Las autolesiones, un intento suicida previo y el trauma son algunos de los factores de riesgo de suicidio en jóvenes, coincidieron expertos entrevistados por Es Mental.

“Un factor de riesgo no es una sentencia ni permite predecir quién morirá; nos indica quién puede necesitar más apoyo y vigilancia. La mayoría de los jóvenes que presentan uno o varios factores de riesgo no intentará ni morirá por suicidio”, aclaró el doctor Domingo Marqués, catedrático de la Universidad Albizu y psicólogo clínico.

“El riesgo aumenta cuando crece el dolor, se achican las alternativas que el joven logra ver, se debilitan sus conexiones con otras personas y existe acceso a una manera de hacerse daño. En muchos casos, el joven no está buscando tanto la muerte como ponerle fin a una situación o a un sufrimiento que percibe como intolerable y permanente”, explicó.

Indicó que otros factores clínicos son la depresión, la ansiedad, el uso problemático de alcohol o drogas, la desesperanza, la impulsividad y las dificultades marcadas para regular emociones y conductas. 

Mencionó que la autolesión no siempre implica intención de morir, pero nunca debe reducirse a “buscar atención”, ya que indica sufrimiento y amerita una evaluación profesional cuidadosa.

La desregulación emocional es otro asunto que debe ser observado, según el psicólogo clínico. Explicó que “algunos jóvenes sienten las emociones con mucha intensidad, reaccionan impulsivamente cuando se activan y tienen dificultad para regresar a su nivel habitual”. Aseguró que “la investigación ha relacionado la sensibilidad emocional, la intensidad afectiva, la invalidación entre pares y la desregulación conductual con mayores niveles posteriores de ideación suicida. Esto atraviesa distintos diagnósticos; no pertenece exclusivamente a una condición de salud mental”.

Aseguró que también intervienen experiencias familiares, sociales y económicas: maltrato, negligencia, violencia en el hogar, conflictos familiares persistentes, rechazo, una ruptura significativa, pérdida de un ser querido, aislamiento, problemas académicos, ausentismo escolar, discriminación, pobreza, vivienda inestable y barreras para obtener tratamiento, sostuvo. Añadió que los jóvenes LGBTQ+ o trans presentan un riesgo “cuando esa identidad se encuentra con rechazo, hostigamiento, discriminación, violencia o falta de apoyo”. 

El bullying y el ciberacoso deben tomarse seriamente, aseguró. “Una metaanálisis de 34 estudios y más de 284,000 niños y adolescentes encontró que la victimización por pares se asociaba con más del doble de probabilidades de ideación suicida; también se relacionó con alrededor de dos veces y media las probabilidades de un intento. El ciberacoso mostró una asociación particularmente fuerte con la ideación. Eso no significa que el bullying cause por sí solo cada muerte, pero sí que puede añadir vergüenza, aislamiento y desesperanza a un joven que ya está vulnerable”, explicó.

La pérdida de una persona significativa también puede aumentar la vulnerabilidad, aseguró. “En una serie nacional británica, una de cada cuatro personas de 10 a 19 años que murió por suicidio había sufrido un duelo y una de cada once había sido expuesta previamente a otra muerte por suicidio, frecuentemente la de un amigo o conocido. El duelo no actuaba solo; solía acumularse con otros problemas familiares, emocionales o de consumo de sustancias», explicó.

En el caso de los varones jóvenes, el psicólogo clínico recomendó “mirar más allá de la imagen estereotipada de la depresión». “Algunos no dicen “estoy triste”; pueden mostrarse irritables, agresivos, temerarios, aislados, con mayor consumo de sustancias o involucrándose en conductas de riesgo. Nuestra cultura todavía les enseña que pedir ayuda es debilidad. Después nos sorprendemos cuando el sufrimiento sale por otra puerta. En Puerto Rico, más de ocho de cada diez muertes por suicidio ocurren en hombres, por lo que enseñarles desde niños a identificar y comunicar emociones también es prevención”, manifestó.

Por su parte, la doctora Luisa M. Collazo Valentín, psicóloga, quien coincidió con la mayoría de los factores de riesgo mencionados por Marqués Reyes, mencionó que “los factores de riesgo en adolescentes suelen combinarse, más que operar de forma aislada”.

A su vez, mencionó que otro factor de riesgo es “el acceso a pantallas (redes sociales, chatbots, inteligencia artificial) sin supervisión, proveyendo el espacio al consumo de material inapropiado como pornografía y al aislamiento psicológico”.

