Las montañas que se elevan entre el barrio Machuchal, en Sabana Grande, no esconden la tristeza que se ve en el rostro de Rosa Lozada, de 67 años, quien partirá a Estados Unidos al perder lo único que tenía en la barriada Esperanza de Guánica: su hogar.

Es una mujer de cabello blanco como la sabiduría que esconde en su semblante arrugado. Su piel tostada por el sol sureño refleja lo que ha vivido esta guaniqueña que, hoy, duerme bajo una lona azul junto a su esposo, su hija y sus nietos, en la acera de una casa sin pintar.

“Duermo segura”, dice Rosa, aunque sin ocultar su “tristeza” al tener que emigrar del país como otros tantos.

“Ya va[n] desde el 28 de diciembre” los temblores, relata. Sin embargo, “lo que colmó la copa fue el día 6 de enero”, cuenta sobre al sismo de magnitud 5.8 que estremeció la isla a las 6:32 a.m. “[Ahí] entonces, mi hija decidió traernos para acá (a la casa de un allegado) porque si yo llego a estar cuando se cayó la casa, yo creo que me muero”.

La casa elevada en zancos en la que vivió por más de una década fue construida en 2004 como parte del Programa de Comunidades Especiales, liderado por la entonces gobernadora de Puerto Rico, Sila María Calderón. Mientras su residencia no resistió el sismo de 6.4 el 7 de enero, la de su vecino –también construida bajo el programa—, “no se hizo nada”.

El programa se estableció en 2001 bajo la Ley para el Desarrollo Integral de las Comunidades Especiales de Puerto Rico para la “creación de condiciones que permitan resolver el grave problema de marginalidad que existe”, según se desprende del ordenamiento. 

Rosa Lozada junto a su esposo Alfredo Rodríguez. Fotos: Luis Joel Méndez

Al otro lado de la acera se encuentra su esposo, Alfredo Rodríguez, de 68 años. Es un hombre de pocas palabras, parece.

La entrevista transcurre sin una palabra del hombre. Entre sus manos tiene una revista que observa con sus ojos cansados claros, tal como la gentileza que demuestra sin necesidad de hablar.

“Al otro día colapsó”, menciona Rosa en referencia al 7 de enero. “Los nenes (nietos) fueron por la mañana a chequearla y cuando me dijeron ‘mama la casa está en el piso’, me dio un dolor inmenso”. 

En el campamento de casetas (“tent city”) que la Guardia Nacional de Puerto Rico instaló en la pista atlética Heriberto Cruz, en Guánica, sobre 219 guaniqueños duermen con temor a los techos o con ansiedad al perder sus hogares, según Ramón Quiñones, coordinador municipal y ayudante especial del Municipio de Guánica.

A nivel isla, el secretario de Estado, Elmer Román, informó el pasado 17 de enero durante una conferencia de prensa en el Negociado de Manejo de Emergencias y Administración de Desastres que unas 20 mil personas duermen en la calle o en sus automóviles por los temblores.

Esta cifra no incluye los campamentos informales que han surgido en el sur de la isla, aclaró.

En Guánica, precisamente, los “campamentos satélites” son 35, compartió el ayudante especial. Los que duermen en ellos, a base de estimados preliminares, rondan los 3,000.

“Nosotros somos una familia bien unida”, cuenta Rosa sobre lo que le ha permitido salir adelante. “Mis otros hijos están allá fuera, ella vivía en casa con los nenes –señala a su hija—. Aquí estamos luchando”.

Sentada en una silla de metal en la casa donde fue recibida junto a su familia mientras termina la emergencia en el sur, reconoce que, en Guánica, no volverá a construir. 

Esa “incertidumbre” que no le permite dormir bien al estar pendiente a cuándo ocurrirá otro movimiento telúrico le hace decir, con firme convicción, “esto es mucho peor que María”.

“María fue algo que vino, destrozó y se fue, pero esto no. Esto vino destrozó y sigue destrozando”, enuncia.

La bisabuela de dos, abuela de ocho y mamá de cuatro confiesa que le tiene miedo a ir a la cocina de la casa donde pernoctan afuera. Pese a que “nunca me ha gustado (la cocina)”, bromea.  

“Solo voy cuando voy a hacerme una comida o a bañarme porque la casa también se lastimó”, añadió. 

Por causa de los temblores, su hermano menor se partió la cadera. Es paciente de cáncer, lo operaron y se encuentra en el hospital. Rosa, con los ojos aguados, exclama: “me frustra no poder ayudarlo”.

No obstante, una de sus hijas se encuentra en trámites para que ella, su esposo, su otra hija y sus nietos en el país emigren a Estados Unidos, específicamente a Houston, Texas.

“Ya pronto me voy y podré dormir tranquila”, explica.

¿Qué le gusta de Guánica?, le pregunto tímidamente. “Todo. Mi Guánica es hermoso”, responde.

Me le acerco con la cámara. Su callado esposo se sienta a su lado, le sonríe y al tomar la fotografía escucho que le dice a quien juró amar hace 46 años: “ese pueblo jamás lo olvidaré”.