En la vida uno se topa con personas que manejan sus emociones y sentimientos de múltiples maneras. Están los dramáticos, intensos, apasionados y, por otro lado, los más fríos y estoicos. También, existe un grupo que refleja empatía moderada. 

Sin embargo, hay un universo de personas que no pueden regular sus emociones y que por esta razón desarrollan relaciones caóticas con otras personas, viven con miedo al abandono o son propicios a demostrar conductas impulsivas y de autodaño para calmar las emociones. Este grupo, posiblemente, sufre del Trastorno de Personalidad Limítrofe (TPL), en inglés Borderline Personality Disorder, según explicó el psicólogo clínico y profesor de la Universidad Carlos Albizu, Domingo Marqués. 

“Básicamente es un trastorno que afecta la regulación emocional y se relaciona a unas deficiencias biológicas en el área cerebral que los lleva a ser más impulsivos, sensibles y a sentir las emociones más fuertes, y tardar en bajar al nivel base. Casi todo les representa una montaña rusa de emociones”, explicó Marqués. 

Del 65 al 70 por ciento de estas personas muestra conductas de autodaño, como lesiones, mordeduras, cortaduras y rasgados en la piel.

Momento de actuar… 

De acuerdo con el experto, después de los 10 años, uno podría darse cuenta de que un niño tiene esta condición. 

Además de los factores biológicos del cerebro, si el individuo crece en un ambiente donde no se le enseña a manejar las emociones y vive experiencias que no lo ayudan, puede ser más propenso a padecer de este trastorno. Las señales de alerta más significativas son cuando se presentan conductas suicidas o autolesiones. 

Marqués destaca que famosos artistas, escritores y poetas son intensos y han encontrado en el arte su terapia, pero hay un grupo que no ha identificado salida a sus emociones y conductas y desarrollan el trastorno. En una persona normal, las emociones duran un promedio de 8 segundos, en estos pacientes tardan. 

Se estima que entre el 2 al 5.9 por ciento de la población de Estados Unidos tiene la condición, según establecido por estudios de los Institutos Nacionales de Salud. Uno de los desafíos que enfrentan los profesionales de la salud mental es que los pacientes con Trastorno de Personalidad Limítrofe, usualmente, pueden estar mal diagnosticados, pues se puede confundir con bipolaridad. Marqués advierte que del 20 al 30 por ciento de los pacientes en hospitales psiquiátricos tienen este diagnóstico. 

Distintos tratamientos…

Los tratamientos que se le puedan ofrecer al paciente, dependerán de la severidad del trastorno. Personas con el trastorno pueden ser totalmente funcionales y no presentan conductas suicidas ni de autodaño. Dependiendo de las conductas que presente el paciente podría recibir tratamiento ambulatorio o puede ir a un programa más especializado, un tratamiento residencial donde se le dé terapia intensiva.  

“No hay medicamentos aprobados para este trastorno. Hay algunos estudios que demuestran que se mejora la impulsividad y el ánimo con estabilizadores, no con antidepresivos. No se recomienda que se den ansiolíticos ni nada de eso, el tratamiento farmacológico debe ser con un experto que sepa que sí ayuda y que no ayuda”, subrayó. 

A través de la Clínica de Terapia Dialéctica Conductual de la Universidad Carlos Albizu, en San Juan, los pacientes y sus familiares reciben ayuda terapéutica individual y grupal. 

“Los pacientes que permanecen en la terapia y la completan, en su mayoría, uno ve una mejoría en cuanto a la regulación emocional. Ves menos hospitalizaciones, control de conductas, mejores relaciones familiares, reportan menos crisis, aumentan la capacidad para controlarse. Esta terapia es efectiva en el mundo entero”, sostuvo Marqués. 

Por su parte, la psicóloga clínica Norka Polanco, coordinadora del programa de Trastorno de Personalidad Limítrofe en la Clínica de Servicios Psicológicos de la Ponce Health and Science University, explicó que a los pacientes que visitan semanalmente la clínica se les ofrecen destrezas importantes como mindfulness, tolerancia a la angustia, regulación de emociones y destrezas interpersonales. 

“El primer logro es hacer que lleguen a la terapia y se adhieran al compromiso semanal. Lo otro que pasa es que en ninguno de los grupos pueden hablar de las conductas de autodaño o suicida, tienen que comenzar a expresar sus dificultades con respeto a los demás compañeros, aprenden a manejar interpersonalmente esas relaciones, siendo efectivos en el grupo”, precisó. 

Hay momentos en que los pacientes se enojan o se ponen nerviosos y los profesionales les ofrecen una cajita con lápices de colores, libretas, crema de aromaterapia, bolitas de estrés, cosas que les ayuda a calmar la tensión. 

La clínica en Ponce también cuenta con el programa Family Connections, que ayuda a los familiares y cuidadores a entender el diagnóstico y a reconocer las conductas. De igual forma, les ayuda a participar en la vida del paciente y en la solución de sus problemas. 

“Actualmente tenemos 40 pacientes y uno ve una mejoría en su calidad de vida, en su compromiso a la terapia. Cuando acaban el año o año y medio, se gradúan del programa”, concluyó Polanco.

El caso de Brandon Marshall

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Era 2011 y estaba en una sesión de terapia grupal en el Hospital McLean en Belmont, Massachusetts. Fue una sesión informal de autoevaluación en la que básicamente se suponía que debía contarle al grupo lo que estaba sintiendo y hablar sobre lo que le había sucedido el día anterior. Estábamos todos sentados en círculo. A mi derecha, había una joven con vendas en los brazos y las vendas estaban empapadas de sangre. Ella había tratado de hacerse daño el día anterior. Otra joven le dijo al grupo que había intentado suicidarse la noche anterior. Me quedé sentado allí, en estado de shock.  Nos abrimos paso por la sala y todos contaron sus historias. Había un corredor de seguros, un trabajador social, un estudiante universitario: personas normales, cotidianas y buenas. No todas sus historias fueron tan intensas como las dos señoritas, pero cada persona se enfrentaba a luchas similares. Y allí estaba yo, este gran jugador de fútbol macho, escuchando a estas personas hablar sobre sus sentimientos y sin saber cómo reaccionar.-Brandon Marshall, jugador de fútbol americano, diagnosticado con Trastorno de Personalidad Limítrofe en 2011