Agregó que el aislamiento social marcado también es otro factor de riesgo. “Un adolescente sedentario y solo frente a una pantalla no está, en términos funcionales, satisfaciendo su necesidad de pertenencia, aunque perciba estar «conectado»».

“Un factor emergente que estoy observando cada vez con más frecuencia es la sustitución del vínculo humano por interacciones con inteligencia artificial (chatbots de entretenimiento o «compañía») en momentos de crisis emocional”, agregó la psicóloga.

Prevención de suicidio: señales de alerta

“Debemos prestar especial atención cuando una conducta es nueva, aumenta rápidamente o aparece después de una pérdida, humillación, ruptura, conflicto familiar, episodio de acoso o alguna otra experiencia dolorosa”, recomendó Márques Reyes.

Indicó que entre las señales más claras figura el “decir o escribir que quiere morir, que no tiene razones para vivir, que los demás estarían mejor sin él, que se siente como una carga o que ya no puede soportar lo que está viviendo”. También, según el psicólogo clínico, pueden “aparecer despedidas inusuales, regalar pertenencias importantes, publicaciones preocupantes en redes, búsqueda persistente de contenido sobre muerte o suicidio y conductas dirigidas a prepararse para hacerse daño”.

También, según el profesional de la salud mental, pueden darse otras señales menos directas, como el aislamiento, abandono de amistades o actividades, disminución en el rendimiento o la asistencia escolar, cambios marcados en sueño o alimentación, desesperanza, irritabilidad persistente, agitación, mayor uso de alcohol o drogas, conductas imprudentes, autolesiones y la sensación de que “nada importa”. “Una calma repentina e inexplicable después de un periodo de desesperación intensa también merece atención, particularmente si aparece junto con despedidas o preparativos. Estas conductas no prueban por sí solas que exista intención suicida, pero justifican conversar y evaluar”, alertó.

“Ahora bien, no podemos convertir las señales en un requisito para creer que un joven está sufriendo. En una investigación nacional de jóvenes que murieron por suicidio, aproximadamente 30% no tenía una historia conocida de ideación suicida o autolesión. En algunos casos el sufrimiento se había ocultado; en otros, la desesperación pudo haberse intensificado rápidamente. El hallazgo fue especialmente frecuente entre varones. La prevención no puede depender de que el joven levante una bandera roja, use las palabras correctas o confiese espontáneamente lo que está pensando”, sostuvo Marqués Reyes.

Agregó que cuando un padre o una madre sospecha que algo está ocurriendo, debe hacer las siguientes preguntas, de manera clara: “¿Has pensado en matarte?” o “¿Estás pensando en suicidarte?”. “Preguntar directamente no siembra la idea ni provoca un intento. Al contrario, puede abrir una conversación que el joven no sabía cómo iniciar”, aseguró. 

El adulto debe escuchar y mantener la calma, indicó. Puede responder: “Gracias por decírmelo”, “No estás solo con esto”, “Quiero entender cuánto estás sufriendo” y “Vamos a buscar ayuda juntos”. “No conviene responder con “pero tú lo tienes todo”, “eso es para llamar la atención”, “¿cómo puedes hacernos esto?”, “otros están peor” o con una conferencia religiosa o moral. No se combate la desesperación con regaños ni se desactiva una crisis mediante un debate sobre cuán buena debería parecerle su vida”.

Si el joven confirma los pensamientos, Marqués Reyes aconsejó preguntar si ha pensado cómo hacerlo, si tiene acceso a algo con lo que pudiera hacerse daño y si ha contemplado cuándo hacerlo. “No es necesario pedir detalles innecesarios, pero sí conocer la inmediatez del peligro. Si existe intención actual, un plan, acceso a medios o el joven no puede garantizar su seguridad, no debe quedarse solo. Se deben asegurar armas de fuego, medicamentos y otros medios potencialmente letales, sin poner en peligro al adulto, y buscar ayuda de emergencia”. 

Aseguró que no todo joven que ha admitido un pensamiento suicida requiere una hospitalización inmediata, pero sí una evaluación por parte de un profesional de la salud mental. “Amenazar inmediatamente con encerrarlo o castigarlo puede enseñarle a no volver a hablar. El nivel de intervención debe depender de una evaluación clínica del riesgo, no del pánico del adulto ni de una promesa de ‘no volverlo a hacer’”

Finalmente, Marqués Reyes recomendó que si algún familiar esta preocupado por un joven de su familia, puede llamar al 988 o a la Línea PAS de ASSMCA, 1-800-981-0023, disponible las 24 horas. Esta línea también cuenta con chat y coordinación de evaluaciones y referidos. Si el peligro es inmediato, corresponde llamar al 911 o acudir a una sala de emergencias.