Por décadas, en la psicología hemos apuntado al estigma para explicar la razón por la cual muchas personas no acceden a servicios de ayuda de salud mental. La Organización Mundial de la Salud define estigma como “una marca distintiva que establece una demarcación entre la persona estigmatizada y otros individuos, que atribuyen características negativas a esa persona.
El estigma asociado con las enfermedades mentales a menudo conduce a la exclusión y la discriminación social y crea una carga más para la persona afectada.” En arroz y habichuelas, en Puerto Rico tradicionalmente ha habido personas que piensan que acceder servicios psicológicos es para “locos”, por lo que el estigma se convierte en barrera para buscar ayuda.
Sin embargo, y sin invalidar que todavía existen personas que tienen esta línea de pensamiento, debemos analizar a profundidad otras barreras estructurales para que las personas accedan a estos servicios. Varias razones me motivan a esto.
Primero, desde el huracán María la cantidad de personas que buscan servicios, pero se enfrentan a múltiples barreras han aumentado exponencialmente. Es mi impresión que la necesidad ha hecho que el estigma se reduzca o que las personas soliciten servicios a pesar de este. Segundo, mi experiencia en comunidades marginalizadas en Puerto Rico y con estudiantes me ha llevado a cuestionar si el problema mayor es el estigma o es la manera en que hemos conceptuado los servicios psicológicos desde un modelo médico, impersonal y anclado en una clínica, oficina u hospital. Esto en sí mismo es una barrera para que muchas personas no se sientan cómodas o tengan acceso a tales servicios.
Históricamente, el apoyo a la salud mental de nuestra gente se daba en comunidad. Sin embargo, el modelo médico nos ha llevado a apartar los servicios de las comunidades y localizarlo en oficinas privadas y hospitales. Solo luego de un desastre, nos damos cuenta de que la ayuda debe estar cerca o en la comunidad y que los apoyos no solo tienen que ser de un psicólogo o psicóloga.
Los adiestramientos en primeros auxilios psicológicos, que han proliferado, son una buena estrategia para fomentar el apoyo de primeros respondedores y de personas más cercanas a las comunidades necesitadas. Además, modelos como los de promotoras comunitarias que fomentan organizaciones como Taller Salud y el Fideicomiso de Salud Pública deben ser mirados con detenimiento para evaluarlos y escalarlos con justa retribución económica para las promotoras.
La promotora o promotor en salud ayuda a que las personas tengan acceso a los servicios necesarios y construye capacidades en el individuo, la comunidad y el sistema, incrementando los conocimientos en salud y la autosuficiencia a través de una variedad de actividades, como la extensión de servicios y educación a la comunidad, la conducción y seguimiento del paciente, la educación e información sobre salud comunitaria, el asesoramiento informal, el apoyo social, la mediación y la participación en la investigación clínica. Culturalmente y desde una base de justicia, este debe ser el paso adecuado.
Barreras para acceder a servicios de salud mental
Las barreras estructurales para acceder a servicios de salud mental son varias. Estas incluyen las largas esperas para obtener citas. Para algunas personas el tiempo de espera para una primera cita puede ser de hasta tres meses. El sufrimiento y necesidad de la persona no tiene un botón de pausa que le posibilite esperar ese tiempo sin consecuencias.
Otra gran barrera son los planes médicos y su valorización o ausencia de esta de los servicios psicológicos. La consecuencia de esto es 1) una estructura de retribución económica para los profesionales de la psicología que no compara con la de médicos; 2) servicios esenciales que ofrece la psicología que no son pagos por los planes; 3) límites en sesiones prescritos por estos planes, 4) disparidad en la calidad de servicios que reciben las personas con el plan de salud del gobierno, entre otras.
Puerto Rico tiene un severo problema de distribución geográfica de servicios. Una persona que vive en el área metropolitana tiene mayor acceso a profesionales de la psicología que personas que residen en el centro del archipiélago o en las islas municipio.
A la misma vez, las tasas de pobreza en el centro del archipiélago son más altas. La pobreza es el predictor más consistente de niveles de estrés elevados y, por ende, de problemas de salud mental. Las razones históricas de este abandono del centro de Puerto Rico están documentadas y debe llevarnos a entender, que allí viven personas que necesitan desarrollo económico sustentable y servicios básicos que enaltezcan la dignidad humana.
Finalmente, regreso a mi letanía de que las condiciones del país tienen que mejorar. Un país con una alta tasa de pobreza, inconsistencia energética, comunidades sin agua potable, un salario mínimo que no se equipara con el nivel de los costos de vida y en donde hay inseguridad de vivienda, siempre tendrá un problema creciente de salud mental. El día que esto comience a mejorar, veremos una sociedad más saludable y una salud mental más robusta. Las condiciones de vida son directamente responsables del deterioro de la salud mental. Basta ya de culpar el estigma en aislamiento y pongamos el dedo en la llaga estructural que cada día sangra más.
*El autor es catedrático auxiliar en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez.






