que a su edad este virus puede ser mortal.

Tenemos miedo de que cuando esto empiece con más impulso, nos pasará como Italia.

Tenemos miedo de que cuando esto empiece con más impulso, nos pasará como Italia. Algunos modelos muestran que nuestra progresión de casos es igual a la de ellos.  Una nación donde una gran mayoría de sus trabajadores de la salud están contagiados, y dónde el número de muertes es mayor que en China (o por lo menos según ha reportado) dónde originó el brote inicial de esta pandemia en enero. Médicos de emergencia y médicos de intensivo cuentan con horror desde allá, cómo atienden pacientes en los pasillos y cómo se les han terminado los ventiladores mecánicos y cómo están teniendo que decidir quiénes los usan y quiénes no.

Ahora les toca la difícil tarea de decidir literalmente a quién se le da la oportunidad de seguir viviendo y a quién le toca morir. El sábado, solo  en 24 horas, en Italia murieron 624 personas y había sobre 6,000 nuevos casos, para un total de 47,000 casos y 4,000 muertos. 

Ese mismo día en la Sala de Emergencia donde trabajo, se tomaron medidas para discernir quién viene por síntomas de COVID19 y quién viene por una queja “regular”, o sea dolor de pecho, fracturas y otras emergencias de la cotidianidad pre-coronavirus,  y nuestro censo ha bajado en los últimos días. Regularmente tenemos hasta 50 personas en nuestra sala de espera en un día normal. Ahora son muchos menos. 

Quiero pensar que, ante las advertencias que se le han hecho a la ciudadanía, se está tomando las cosas en serio y no están viniendo a la sala a menos que sea estrictamente una emergencia.  Pero me siento como si estuviera en una playa viendo la ola venir. Es la calma antes de la tormenta. 

Tememos que por ahí viene un tsunami de pacientes, porque veo las redes sociales y las playas del estado están llenas. ¡Los restaurantes están repletos como si no pasara nada!

Tememos que por ahí viene un tsunami de pacientes, porque veo las redes sociales y las playas del estado están llenas. ¡Los restaurantes están repletos como si no pasara nada! Los jóvenes piensan que son invencibles y siguen sin entender que se contagiaran y que, aunque no están en el grupo de personas que hemos visto -hasta hoy- que enferman gravemente, lo llevaran a un vecino que podrá enfermarse gravemente y morir. 

¡Algunos médicos y profesionales de la salud  tienen miedo por primera vez en sus carreras de ir a trabajar! Tenemos miedo a que se nos acaben nuestras medidas de protección y de que el gobierno haya pedido que usemos bandanas en vez de mascarillas si fuera necesario. ¿Enviaría a usted a un soldado a la guerra sin un chaleco o sin armas? 

Esto es lo que nos dice un gobierno que llevó una campaña de desinformación a la ciudadanía por muchas semanas, donde se llevó el mensaje de que “nadie se debía preocupar que esto se resolvería cuando se calentara el clima”, y  dónde se dijo -y muchos creen que es cierto- que se trata de otra campaña de los demócratas para sacar al presidente Donald Trump. Esto no es un “virus chino”, aunque originó en dicho país. Esto es un virus que no cree en colores, naciones, partidos ni religión. Necesitamos unirnos más que nunca, para juntos vencer este momento en nuestra historia como navegantes de esta nave llamada tierra. Es un momento donde debemos dejarnos guiar por la ciencia y poner de nuestra parte ya que no hay quién crea que habrá una vacuna por al menos en un año. 

¡Hay que quedarse en la casa hasta nuevo aviso! Es la única manera de mitigar esta situación para ver si podemos controlar que haya una subida rápida de pacientes enfermos que visiten a un sistema de salud que ya, antes de esta pandemia, estaba cargado y el mismo, enfermo. 

Quiero poder besar a mi familia, abrazar y besar a mi hijo. Quisiera estar en una playa en Culebra, en su blanca y suave arena, viendo las olas con mi esposa y mi niño, y no pensar que lamentablemente la tormenta para todos está por venir. 

*El autor es médico de emergencias puertorriqueño que trabaja en Florida. La opinión vertida en esta columna es suya personal, no de la institución para la cuál labora.