«Eres dueño de lo que callas y esclavo de lo que dices», me repetía mi mamá como una advertencia a cualquier comentario que publicase en las redes sociales.

Pero ya Mami no está con nosotros. Hoy, lunes, se cumplen exactamente dos meses de su fallecimiento. Mis disculpas a los que no lo sabían hasta ahora.

Mi madre, nuestra querida Belén, falleció el pasado 29 de enero, el día después de yo terminar mis 28 radioterapias en el Hospital Auxilio Mutuo. A esa primera fase de tratamiento se le agregó una segunda: las quimioterapias, las cuales empecé el 8 de febrero.

Ese mismo día, publiqué en Facebook el inicio de esa fase del tratamiento, y adjunto al mensaje, escribí: «Mami me acompaña en mi corazón y Papá llevándome de la mano».

La transición física de mami comenzó el 25 de enero, cuando sufrió un fuerte derrame cerebral dentro de su carro. El lamentable suceso ocurrió a eso de las 11 de la mañana, cuando ella salió de su casa para llevarle almuerzo a una de sus hermanas a su lugar de trabajo en la Avenida Campo Rico, tal y como hacía comúnmente.

Al llegar y estacionarse, fue que el derrame comenzó a trabajar en su cerebro, provocándole vómito, diarrea y parálisis de un lado del cuerpo, síntomas comunes de un sangrado cerebral.

Lamentablemente, no fue hasta varias horas después que alguien la avistó en su carro sola, procurando por auxilio.

Fue llevada al Hospital Universitario de Carolina y luego al Centro Médico de Río Piedras, donde un grupo de médicos hizo todo lo posible por reducir el sangrado en su cerebro, pero no fue suficiente.

Sin embargo, el hecho de que mi mamá se haya mantenido luchando por su vida varias horas en su carro sola y que haya tomado de su tiempo para llevarle comida a mi tía, son detalles cónsonos con lo que ella me enseñó: a ser un luchador y una persona dada a cualquiera, sin importar su color de piel ni su estatus social.

Así, el 8 de febrero pasado llegué yo hasta la oficina del oncólogo Luis Báez Vallecillo en el Hospital Auxilio Mutuo para recibir mi primera quimioterapia.

Cargando con la angustia y dolor ante la pérdida de mi mamá, entré a la oficina y sentí que ella andaba conmigo. No hice más que entrar y dije en voz alta: «Mami está aquí» y comencé a llorar.

Me senté a esperar a que me atendieran y volví a alzar la voz diciendo: «Mami, no me sueltes», pues la sentía abrazándome.

Desde ese día, he sentido a mi mamá más cercana a mí durante este proceso.

Ya van tres quimioterapias, las cuales recibo cada dos semanas, y los peores síntomas han sido las náuseas y el sabor a metálico en la boca.

Para contrarrestar las náuseas, he usado cannabis medicinal y el jengibre, mientras que para el mal sabor, como chicle y para alimentarme, suelo comer arroz blanco, pan y pollo.

Nunca se me ha ido el apetito, pero esa primera semana de quimioterapia trato de no comer platos muy condimentados, pues con la cantidad de medicamentos que recibo del tratamiento junto con la condimentación en las comidas, me provoca mucho malestar estomacal.

También, al tragar frío, sientes como alfileres en la garganta. Es bien malo ese sentimiento. Por ello, pues tomo agua templada y mientras pasan los días, me sirvo un vaso con un poco de hielo para que se derrita y así tomo agua.

El pelo tampoco se me ha caído, como le pasa a la mayoría de los pacientes, y sigo haciendo ejercicios, parte vital de mi tratamiento.

Ya pasada esa primera semana, a la segunda me siento muchísimo mejor y los platos de comida son más gustosos.

Luego de mi tercera quimioterapia, tuve cita con mi cirujano Nicolás López Acevedo, quien entonces me hizo una colonoscopía el pasado 22 de marzo. Tras ese examen, pensé que me iba a decir algo de lo que vio, pero no fue así, por lo que tendré que esperar a una próxima cita con él el 8 de abril.

Aún así, comparé las imágenes de esa colonoscopía con la que me hizo mi gastroenterólogo Emanuel Warrington en noviembre pasado, que fue la que reveló el tumor de 4 centímetros en el recto, y tal parece que, tanto por las 28 radioterapias y las tres quimioterapias han funcionado. Pero mejor espero a lo que me diga el cirujano.

Esta batalla es de «día a día» y hay que tener mucha paciencia. El desespero y la incertidumbre no te pueden abrumar.

Y pese a la pérdida de mi querida madre y el tratamiento para batallar el cáncer, tengo que demostrar que soy un guerrero, tal y como mi mamá se lo decía a algunos familiares y a sus amistades más allegadas.

Ese detalle me lo contaron ellos durante esos últimos días de mi mamá. Ella siempre estuvo bien orgullosa de cómo yo estaba reaccionando al tratamiento. Y así se lo seguiré demostrando y con ángel a mi lado.

P.D. Durante este tiempo, lamentablemente perdimos a un gran ser, a un gran amigo y colega, el periodista Reinaldo Millán, quien batalló como un guerrero contra una condición de leucemia. Mis respetos y admiración a él siempre. Y a su familia, mi más sentido pésame. Es normal que sientan tristeza por la partida de un ser querido, pero también celebren la persona que fue. Reinaldo fue un ser excepcional. 

*Jorge Muñiz, periodista y paciente, estará relatando su travesía a medida que se va desarrollando en esta columna. Para cualquier duda, pregunta, recomendación o consejo, pueden escribirle a: jjmunizortiz@gmail.com o seguirlo en Twitter: @jorgejmuniz e Instagram: jorgejmuniz21.