Para el psicólogo escolar Javier Méndez, especializado en niños y adolescentes, el debate sobre tecnología y aprendizaje también debe incluir una dimensión que suele quedar fuera: cómo el uso de dispositivos puede relacionarse con la regulación emocional y la capacidad de autorregularse. 

“La tecnología no debemos demonizarla. Llegó para quedarse y debemos aprender a convivir con ella”, planteó.

Asimismo, la psicóloga escolar licenciada Jocelyn Morell Casellas añadió que la tecnología puede complementar el aprendizaje infantil cuando se utiliza como una herramienta para explorar, practicar y crear, pero no como sustituto de las experiencias fuera de la pantalla.

“Me gusta pensar en la tecnología como pensaba en las enciclopedias cuando era niña: una herramienta para explorar y encontrar información”, explicó. Un niño puede, por ejemplo, ver un video sobre mariposas, leer sobre ellas, observar una en el jardín y escribir lo que descubrió. En ese proceso, “la pantalla inició su curiosidad; la conversación, la observación y la escritura profundizaron el aprendizaje”. El acompañamiento de padres y maestros sigue siendo esencial para ayudarle a formular preguntas y comprender lo que encuentra.

Para Morell Casellas, una herramienta digital bien seleccionada también ofrece distintas formas de practicar la lectura, la escritura, la creatividad y la resolución de problemas. Un niño puede escuchar un cuento mientras sigue el texto, grabarse leyendo, escribir una historia con imágenes o revisar un borrador. Sin embargo, “que haya disfrutado una aplicación no significa, por sí solo, que haya desarrollado la destreza”. El aprendizaje requiere que participe activamente, lea, piense, cree y pueda explicar con sus propias palabras lo aprendido.

Al seleccionar contenidos, recomendó partir de una pregunta: “¿Qué destreza practica este niño aquí?”. También considera importante que sean apropiados para su edad, tengan instrucciones claras y permitan intentar, equivocarse y recibir orientación. Una señal útil aparece al terminar: “¿puede explicar, escribir o aplicar fuera de la pantalla lo que hizo?”. 

En el aula, propone establecer primero una meta concreta y utilizar los dispositivos únicamente durante la actividad necesaria. Las instrucciones breves, las aplicaciones previamente seleccionadas y las notificaciones apagadas ayudan a reducir las distracciones. “No toda actividad mejora por hacerse digital”, advirtió Morell Casellas.

En casa, sugirió cambiar la pregunta “¿cuánto tiempo estuviste en la tableta?” por “¿qué hiciste y qué aprendiste?”. La tecnología puede integrarse en actividades cotidianas, como buscar información para un viaje, seguir una receta o investigar sobre plantas. “Acompañar no exige conocer cada aplicación: exige sentarse de vez en cuando, conversar y mostrar interés”.

Además, las familias y escuelas deben enseñar competencias digitales más amplias: identificar quién crea un contenido, evaluar si es confiable, proteger los datos personales y relacionarse con otras personas en línea, dijo Morell Casellas. Ante las herramientas de inteligencia artificial, añade una pregunta: “¿Puedo explicar y defender esta respuesta con mis propias palabras?”.

Méndez advirtió que uno de los errores más frecuentes consiste en convertir los dispositivos en una respuesta automática ante el aburrimiento, la tristeza, la frustración o una rabieta. “Muchos han hecho del dispositivo un regulador no adaptativo de unas experiencias emocionales que deberían aprenderse a manejar de una manera mucho más adaptativa con destrezas psicosociales”, mantuvo. Por eso, consideró necesario que los niños desarrollen otras formas de afrontar esas emociones.

Llamó la atención sobre la capacidad de cada niño para utilizar responsablemente un dispositivo. No considera suficiente establecer el acceso únicamente a partir de la edad cronológica. “Es muy necesario que antes de entregar un equipo tecnológico o darle acceso a la tecnología, nosotros podamos medir poco a poco que ese niño o adolescente tiene el potencial o la capacidad para manejar responsablemente lo que le estamos entregando”, dijo Méndez. La supervisión, añadió, no desaparece con la edad.

Indicó que se debe siempre estar alerta a conductas desproporcionadas frente a la pantalla. Sin embargo, matizó que estas señales no implican necesariamente eliminar la tecnología, sino “aprender a manejarla de otra manera”.

La evidencia científica también apunta a beneficios cuando las herramientas digitales se utilizan con objetivos educativos concretos. Un metaanálisis publicado en 2026, que reunió 30 ensayos controlados aleatorizados con 4,851 estudiantes de primaria con dificultades de lectura, encontró un efecto pequeño a moderado de las intervenciones tecnológicas sobre los resultados de lectura. Otra revisión, que analizó 14 ensayos con 1,138 niños, encontró beneficios de los libros electrónicos interactivos, especialmente en conciencia fonológica y aprendizaje de vocabulario.

Estos resultados no significan que el uso de dispositivos mejore automáticamente el aprendizaje. Una revisión de la OCDE publicada en 2025 señala que el acceso a la tecnología por sí solo no garantiza mejores resultados educativos y que su impacto depende de cómo se diseñan e integran las herramientas en la enseñanza.

El equilibrio, Morell Casellas señaló, depende también de observar el día completo del niño: sueño, juego, movimiento, lectura, escritura a mano y conversación. Si la tecnología desplaza esas experiencias, consideró necesario ajustar su uso. No obstante, si se usa de manera adecuada, no hay por qué ver a la tecnología como otra cosa que no sea un instrumento que puede tener múltiples beneficios.

En este marco, Méndez también destacó que la tecnología puede adaptar las actividades al ritmo de aprendizaje de cada niño y ofrecer retroalimentación inmediata. Esta posibilidad adquiere especial relevancia para estudiantes con dificultades de lectura y escritura, ya que herramientas como los audiolibros acompañados de texto, las actividades de conciencia fonológica y la escritura asistida pueden reducir algunas de las barreras que generan frustración y facilitar su participación.

Para Méndez, es una herramienta de mucho valor que implica una responsabilidad formar ciudadanos digitales y no únicamente usuarios. Las familias y las escuelas deben enseñar a verificar información, proteger la privacidad, evitar compartir datos personales y respetar la intimidad y las experiencias de otras personas.

En Puerto Rico, Morell Casellas considera que la tecnología puede acercar a los estudiantes a autores, historias y comunidades locales, además de facilitar herramientas de asistencia y prácticas adaptadas. No obstante, para que funcione hace falta conexión confiable, equipos, materiales de calidad en español y formación docente. 

“La tecnología puede poner el mundo al alcance de un niño. Nuestra responsabilidad es acompañarlo para que sepa leerlo, cuestionarlo y aportar algo propio a ese mundo”, mantuvo.

A su vez, Méndez identificó oportunidades para desarrollar programas de lectura y escritura adaptados a las necesidades individuales, mediante bibliotecas digitales, herramientas de accesibilidad y plataformas capaces de detectar dificultades y ofrecer apoyo temprano. Sin embargo, señaló retos relacionados con el acceso equitativo a internet, la disponibilidad de equipos, la preparación docente y la calidad de los recursos.

Su propuesta parte de identificar las necesidades de cada comunidad escolar, capacitar a los maestros y desarrollar proyectos piloto cuyos resultados puedan medirse. La inversión, sostiene, debe responder a objetivos educativos concretos: “No se trata de tener comunidades escolares con más tecnología, sino de conseguir que nuestros estudiantes aprendan más y mejor”.