Esta encrucijada entre lo hombruno, masculino, macho, varonil, viril, vigoroso y lo amoroso, afectivo, cariñoso, erótico, expresivo y tierno tienen a la mayor parte de los hombres en una permanente tensión y confusión entre sus deseos sexuales y los operativos amatorios. Todas las características anteriormente expresadas son utilizadas constantemente en nuestra vida diaria, en los medios de comunicación y en las relaciones interpersonales para referirse al desenvolvimiento de los hombres en la intimidad sexual.  Sin embargo, ¿cuál de todas es la mejor descripción para el regocijo de la intimidad? La contestación a esta pregunta es multidimensional y las mismas mujeres no saben cuál es la respuesta.

Aunque culturalmente las descripciones de lo que es la masculinidad cambian de cultura a cultura, todos los hombres tienden a tener la necesidad de demostrar su virilidad.  La acción demostrativa por excelencia es la sexualidad humana. Es una mezcla impetuosa entre el poder y el deseo sexual. Pero este comportamiento no se desarrolla desoladamente. Las interacciones con nuestro medio ambiente social, incluyendo a las féminas, fortalecen y refuerzan el “macho de la machería machista”. Por esto, la sexualidad del varón tiende a inclinarse hacia la invasión y conquista de nuevos terrenos y a la productividad sexual más que al reflejo de sus pasiones y afectividades.  La intimidad sexual los atemoriza por el recelo a no ser efectivos y fracasar, dado que deben de involucrar los sentimientos y manifestar sensibilidades de las cuales no están acostumbrados a reflejar.  Las mejores opciones son la sexualidad casual: “solo comer sexualmente y seguir andando”.  Es tan importante la ejecución sexual del hombre dentro de su rol en la sexualidad que hasta la comunidad científica ha realizado estudios de medición de su rendimiento sexual.

Los tamaños de los penes siempre ha sido un tema muy discutido por los hombres y quizás su mejor carta de presentación en la intimidad sexual. Según Gebhard & Johnson (1998) del Instituto Kinsey, un pene que está flácido tiene una medida promedio que oscila de 1 a 4 pulgadas; mientras que al estar erecto en promedio puede alcanzar un tamaño medio de 5 a 7 pulgadas.  Definitivamente es el tema más discutido por todos los hombres, dado a su necesidad de competencia sexual, infieren que a mayor tamaño mejor ejecución.  Por esto la frase tan común: “el tamaño no importa, sino cómo lo utilices”.  Aunque algunas féminas terminan diciendo: “barco grande, ande o no ande”.  El tamaño sí importa y también la acción de saber utilizar el instrumento.  La amalgama sexual de dimensiones y tejemanejes es lo que hace interesante el comportamiento amatorio masculino.

Otro estudio del Instituto Kinsey estimó un promedio de la primera relación sexual coital en los hombres de alrededor del 62% a los 18 años, 85% a los 21 años y 89% a los 24 años.  La gran mayoría de los varones apuestan grandes premios de orgullo por ser los primeros en llegar a la meta de poder plantar su hombruna naturaleza.  Esto conlleva a grandes desilusiones de muchas de las mujeres, dado a la poca o ninguna experiencia de los hombres.  Tanto es de esta manera, que la inmensa porción de las opiniones de las mujeres, que tuvieron su primera relación sexual, siendo ambos adolescentes, es que fue un total desastre.  La sexualidad humana, aunque natural, es como muchas de las conductas del ser humano, necesita práctica, experiencia y técnica.  Es precisamente este aspecto el que nos diferencia de las demás especies animales. No hay una edad específica para comenzar las relaciones sexuales, pero definitivamente la adolescencia (que adolece) no es la recomendada.

En los estudios de Mosher, Chandra & Jones (2005) encontraron que los hombres entre 30 a 44 años han tenido un promedio de 6.8 parejas sexuales mujeres en su vida.  Esto parece ser minúsculo si tomamos como referencia la promoción sexual que se fanfarronea en una interacción de copas entre amigos “machudos”. Es interesante ver los cuestionamientos de los varones al querer saber el “millaje sexual” de las mujeres, sobre todo al comenzar una relación, con las esperadas preguntas de: “¿Con cuántos hombres has estado?”, “¿A qué edad perdiste la virginidad?”.  Parece ser que es muy importante la ejecución sexual del hombre, “mucho millaje”, pero esta experiencia debe de ser recompensada con una mujer novata, “poco millaje”. Definitivamente esta área masculina no tiene mucha lógica. 

Alrededor del 85% de los hombres reportan que su pareja tuvo un orgasmo en el acto sexual más reciente; esto se compara con el 64% de las mujeres que declaran haber tenido un orgasmo en su evento sexual más reciente, según las investigaciones de la National Survey of Sexual Health and Behavior. Mientras que Laumann, Gagnon, Michael & Michaels (1994) encontraron que el 75% de los hombres y el 29% de las mujeres siempre tienen orgasmos con su pareja. La diferencia entre lo que informa ambos sexos tiene una diferencia entre 21% a 46%.  Quizás el “elemento matemático” que aplica para la explicación de esta diferencia es la dramatización teatral del orgasmo de la mujer.  Las causas de fingir el orgasmo son diversas: porque se importunan y quieren acabar rápido, por bochorno, para no mancillar la autoestima de su compañero, porque no saben cómo llegar al orgasmo y también por la rutina sexual.  Gran parte de los varones no tienen idea de cómo es el orgasmo de la mujer ni qué esperar de él.  Por eso todo lo que suene a placer femenino es un triunfo y ellas lo saben.  La actividad sexual es una experiencia conjunta que busca la afinidad y el placer compartido, pero la responsabilidad orgásmica es individual y no debe de ser lo más trascendental. Por eso, los hombres son más propensos al orgasmo cuando la sexualidad incluye el coito vaginal y en las mujeres tienden a tener más probabilidades de alcanzar el orgasmo cuando se involucran en una variedad de actos sexuales, cuando el sexo oral y/o el coito vaginal están incluidos.

Los estudios de Janus & Jano (1994) demostraron que el 25% de los hombres y el 14% de las mujeres informaron que el orgasmo simultáneo es una necesidad. En el mismo estudio el 10% de los hombres y el 18% de las mujeres reportaron una preferencia por el sexo oral para alcanzar el orgasmo. La coincidencia del orgasmo es infrecuente dentro de las relaciones sexuales de las parejas.  Tampoco debe de ser una exigencia o necesidad dentro de la sexualidad. Si generalizamos la concordancia de los orgasmos, puede perder su atractivo erótico, sensual y sexual. La alternación y las sorpresas sexuales son el aderezo mágico para la complacencia amatoria. Por otro lado, las alternativas sexuales de otras vías de placer, como el sexo oral, son formas de acrecentar y robustecer el deseo y el placer sexual en la pareja.  Estas alternativas deben de ser exploradas por los amantes para percatarse de sus preferencias y comodidades para el buen disfrute sexual.  Hay un sinfín de opciones para distintos requerimientos.  Recomendar o descartar las diversas opciones de técnicas sexuales es un asunto de particularidad de pareja.   

Los roles del hombre en la intimidad deben estar dirigidos a la manifestación de su sexualidad y no a la medición estadística de sus prácticas sexuales. La sexualidad es la combinación de sus particulares necesidades naturales corporales de varón, transformada en pasiones y afectividades para la búsqueda del deseo y el placer.  

*El autor es sexólogo, perito forense, profesor universitario y Coordinador del Comité Promoción de la Salud Sexual de la Asociación de Psicología de Puerto Rico.